
¿Cuándo la gente empieza a replantearse cosas? ¿Existe algún momento específico en que esto ocurre, o surge simplemente como una necesidad de nuestro ser más crítico? Hace unos días mientras acudía esperanzada a una charla informativa sobre un máster en periodismo, me encontré de cara con esta pregunta. El asunto que me llevó a dichas disquisiciones fue que el susodicho curso, que aparecía ante varios de los asistentes como “la posibilidad” de ser “alguien”, resultó ser demasiado costoso, lo que echó por tierra todos nuestros más alocados sueños. Entre el tiempo que demandaba y la tarifa establecida, esto resultaba más una pesadilla que un camino al paraíso.
Cuando la charla terminó, más de un rostro aparecía meditabundo. Fue así que caminando hacia el ascensor, mientras evaluaba que tenía que elaborar un plan B para el próximo año porque ya estaba casi sepultada mi fantasía (cuasi realidad horas antes), terminé acompañada por una chica rubia, de largo y voluminoso pelo, y con mucho maquillaje en el rostro, y un apuesto muchacho alto, de traje gris.
Mientras descendíamos literalmente, empezaron nuestras reflexiones en voz alta: “que si podríamos costear el curso, si realmente nos interesaba hacerlo y la imposibilidad de trabajar mientras se cursaba”, fueron nuestras dudas más alarmantes. Una vez fuera del cubículo, cada quien siguió su camino, como si la efímera charla hubiera sido una reflexión a solas. Sin mediar saludos, cada uno inició la vuelta a casa con más interrogantes que antes.
Mientras descendíamos literalmente, empezaron nuestras reflexiones en voz alta: “que si podríamos costear el curso, si realmente nos interesaba hacerlo y la imposibilidad de trabajar mientras se cursaba”, fueron nuestras dudas más alarmantes. Una vez fuera del cubículo, cada quien siguió su camino, como si la efímera charla hubiera sido una reflexión a solas. Sin mediar saludos, cada uno inició la vuelta a casa con más interrogantes que antes.
Cuando me disponía a cruzar la Avenida Alem descubrí que el muchacho del traje gris era mi compañero de ruta. Con una sonrisa, le pregunté si sabía dónde paraba la Costera, para volverme a La Plata. Me contestó amablemente que no tenía idea, pero que suponía habría una parada en la calle Corrientes. Así, sin darnos cuenta, reiniciamos los replanteos sobre el máster.
Me contó que para poder costearlo tendría que vender su auto. Que había trabajado en varios bancos, desde hace diez años y que estaba cansado, por lo que deseaba cambiar su vida. Estudiaba periodismo deportivo en el ISEC (lugar del cual, desconocía su existencia) y que estaba por recibirse. Resultó que la bendita charla informativa fue el disparador de nuestras reflexiones más profundas. De pronto, estaba acompañada por un extraño que me confesaba sus ansias y temores, y lo raro, que me reconocía en cada pregunta nueva que se hacía.
En plena noche de jueves, cuando los ánimos empiezan a aligerarse en pos del cercano viernes, terminamos empantanados en dudas existenciales. El quería cambiar su vida y yo también. Estaba cansado de hacer lo que hacía desde hace algún tiempo, y yo anhelando dar el “gran salto”. Se interrogaba si valdría la pena, si el esfuerzo económico y de tiempo, tendría su recompensa. Si el costo sería más alto que el beneficio. Cómo organizaría su vida el año venidero si se decidía a “vivir” la experiencia.
Me contó que para poder costearlo tendría que vender su auto. Que había trabajado en varios bancos, desde hace diez años y que estaba cansado, por lo que deseaba cambiar su vida. Estudiaba periodismo deportivo en el ISEC (lugar del cual, desconocía su existencia) y que estaba por recibirse. Resultó que la bendita charla informativa fue el disparador de nuestras reflexiones más profundas. De pronto, estaba acompañada por un extraño que me confesaba sus ansias y temores, y lo raro, que me reconocía en cada pregunta nueva que se hacía.
En plena noche de jueves, cuando los ánimos empiezan a aligerarse en pos del cercano viernes, terminamos empantanados en dudas existenciales. El quería cambiar su vida y yo también. Estaba cansado de hacer lo que hacía desde hace algún tiempo, y yo anhelando dar el “gran salto”. Se interrogaba si valdría la pena, si el esfuerzo económico y de tiempo, tendría su recompensa. Si el costo sería más alto que el beneficio. Cómo organizaría su vida el año venidero si se decidía a “vivir” la experiencia.
Parada ahí, a su lado, contemplando su enjuto bello rostro, hice míos sus temores. Intenté darle algunas respuestas, pero sospecho que ni él ni yo nos las creímos. ¿Cómo adivinar qué nos depararía el destino si hiciéramos el máster? Nos quedamos en silencio un instante, meditando quizás, que sin querer nos habían puesto de cara con la pregunta del millón: ¿qué querés hacer con tu vida?
Nunca hasta esa noche fue tan tangible la pregunta. La disyuntiva aparecía clara. Seguir con nuestras existencias tal como estaban o aventurarnos a un mundo nuevo, pero muy incierto. En medio del remolino de emociones que me embargaban apareció el esperado micro. Con un saludo torpe despedimos nuestra “corta amistad”.
Subí al colectivo, dichosa y triste. Me senté pensando en que sin saber por qué, aquel muchacho me espetó a la cara cada una de mis ilusiones y miedos. Habíamos compartido mucho más que confesiones, por un instante fuimos compañeros de barco, con los mismos miedos y deseos. Debido a ello, ya no estaba sola en mis cavilaciones, alguien más padecía de mi enfermedad: la inquietante encrucijada.El riesgo a seguir el sueño tenía como precio cambiar radicalmente nuestras vidas, y ni él ni yo sabíamos cabalmente si era eso lo que queríamos. De pronto, ya no se trataba de un “simple trabajo”, el cambio era más profundo. Implicaba una forma de ser.
Recordaba que mencionó el pago de su departamento, mientras yo pensaba en el viaje diario hasta la capital. El reflexionaba sobre si sería capaz de “bajarse el moño” y trabajar de mozo, yo me reía, porque la misma idea había cruzado por mi cabeza cuando aún estábamos escuchando a los disertantes, que de un plumazo volaron mis planes.El planteo era tan profundo que en un primer momento los dos compartimos la sensación de “dejar de dar tantas vueltas y abrazarnos a lo que actualmente teníamos, total, poco o mucho, eso era real y lo otro, pues una gran fantasía, que podía dejarnos peor de como estábamos”.
Todas las cosas que limitan nuestra existencia aparecieron enumeradas: el dinero que nunca es mucho, el tiempo que “vale oro”, la exigencia que amedrenta, lo nuevo que espanta, el miedo a “si será realmente lo nuestro”.Emprendí la vuelta sumida en la única certeza que apareció ante mi vista: “todos a alguna edad nos replanteamos si la vida que llevamos es la que queremos”….el problema es asumir el riesgo de vivir la respuesta.
Yo aún sigo esperando mi respuesta. Conciente de que carezco del dinero para emprender el sueño y temerosa, aún, de saber si estoy a la altura de lo que la apuesta demande. Confieso que desearía saber qué siente ahora mi compañero de ruta, si resolvió cambiar su rumbo o se convenció de que hace rato eligió su destino, sólo que no se dio cuenta. Ahora, pasados ya unos días, las reflexiones pesan.
Quisiera volver a encontrar un compañero de dudas, pero también de certezas; para embarcarme en la gran apuesta que es la Vida.
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