Era sábado y la lluvia no amainaba. Me desperté a las diez y treinta luego de escuchar, a lo lejos, el agua caer a borbotones. Mi habitación aún estaba a oscuras y en silencio repasé mentalmente otros sábados, ya muy lejanos.
Recordaba que alguna vez me desperté al lado de alguien, que con el calor de su cuerpo aplacaba el frío próximo del invierno. Que se levantaba despacio, como para no interrumpir mi sueño; y aparecía media hora después, con el mate, la pava y unas facturas, diciéndome: “despiértese, dormilona”. Que reíamos juntos, y me miraba hipnotizado, sin que mi cabello revuelto ni mis ojos hinchados, lo decepcionaran.
Ajusté los labios, espantando esos dulces momentos de mi mente, no tenía sentido martirizarme de esa forma. Volví a cerrar los ojos, buscando el sueño, pero en vez de adormecerme, surgieron, nuevamente, imágenes de otros sábados.
Aparecí de pronto en la clase de fotografía, apreciando el cuerpo desnudo de la modelo llamada Mara, intentando hacer bien mi trabajo y cuchicheando con mis compañeros por la tempestuosa lluvia que se abatía del otro lado del poco iluminado estudio.
Recordaba haber salido del lugar extrañada, de que fotografiar a una persona desnuda finalmente haya sido un trámite más para mí. También, haber llegado a mi casa y haberme desnudado frente al espejo para ver si mi cuerpo se veía de la misma forma que el de la desprejuiciada Mara, a través de la cámara. Sonreí por lo tonta que me sentí evocando ese momento.
Me di otra vuelta en la cama y miré de nuevo el reloj, eran las 11 y 20. De pronto mi mente tiró de lleno el ritual de unos sábados, un poco más cercanos, en los que me levantaba ilusionada con ver a alguien. Cuando me pasaba revisando el placard buscando qué ponerme y desparramaba mi ropa sobre la cama, para mirarme luego, abrumada, ante el espejo, sin que ningún modelito me convenciera.
“Un poco difícil que eso no duela aún”, reflexioné enojada, aún entre las sábanas. Ya sin ganas de que mi cabeza me siga jugando malas pasadas, corrí las cobijas y baje una pierna primero, buscando a tientas mis pantuflas. Una vez en pie, agarré la toalla y la bata para dirigirme al baño.
Mientras el agua caía por mi cuerpo, como el agua a través de la ventana, sentí ganas de llorar. Traté de identificar mis emociones: esta vez no era bronca, no era desamor, no era furia, no era pena, ni alegría, ni ninguna de las cosas que habitualmente me hacían lagrimear. Era entendimiento, aceptación, por no decir resignación. Nunca pensé que por ese motivo también se pudiera llorar.
Salí del largo baño, sintiéndome mejor, la tibieza del agua calmó mi necesidad de un abrazo. Ya en el dormitorio le permití a mis emociones volver. Mirándome al espejo, recordé triste y alegre todos los sábados de mi vida, aquellos llenos de luz y de planes grandilocuentes, aquellos plagados de amigos, de noches de boliches, de conocer gente; otros, mucho más íntimos: con cenas a la luz de las velas, con baile romántico incluido, y amaneciendo con un cálido beso en lo labios.
No pude dejar de esbozar una sonrisa de satisfacción. “He vivido ya algunas cosas”, asentí.
"Pero ahora esa sensación de plenitud, se sentía empañada. Quizás fuese por la lluvia o porque este sábado te despertaste sin planes, y lo que es peor aún, sin ganas de hacerlos. Realmente preferirías que fuera lunes ya, con todo lo que eso implica. Necesitabas con todas las fuerzas sentirte avasallada por la rutina laboral". Dejé de pensar como si se tratara de otra persona y me dispuse a desayunar.
Recordaba que alguna vez me desperté al lado de alguien, que con el calor de su cuerpo aplacaba el frío próximo del invierno. Que se levantaba despacio, como para no interrumpir mi sueño; y aparecía media hora después, con el mate, la pava y unas facturas, diciéndome: “despiértese, dormilona”. Que reíamos juntos, y me miraba hipnotizado, sin que mi cabello revuelto ni mis ojos hinchados, lo decepcionaran.
Ajusté los labios, espantando esos dulces momentos de mi mente, no tenía sentido martirizarme de esa forma. Volví a cerrar los ojos, buscando el sueño, pero en vez de adormecerme, surgieron, nuevamente, imágenes de otros sábados.
Aparecí de pronto en la clase de fotografía, apreciando el cuerpo desnudo de la modelo llamada Mara, intentando hacer bien mi trabajo y cuchicheando con mis compañeros por la tempestuosa lluvia que se abatía del otro lado del poco iluminado estudio.
Recordaba haber salido del lugar extrañada, de que fotografiar a una persona desnuda finalmente haya sido un trámite más para mí. También, haber llegado a mi casa y haberme desnudado frente al espejo para ver si mi cuerpo se veía de la misma forma que el de la desprejuiciada Mara, a través de la cámara. Sonreí por lo tonta que me sentí evocando ese momento.
Me di otra vuelta en la cama y miré de nuevo el reloj, eran las 11 y 20. De pronto mi mente tiró de lleno el ritual de unos sábados, un poco más cercanos, en los que me levantaba ilusionada con ver a alguien. Cuando me pasaba revisando el placard buscando qué ponerme y desparramaba mi ropa sobre la cama, para mirarme luego, abrumada, ante el espejo, sin que ningún modelito me convenciera.
“Un poco difícil que eso no duela aún”, reflexioné enojada, aún entre las sábanas. Ya sin ganas de que mi cabeza me siga jugando malas pasadas, corrí las cobijas y baje una pierna primero, buscando a tientas mis pantuflas. Una vez en pie, agarré la toalla y la bata para dirigirme al baño.
Mientras el agua caía por mi cuerpo, como el agua a través de la ventana, sentí ganas de llorar. Traté de identificar mis emociones: esta vez no era bronca, no era desamor, no era furia, no era pena, ni alegría, ni ninguna de las cosas que habitualmente me hacían lagrimear. Era entendimiento, aceptación, por no decir resignación. Nunca pensé que por ese motivo también se pudiera llorar.
Salí del largo baño, sintiéndome mejor, la tibieza del agua calmó mi necesidad de un abrazo. Ya en el dormitorio le permití a mis emociones volver. Mirándome al espejo, recordé triste y alegre todos los sábados de mi vida, aquellos llenos de luz y de planes grandilocuentes, aquellos plagados de amigos, de noches de boliches, de conocer gente; otros, mucho más íntimos: con cenas a la luz de las velas, con baile romántico incluido, y amaneciendo con un cálido beso en lo labios.
No pude dejar de esbozar una sonrisa de satisfacción. “He vivido ya algunas cosas”, asentí.
"Pero ahora esa sensación de plenitud, se sentía empañada. Quizás fuese por la lluvia o porque este sábado te despertaste sin planes, y lo que es peor aún, sin ganas de hacerlos. Realmente preferirías que fuera lunes ya, con todo lo que eso implica. Necesitabas con todas las fuerzas sentirte avasallada por la rutina laboral". Dejé de pensar como si se tratara de otra persona y me dispuse a desayunar.
Me preparé un café liviano, añorando tomarme un capuccino. Lo bebí de a pequeños sorbos, despacio, mirando la computadora. Me picaban las manos por escribir y mi mente estaba desbordada de historias con ganas de ser contadas. Terminé el café y encendí la máquina dispuesta a obedecer a mis impulsos.
Ya no recordaba bien a qué hora había empezado el desahogo, eran las 16 y 30 y sólo había parado para comer una manzana La lluvia seguía fuerte afuera, la lluvia interna era más copiosa aún.
La música, infaltable, me acompañaba. The Eagles con su Hotel California, me transportaron a mis catorce años, cuando los sábados eran todo un reto. Cuando miraba por la ventana deseando ser más grande y poder irme a bailar como mis amigas. Imaginando la magia que habría en esas noches desbocadas. Me quedaba hasta tarde, observando a mi vecina dos años mayor, salir vestida linda, con sus primeros gestos de coquetería. “Un sábado más que aflora, ¿cuántos más recordaré hoy?” Me pregunté.
Quité las manos del teclado por unos minutos, y el protector de pantalla con la frase “Carpe Diem”, irrumpió, retador. Resignada a sentirme abofeteada, empecé a releer las historias escritas hasta ahora. Mientras lo hacía, una vocecita interior gritaba: “un final feliz”, “un final feliz”, “necesitás oír un final feliz”. ¿Cómo podría yo contar un final feliz si descreo de ellos?, contesté en silencio.
De pronto sonreí ante otra paradoja más, la música de fondo había cambiado y una voz rasposa, interrogaba: I want to know. Have you ever seen the rain? “No”, pensé, “me falta ver la lluvia caer en un día con sol, pero no creo que sea hoy”.
La tarde continuó trascurriendo, matizando mil imágenes cada vez que entrecerraba los ojos. Finalmente acepté que algún sábado me gustaría pensar que todo es posible, que hay historias con happy ends, y que los cuentos de hadas alegran el espíritu.
“Sólo por hoy, y por la imperiosa necesidad de creer: ¡Arriba las increíbles historias con final feliz!”, expresé rendida.
Ya no recordaba bien a qué hora había empezado el desahogo, eran las 16 y 30 y sólo había parado para comer una manzana La lluvia seguía fuerte afuera, la lluvia interna era más copiosa aún.
La música, infaltable, me acompañaba. The Eagles con su Hotel California, me transportaron a mis catorce años, cuando los sábados eran todo un reto. Cuando miraba por la ventana deseando ser más grande y poder irme a bailar como mis amigas. Imaginando la magia que habría en esas noches desbocadas. Me quedaba hasta tarde, observando a mi vecina dos años mayor, salir vestida linda, con sus primeros gestos de coquetería. “Un sábado más que aflora, ¿cuántos más recordaré hoy?” Me pregunté.
Quité las manos del teclado por unos minutos, y el protector de pantalla con la frase “Carpe Diem”, irrumpió, retador. Resignada a sentirme abofeteada, empecé a releer las historias escritas hasta ahora. Mientras lo hacía, una vocecita interior gritaba: “un final feliz”, “un final feliz”, “necesitás oír un final feliz”. ¿Cómo podría yo contar un final feliz si descreo de ellos?, contesté en silencio.
De pronto sonreí ante otra paradoja más, la música de fondo había cambiado y una voz rasposa, interrogaba: I want to know. Have you ever seen the rain? “No”, pensé, “me falta ver la lluvia caer en un día con sol, pero no creo que sea hoy”.
La tarde continuó trascurriendo, matizando mil imágenes cada vez que entrecerraba los ojos. Finalmente acepté que algún sábado me gustaría pensar que todo es posible, que hay historias con happy ends, y que los cuentos de hadas alegran el espíritu.
“Sólo por hoy, y por la imperiosa necesidad de creer: ¡Arriba las increíbles historias con final feliz!”, expresé rendida.
La aceleración de recuerdos en días de nostalgias agridulces suelen dar miles de postulados nuevos...gravitan por horas sobre nuestros pensamientos....muchos de ellos mueren, otros permanecen vivos (por horas) y los mas resistentes logran perpetuarse un poco más...es bueno oxigenarse con bocanadas de experiencias porque de ellas la razón y el alma logran exfoliarse...como la lluvia y tus plantas, una simbiosis" necesaria para subsistir....ahhhh lindos mosaicos del patio, si los miras detenidamente vas a poder ver figuras escondidas...
ResponderEliminarLos días plagados de nostalgia, sirven para cuentos...imágenes propias, otras ajenas, pero todas igual de intensas y con ganas de ser contadas.
ResponderEliminarLa foto sí es de mis plantas, Antonio, adivinaste.Un beso.