jueves, 27 de mayo de 2010

El cuarto asiento


Volvía de Buenos Aires con dirección a La Plata, era un día gris de otoño, como tantos otros. No sé por qué esta vez quería ubicarme en los primeros asientos, claro, nunca en el primero o segundo; supongo que por las enseñazas de mi madre, que siempre defendió la creencia de que en caso de accidente se estaría entre las primeras víctimas. Así fue que al estar ocupado el tercero, recaí en el cuarto asiento.

Mientras miraba por la ventanilla y me despedía del motivo de mis asiduas visitas a Capital, sentí que alguien se acomodaba a mí lado, y ponía su mochila a los pies. Sin volver la mirada, descubrí por el reflejo en el vidrio que se trataba de un chico.

Emprendimos la vuelta a casa con el micro atestado de gente pese a la hora. Al llegar a Corrientes y la Avenida 9 de Julio de pronto el ómnibus aminoró su marcha debido a una hondonada de gente que caminaba con pancartas, en reclamo de quién sabe qué, haciendo detonar bombas de estruendo.

El espectáculo se fue alargando cada vez más, impidiéndonos salir del atolladero. Mi compañero de asiento, cansado de la espera me miró en señal de protesta y movió la cabeza con un gesto desaprobatorio. “Siempre lo mismo”, sentenció.

“El país está patas arriba-agregó- pero tanta marcha ya no hace mella en nadie, excepto en nosotros, que padecemos las consecuencias”, lo miré cómplice y sin decir nada, continúe con la vista fija en la gente, tratando de ver de qué se trataba esta vez el reclamo.

En seguida el muchacho sacó unas pastillas de su mochila y me ofreció una para mitigar la espera. “Gracias” le dije, y procedí a seguir tarareando una canción, con los auriculares puestos, mirando a través de la ventanilla. El muchacho, que no se dio cuenta de mi actitud, o simplemente quería distraerse con algo, procedió a seguir la charla.

Primero, como todas las conversaciones con extraños, empezó hablándome de lo mal en peor que iba el país, de la plata que ganan ciertos dirigentes gremiales que se dan el lujo de ser coleccionistas de objetos de arte, que a propósito, él vendía. De la falta de criterio del Gobierno para gastar dinero en actos por el bicentenario, en lugar de aumentar los presupuestos en Salud o Educación. De la alicaída imagen de Hebe de Bonafini, quien por unos pocos mangos que le pasa el oficialismo, había vendido su alma al diablo, denunciando a gente que nada tenía que ver con la dictadura, y hasta, en un rapto de locura, hablando mal del campo. Los dos coincidimos que con esa postura, lamentablemente, la noble causa que la señora Bonafini defendía había quedado deslucida y opacada, generando estupor y un rechazo generalizado en la sociedad.

Una vez que pasamos los temas de rigor entre dos desconocidos empezó la verdadera charla, o lo que fue para mí, lo más sustancioso. Me dijo que estaba a punto de cumplir los 29 años, felizmente casado, y que tenía un nene de casi 2 años. Era oriundo de Bolívar, se dedicaba a hacer soguería (era la primera vez que escuchaba hablar del tema, aunque intuí que se trataría de manualidades con soga), y también trabajaba con algunos metales, en especial la Plata.

El versátil artesano, además, confeccionaba cuchillos y, por si fuera poco, era una especie de anticuario a domicilio que iba ofreciendo piezas de colección a ávidos personajes de la política argentina. A eso se debía su reciente visita a Buenos Aires.

Momentos atrás, había estado con uno de los integrantes de la mesa de Enlace, mostrándole unos paños y telares. Enojado porque el tipo en cuestión había querido pagarle en cómodas cuotas, se retiró y emprendió la vuelta a casa.

Entre risas, me dijo que gente con tanto dinero no podía pretender pagar artículos de lujo en cuotas, que de ser así el trabajaría en un local con posnet incluido. Callada, asentí.

Ya no recuerdo bien qué fue lo que hizo girar nuestra charla hacia el tema de las relaciones amorosas entre hombres y mujeres. Lo primero que se me ocurrió decirle fue que “simplemente cada género espera cosas diferentes del otro, y que así difícilmente se entiendan”.

El me corrigió y me devolvió la pelota preguntándome por qué las mujeres siempre esperan algo. ¿Por qué esperar?, me dijo, “no sería mejor que simplemente hicieras lo que sientes sin fijarte primero qué es lo que está haciendo el otro”. "Pero no ustedes, esperan algo, esperan siempre al príncipe azul, el hombre profesional, educado y además, tierno". Me reí entre divertida y descubierta, había mucho de cierto en sus palabras.

“La vida no creo que sea así”, me dijo, “creo que las mejores citas son esas en las que uno no pretende mucho, las impredecibles, en las que no pensaste que ibas a hacer o si la ibas a besar, ni cómo. Esas que justamente por ser inesperadas te terminan enganchando” y espetó “sino decime vos ¿cuáles realmente recordás?”, otra vez sorprendida, sólo atiné a ruborizarme.

Ciertamente, mi mejor cita había sido años luz por lejos, la más loca e impensada, a la que no le aposté dos centavos y que me había cambiando la visión de las cosas.

El muchacho empezó a pasarse las manos por el pelo repetidas veces, ansioso, mordiéndose los delgados labios; mientras sus pequeños ojos verdes, melancólicos, miraban fijamente mi saco.

De pronto me dijo: “uno tiene que querer lo que tiene, pero realmente quererlo, así cueste poco o valga una fortuna, tu saco Akiabara o tu Versace. El asunto es que lo disfrutes, que sea lo que elegiste por gusto propio”.

Luego agregó: “pero no, ustedes las mujeres y más cuando pasan los 30 se vuelven exigentes. Quieren la conquista tradicional, el viejo truco de la cena y las velas y una proposición formal, y cuando eso no está, el tipo es un ‘tarado’ que no sabe lo que quiere y por lo tanto, no apto para pensar en algo serio, así que mejor que no les haga perder el tiempo”.

Tras su perorata, me miró burlón y se ufano:"no soy un tipo tradicional, sé que estoy algo loco, eso me dice mi mujer-confesó- lo bueno es que ella no quiere cambiarme, ni yo a ella, simplemente tratamos de adaptarnos".

"Es lo mismo en la intimidad-continuó- es mentira que uno se desviva tratando de hacer gozar al otro, primero y principal es lograr el goce de uno, y luego el del otro"."No obstante ese goce mutuo, que nos permite llegar al éxtasis es primordial en una relación", apuntó. Entre consternada y risueña, le dije medio en broma medio en serio, “gracias por el consejo”.

Ensimismado, el chico de las manos ásperas, añadió: “es como cuando vienen a pedirme que les haga cuchillos. Algunos pretenden que sean con una hoja antigua, con el mango de oro, plata y ébano o marfil, con incrustaciones de piedras preciosas. Y cuando les pregunto de cuánto dinero disponen para el trabajo me salen con que 500 pesos. Sin ánimo de ofenderlos, les digo que con ese dinero apenas si puedo ofrecerles algo de alpaca. Y estos clientes se van frustrados. En cambio, los que vienen con sus 400 pesos y su cómodo sueño de tener un cuchillo de alpaca, se van satisfechos con su compra, atesorando su mercancía”.

“Sería bueno que amáramos entonces lo que está a nuestro alcance, ¿no?-me interrogó también con la mirada y agregó- Así que no busqués un Brad Pitt, un George Clooney, ni esperes modales y dinero a raudales. Aprecia a quien tengas en frente y date tiempo de ver quién es la persona que se esconde detrás del personaje”. Lo miré trémula, y me quedé pensando en cómo estaba otorgándome otra perspectiva.

Mi verborrágico compañero de viaje, me reveló casi llegando a la ciudad, que siempre se sentaba en el cuarto asiento del micro, que le agradaba charlar con extraños y descubrir las ideas que cada uno llevaba. En este caso, me tocó a mí hacer de oidora, porque fue él quien se explayó en todos los temas posibles, pero a diferencia de otras veces, disfruté de sus opiniones.

Antes de bajarse, me dijo además que, pese a su disparatada forma de ver el mundo, necesitaba de cierta previsibilidad, de mantener una rutina que lo hiciera sentirse confiado. “Por eso siempre que quieras hablar, siéntate en el cuarto asiento”, bromeó. "Así lo haré", respondí. Y sin más, se bajo presuroso del micro, sin revelarme si quiera su nombre. Rápido como apareció, buscando ansioso su reservado lugar, se bajó del bus sin permitirme despedir.

Ya en soledad aprecié realmente el sentido de sus palabras. He vivido etiquetando cada cosa en mi vida. Y lo que no me ha parecido seguro desde el principio, lo he descartado sin tregua. Quizás tenía razón y era hora de dejarse sorprender, de disfrutar, de no esperar nada, y de permitir que lo que tenga que pasar pase, sin cuestionarse tanto.

2 comentarios:

  1. La perspectiva cambia, las ideas giran y se transforman pero al final del tiempo y de las elucubraciones la impronta de ser uno mismos siempre se mantiene...el esfuerzo de ver las cosas de forma diferente está siempre presente pero mutar en esencia es muy difícil...tan difícil como ver a Cristina K. comerse un sanguche de mortadela...dificil, pero no imposible.

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  2. Cierto, Antonio. Me quedo con tu frase final: difícil...pero no imposible.
    Y gracias por el comentario. Un beso

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