domingo, 30 de mayo de 2010

El sábado que la lluvia me ganó la apuesta



Era sábado y la lluvia no amainaba. Me desperté a las diez y treinta luego de escuchar, a lo lejos, el agua caer a borbotones. Mi habitación aún estaba a oscuras y en silencio repasé mentalmente otros sábados, ya muy lejanos.

Recordaba que alguna vez me desperté al lado de alguien, que con el calor de su cuerpo aplacaba el frío próximo del invierno. Que se levantaba despacio, como para no interrumpir mi sueño; y aparecía media hora después, con el mate, la pava y unas facturas, diciéndome: “despiértese, dormilona”. Que reíamos juntos, y me miraba hipnotizado, sin que mi cabello revuelto ni mis ojos hinchados, lo decepcionaran.

Ajusté los labios, espantando esos dulces momentos de mi mente, no tenía sentido martirizarme de esa forma. Volví a cerrar los ojos, buscando el sueño, pero en vez de adormecerme, surgieron, nuevamente, imágenes de otros sábados.

Aparecí de pronto en la clase de fotografía, apreciando el cuerpo desnudo de la modelo llamada Mara, intentando hacer bien mi trabajo y cuchicheando con mis compañeros por la tempestuosa lluvia que se abatía del otro lado del poco iluminado estudio.

Recordaba haber salido del lugar extrañada, de que fotografiar a una persona desnuda finalmente haya sido un trámite más para mí. También, haber llegado a mi casa y haberme desnudado frente al espejo para ver si mi cuerpo se veía de la misma forma que el de la desprejuiciada Mara, a través de la cámara. Sonreí por lo tonta que me sentí evocando ese momento.

Me di otra vuelta en la cama y miré de nuevo el reloj, eran las 11 y 20. De pronto mi mente tiró de lleno el ritual de unos sábados, un poco más cercanos, en los que me levantaba ilusionada con ver a alguien. Cuando me pasaba revisando el placard buscando qué ponerme y desparramaba mi ropa sobre la cama, para mirarme luego, abrumada, ante el espejo, sin que ningún modelito me convenciera.

“Un poco difícil que eso no duela aún”, reflexioné enojada, aún entre las sábanas. Ya sin ganas de que mi cabeza me siga jugando malas pasadas, corrí las cobijas y baje una pierna primero, buscando a tientas mis pantuflas. Una vez en pie, agarré la toalla y la bata para dirigirme al baño.

Mientras el agua caía por mi cuerpo, como el agua a través de la ventana, sentí ganas de llorar. Traté de identificar mis emociones: esta vez no era bronca, no era desamor, no era furia, no era pena, ni alegría, ni ninguna de las cosas que habitualmente me hacían lagrimear. Era entendimiento, aceptación, por no decir resignación. Nunca pensé que por ese motivo también se pudiera llorar.

Salí del largo baño, sintiéndome mejor, la tibieza del agua calmó mi necesidad de un abrazo. Ya en el dormitorio le permití a mis emociones volver. Mirándome al espejo, recordé triste y alegre todos los sábados de mi vida, aquellos llenos de luz y de planes grandilocuentes, aquellos plagados de amigos, de noches de boliches, de conocer gente; otros, mucho más íntimos: con cenas a la luz de las velas, con baile romántico incluido, y amaneciendo con un cálido beso en lo labios.

No pude dejar de esbozar una sonrisa de satisfacción. “He vivido ya algunas cosas”, asentí.

"Pero ahora esa sensación de plenitud, se sentía empañada. Quizás fuese por la lluvia o porque este sábado te despertaste sin planes, y lo que es peor aún, sin ganas de hacerlos. Realmente preferirías que fuera lunes ya, con todo lo que eso implica. Necesitabas con todas las fuerzas sentirte avasallada por la rutina laboral". Dejé de pensar como si se tratara de otra persona y me dispuse a desayunar.
Me preparé un café liviano, añorando tomarme un capuccino. Lo bebí de a pequeños sorbos, despacio, mirando la computadora. Me picaban las manos por escribir y mi mente estaba desbordada de historias con ganas de ser contadas. Terminé el café y encendí la máquina dispuesta a obedecer a mis impulsos.

Ya no recordaba bien a qué hora había empezado el desahogo, eran las 16 y 30 y sólo había parado para comer una manzana La lluvia seguía fuerte afuera, la lluvia interna era más copiosa aún.

La música, infaltable, me acompañaba. The Eagles con su Hotel California, me transportaron a mis catorce años, cuando los sábados eran todo un reto. Cuando miraba por la ventana deseando ser más grande y poder irme a bailar como mis amigas. Imaginando la magia que habría en esas noches desbocadas. Me quedaba hasta tarde, observando a mi vecina dos años mayor, salir vestida linda, con sus primeros gestos de coquetería. “Un sábado más que aflora, ¿cuántos más recordaré hoy?” Me pregunté.

Quité las manos del teclado por unos minutos, y el protector de pantalla con la frase “Carpe Diem”, irrumpió, retador. Resignada a sentirme abofeteada, empecé a releer las historias escritas hasta ahora. Mientras lo hacía, una vocecita interior gritaba: “un final feliz”, “un final feliz”, “necesitás oír un final feliz”. ¿Cómo podría yo contar un final feliz si descreo de ellos?, contesté en silencio.

De pronto sonreí ante otra paradoja más, la música de fondo había cambiado y una voz rasposa, interrogaba: I want to know. Have you ever seen the rain? “No”, pensé, “me falta ver la lluvia caer en un día con sol, pero no creo que sea hoy”.

La tarde continuó trascurriendo, matizando mil imágenes cada vez que entrecerraba los ojos. Finalmente acepté que algún sábado me gustaría pensar que todo es posible, que hay historias con happy ends, y que los cuentos de hadas alegran el espíritu.

“Sólo por hoy, y por la imperiosa necesidad de creer: ¡Arriba las increíbles historias con final feliz!”, expresé rendida.





jueves, 27 de mayo de 2010

El cuarto asiento


Volvía de Buenos Aires con dirección a La Plata, era un día gris de otoño, como tantos otros. No sé por qué esta vez quería ubicarme en los primeros asientos, claro, nunca en el primero o segundo; supongo que por las enseñazas de mi madre, que siempre defendió la creencia de que en caso de accidente se estaría entre las primeras víctimas. Así fue que al estar ocupado el tercero, recaí en el cuarto asiento.

Mientras miraba por la ventanilla y me despedía del motivo de mis asiduas visitas a Capital, sentí que alguien se acomodaba a mí lado, y ponía su mochila a los pies. Sin volver la mirada, descubrí por el reflejo en el vidrio que se trataba de un chico.

Emprendimos la vuelta a casa con el micro atestado de gente pese a la hora. Al llegar a Corrientes y la Avenida 9 de Julio de pronto el ómnibus aminoró su marcha debido a una hondonada de gente que caminaba con pancartas, en reclamo de quién sabe qué, haciendo detonar bombas de estruendo.

El espectáculo se fue alargando cada vez más, impidiéndonos salir del atolladero. Mi compañero de asiento, cansado de la espera me miró en señal de protesta y movió la cabeza con un gesto desaprobatorio. “Siempre lo mismo”, sentenció.

“El país está patas arriba-agregó- pero tanta marcha ya no hace mella en nadie, excepto en nosotros, que padecemos las consecuencias”, lo miré cómplice y sin decir nada, continúe con la vista fija en la gente, tratando de ver de qué se trataba esta vez el reclamo.

En seguida el muchacho sacó unas pastillas de su mochila y me ofreció una para mitigar la espera. “Gracias” le dije, y procedí a seguir tarareando una canción, con los auriculares puestos, mirando a través de la ventanilla. El muchacho, que no se dio cuenta de mi actitud, o simplemente quería distraerse con algo, procedió a seguir la charla.

Primero, como todas las conversaciones con extraños, empezó hablándome de lo mal en peor que iba el país, de la plata que ganan ciertos dirigentes gremiales que se dan el lujo de ser coleccionistas de objetos de arte, que a propósito, él vendía. De la falta de criterio del Gobierno para gastar dinero en actos por el bicentenario, en lugar de aumentar los presupuestos en Salud o Educación. De la alicaída imagen de Hebe de Bonafini, quien por unos pocos mangos que le pasa el oficialismo, había vendido su alma al diablo, denunciando a gente que nada tenía que ver con la dictadura, y hasta, en un rapto de locura, hablando mal del campo. Los dos coincidimos que con esa postura, lamentablemente, la noble causa que la señora Bonafini defendía había quedado deslucida y opacada, generando estupor y un rechazo generalizado en la sociedad.

Una vez que pasamos los temas de rigor entre dos desconocidos empezó la verdadera charla, o lo que fue para mí, lo más sustancioso. Me dijo que estaba a punto de cumplir los 29 años, felizmente casado, y que tenía un nene de casi 2 años. Era oriundo de Bolívar, se dedicaba a hacer soguería (era la primera vez que escuchaba hablar del tema, aunque intuí que se trataría de manualidades con soga), y también trabajaba con algunos metales, en especial la Plata.

El versátil artesano, además, confeccionaba cuchillos y, por si fuera poco, era una especie de anticuario a domicilio que iba ofreciendo piezas de colección a ávidos personajes de la política argentina. A eso se debía su reciente visita a Buenos Aires.

Momentos atrás, había estado con uno de los integrantes de la mesa de Enlace, mostrándole unos paños y telares. Enojado porque el tipo en cuestión había querido pagarle en cómodas cuotas, se retiró y emprendió la vuelta a casa.

Entre risas, me dijo que gente con tanto dinero no podía pretender pagar artículos de lujo en cuotas, que de ser así el trabajaría en un local con posnet incluido. Callada, asentí.

Ya no recuerdo bien qué fue lo que hizo girar nuestra charla hacia el tema de las relaciones amorosas entre hombres y mujeres. Lo primero que se me ocurrió decirle fue que “simplemente cada género espera cosas diferentes del otro, y que así difícilmente se entiendan”.

El me corrigió y me devolvió la pelota preguntándome por qué las mujeres siempre esperan algo. ¿Por qué esperar?, me dijo, “no sería mejor que simplemente hicieras lo que sientes sin fijarte primero qué es lo que está haciendo el otro”. "Pero no ustedes, esperan algo, esperan siempre al príncipe azul, el hombre profesional, educado y además, tierno". Me reí entre divertida y descubierta, había mucho de cierto en sus palabras.

“La vida no creo que sea así”, me dijo, “creo que las mejores citas son esas en las que uno no pretende mucho, las impredecibles, en las que no pensaste que ibas a hacer o si la ibas a besar, ni cómo. Esas que justamente por ser inesperadas te terminan enganchando” y espetó “sino decime vos ¿cuáles realmente recordás?”, otra vez sorprendida, sólo atiné a ruborizarme.

Ciertamente, mi mejor cita había sido años luz por lejos, la más loca e impensada, a la que no le aposté dos centavos y que me había cambiando la visión de las cosas.

El muchacho empezó a pasarse las manos por el pelo repetidas veces, ansioso, mordiéndose los delgados labios; mientras sus pequeños ojos verdes, melancólicos, miraban fijamente mi saco.

De pronto me dijo: “uno tiene que querer lo que tiene, pero realmente quererlo, así cueste poco o valga una fortuna, tu saco Akiabara o tu Versace. El asunto es que lo disfrutes, que sea lo que elegiste por gusto propio”.

Luego agregó: “pero no, ustedes las mujeres y más cuando pasan los 30 se vuelven exigentes. Quieren la conquista tradicional, el viejo truco de la cena y las velas y una proposición formal, y cuando eso no está, el tipo es un ‘tarado’ que no sabe lo que quiere y por lo tanto, no apto para pensar en algo serio, así que mejor que no les haga perder el tiempo”.

Tras su perorata, me miró burlón y se ufano:"no soy un tipo tradicional, sé que estoy algo loco, eso me dice mi mujer-confesó- lo bueno es que ella no quiere cambiarme, ni yo a ella, simplemente tratamos de adaptarnos".

"Es lo mismo en la intimidad-continuó- es mentira que uno se desviva tratando de hacer gozar al otro, primero y principal es lograr el goce de uno, y luego el del otro"."No obstante ese goce mutuo, que nos permite llegar al éxtasis es primordial en una relación", apuntó. Entre consternada y risueña, le dije medio en broma medio en serio, “gracias por el consejo”.

Ensimismado, el chico de las manos ásperas, añadió: “es como cuando vienen a pedirme que les haga cuchillos. Algunos pretenden que sean con una hoja antigua, con el mango de oro, plata y ébano o marfil, con incrustaciones de piedras preciosas. Y cuando les pregunto de cuánto dinero disponen para el trabajo me salen con que 500 pesos. Sin ánimo de ofenderlos, les digo que con ese dinero apenas si puedo ofrecerles algo de alpaca. Y estos clientes se van frustrados. En cambio, los que vienen con sus 400 pesos y su cómodo sueño de tener un cuchillo de alpaca, se van satisfechos con su compra, atesorando su mercancía”.

“Sería bueno que amáramos entonces lo que está a nuestro alcance, ¿no?-me interrogó también con la mirada y agregó- Así que no busqués un Brad Pitt, un George Clooney, ni esperes modales y dinero a raudales. Aprecia a quien tengas en frente y date tiempo de ver quién es la persona que se esconde detrás del personaje”. Lo miré trémula, y me quedé pensando en cómo estaba otorgándome otra perspectiva.

Mi verborrágico compañero de viaje, me reveló casi llegando a la ciudad, que siempre se sentaba en el cuarto asiento del micro, que le agradaba charlar con extraños y descubrir las ideas que cada uno llevaba. En este caso, me tocó a mí hacer de oidora, porque fue él quien se explayó en todos los temas posibles, pero a diferencia de otras veces, disfruté de sus opiniones.

Antes de bajarse, me dijo además que, pese a su disparatada forma de ver el mundo, necesitaba de cierta previsibilidad, de mantener una rutina que lo hiciera sentirse confiado. “Por eso siempre que quieras hablar, siéntate en el cuarto asiento”, bromeó. "Así lo haré", respondí. Y sin más, se bajo presuroso del micro, sin revelarme si quiera su nombre. Rápido como apareció, buscando ansioso su reservado lugar, se bajó del bus sin permitirme despedir.

Ya en soledad aprecié realmente el sentido de sus palabras. He vivido etiquetando cada cosa en mi vida. Y lo que no me ha parecido seguro desde el principio, lo he descartado sin tregua. Quizás tenía razón y era hora de dejarse sorprender, de disfrutar, de no esperar nada, y de permitir que lo que tenga que pasar pase, sin cuestionarse tanto.

¿Del amor virtual al amor real?


Siglo XXI que corre. Nuevas formas de relacionarnos. Antes el mundo era ancho y ajeno, hoy pareciera mucho más compacto y pequeño.

Tiempo atrás, el amor se encontraba oculto en una esquina, en el banco de al lado en el colegio, en un aula de facultad, en el almacén de la esquina, o tu vecina de siempre, la prima de un amigo, la compañera de trabajo, la chica del micro. No llegábamos a imaginar una relación con alguien que viviera siquiera en otra ciudad, ni que decir otro país, menos aún, otro continente.

Pero las cosas han cambiado, y de pronto nos resulta más cercano un alemán, que vive a kilómetros y kilómetros de distancia, que nuestro vecino de edificio. La creciente ausencia de relaciones cara a cara, muchas veces fomentada por la falta de tiempo o por “comodidad”, nos hacen recluirnos cada vez más en la tranquilidad de nuestras casas para conocer personas. Total, Internet nos acerca y ha permitido el milagro de “borrar”, en teoría, las abismales diferencias.

Viendo en la tele el caso del cirujano asesinado, supuestamente por encargo, por la nueva pareja de su ex mujer, un empresario mexicano, a quien la señora conoció por Internet, se hicieron presentes las dudas por las cyber parejas. ¿Qué tanto podemos llegar a conocer a las personas por la web?

A esta altura son muy pocos los que no han tenido aunque sea un pseudo flirteo, online. Pero qué hay de cierto en esas “relaciones virtuales”.Dejando de lado los “horrores” que serían encontrarse frente a Jack el destripador del otro lado, o a la inefable, viuda negra, todos nos hemos topado con otros seres, que parecían más dulces y comprensivos a la distancia.

Es así, como un buen día, gracias a la nueva cercanía de Lima con Madrid, apareció mi amiga Karina, enamoradísima de un español. El muchacho en cuestión se convirtió, tras un año de chateo intenso en el “hombre de su vida”. ¡Guau! Pensé cuando me lo contó.

Resulta que se veían por la web cam a diario, en horarios insólitos, porque cuando ella llegaba del trabajo él debería haber estado ya casi en el quinto sueño, pero por la “fortaleza de su amor”, se quedaba despierto a la espera de la aparición en el msn de su amada limeña.

A tal punto habían llegado que me reveló, en un acto de profunda confianza, que en el año que duró su relación, ninguno de los dos había sacado los pies del plato, por lo que fue una larga abstinencia para ambos.

Yo me imaginaba un final feliz, porque un año soñándose el uno con el otro, hablando por teléfono, viéndose las caras por una pantallita, llenos de necesidades y de ansias por tocar al otro, me pareció más que sublime: ¡perfecto!.

Mi desilusión vino, cuando más tarde me contó que el esperado encuentro no resultó como pensaban. El no era tan delgado como en su mente, su voz no se oía tan seductora como a través del teléfono, sus besos ni siquiera calentaban sus labios, y su aparente comprensión, se esfumó a los dos segundos de descender del avión.

Obviamente, el desafortunado madrileño no tuvo la oportunidad de hacer su descargo, así que no sé qué defectitos encontró en mi querida Karina. Supongo que ella tampoco habrá sido todo lo “dulce” ni “comprensiva” que él esperaba.

Lo triste del caso es que, ambos se enamoraron de una “imagen” que no se correspondía en nada en cómo era realmente el otro. Ni en lo físico ni en lo espiritual. Apesadumbrada, me admitió que “la química no trasciende el monitor”.

Por si fuera poco, en mi círculo como calculo en el de todos, cada día este tipo de relaciones son más habituales. Otro querido amigo, se topó en un lugar de encuentros virtuales, a una hermosa morocha rosarina. La señorita en cuestión parecía una verdadera Barbie: delgada, alta, sensual, pícara, inteligente, culta y desinhibida; es decir, todo lo que mi calenturiento amigo estaba buscando en una mujer.

Aplaudí que en este caso todo eso lo encontrara, ella era tal cual se había descrito, y la web cam reflejó perfectamente la blancura de sus bien formados dientes y la voluptuosidad de su cuerpo. Mi amigo agradecido, parecía que había metido un gol de media cancha. Yo, un poco más descreída a esta altura de ese tipo de relaciones, guardaba la esperanza, de que en esta oportunidad la historia terminara con un final feliz.

Craso error, a los seis meses mi amigo apareció nervioso en mi puerta, contándome los desaciertos de su “historia de amor”. La dama era muy linda, no había duda de ello, pero ostentaba un carácter endemoniado y lo celaba hasta porque volaba una mosca. La relación, que al principio pintaba como una tórrida novela de amor de Corín Tellado, con despedidas a moco tendido en la terminal cada vez que el otro volvía a su casa, se había vuelto una insufrible persecución cada vez más asfixiante.

Ella no era mala, pero padecía de celos enfermizos, era extremadamente insegura, posesiva, dominante y manipuladora. De pronto, todo lo bueno que antes jugaba a su favor se había transformado en una condena. Para colmo de males, ella no se daba cuenta de que a medida que aumentaban sus reclamos, retrocedían, proporcionalmente, las antes buenas intenciones de mi amigo.

Así fue que esa nueva historia de amor también terminó con otra triste frase célebre: “Que pena que la web cam no refleje el interior de las personas”.

Con esas dos historias en contra, cuando apareció la tercera, ya no me quedaban esperanzas de que el “amor virtual” sea algún día “amor real”. Otra querida amiga conoció a un chico por la sala de chat de yahoo. Como ella estaba estudiando inglés en Estados Unidos, decidió practicarlo con alguien “nativo”, y ¡qué mejor que un caballero! pensó. Así intercambiaron mails y la charla empezó. No hablaban muy seguido porque “el levante” no era la idea, al menos no en ese momento. Mi amiga estaba saliendo con otro muchacho y el “amigo virtual” era sólo eso: “amigo”.

Meses después, ruptura mediante con el amigovio anterior, entre confesiones mutuas, algo inexactas porque mi amiga no alcanzaba a entender del todo las frases del chico, quedaron en conocerse. Primer inconveniente, no vivían en la misma ciudad. Además, por el trabajo de él, ella debería ser quien asumiera el riesgo de trasladarse hasta el lugar del otro.

Mi amiga siempre tuvo coraje, pero también cauta, le pidió a su compañera de departamento que la acompañara a la cita. Ambas llegaron a la gran manzana, con la ilusión de conocer al cariñosamente llamado “profesor de inglés”.

Muerta de risa, mi amiga me confesó que él no era lo que esperaba. Admitió que le gustaron sus grandes ojos azules, pero detestó su largo pelo rubio desaliñado. La impactó su altura, pero no podía dejar de mirar sus zapatillas como un mal signo de informalidad para todo. Por si fuera poco, la asustó el hecho de que tuviera una mochila. Ya pensaba ella, que la aguardaba una sierra eléctrica para descuartizarla, apenas quedaran a solas.

Después de ese primer encuentro en el que no hubo ni siquiera un beso, sólo un cordial saludo, se despidieron. La charla por el chat continuó un tiempo más, ya sin ningún tipo de careteadas porque ella sabía que él no era lo que buscaba.

Hechos amigos, él la invitó a un concierto. Ella me contó que acudió sin ningún tipo de expectativas, excepto la de disfrutar de la música. Luego de la euforia y más tranquilos en un oscuro barcito, él la besó. “No te imaginás lo que sentí”, me confío.

Tras ese beso, al que calificaron producto del alcohol y la soledad, cada uno volvió a su rutina. Dos meses después, cuando admitieron que querían saber si había algo más entre ellos, se arriesgaron a iniciar una relación. Fue así que se pasaron un año viajando de una ciudad a la otra, de fines de semana sin dormir, de vidas separadas.

“Fue amor a segunda o tercera vista”, bromea hoy mi feliz amiga. El “internauta” hace cinco años que se despierta todos los días a su lado y es su esposo. Él ha aprendido a comer al estilo de ella, y habla en castellano para sorprender a sus amigos.

Esta última historia me reconfortó y me vino a la mente la idea de escribir sobre ello porque una gran amiga se embarcará pronto en su propia “novela virtual”: irá hasta el viejo continente a conocer a un caballero que hace meses le quita el sueño.

Me imagino que su valija estará más llena de ilusiones que de ropa, que los nervios serán los protagonistas de estos días previos. Que estará ansiosa por ser tal cual él la imaginó. Yo desde acá le deseo lo mejor.

Le pido que se deje sorprender y que si las cosas no salen como espera, no se sienta defraudada. Que la admiro por su valor de arriesgarse. Que más allá de en qué lista vaya a clasificar su historia, la está viviendo.

Que disfrute y que si no le gusta el caballero en cuestión sea capaz de decir que “no”, porque no está obligada a nada. Que entienda que pese al tiempo que llevan de conocerse, él aún es un extraño, y que será como empezar de cero una vez que ella salga del aeropuerto.

¡Suerte amix! Si me lo permites, a la vuelta contaré tu historia.


martes, 25 de mayo de 2010

Por el mar de las dudas hacia el oasis de las certezas


¿Cuándo la gente empieza a replantearse cosas? ¿Existe algún momento específico en que esto ocurre, o surge simplemente como una necesidad de nuestro ser más crítico? Hace unos días mientras acudía esperanzada a una charla informativa sobre un máster en periodismo, me encontré de cara con esta pregunta. El asunto que me llevó a dichas disquisiciones fue que el susodicho curso, que aparecía ante varios de los asistentes como “la posibilidad” de ser “alguien”, resultó ser demasiado costoso, lo que echó por tierra todos nuestros más alocados sueños. Entre el tiempo que demandaba y la tarifa establecida, esto resultaba más una pesadilla que un camino al paraíso.


Cuando la charla terminó, más de un rostro aparecía meditabundo. Fue así que caminando hacia el ascensor, mientras evaluaba que tenía que elaborar un plan B para el próximo año porque ya estaba casi sepultada mi fantasía (cuasi realidad horas antes), terminé acompañada por una chica rubia, de largo y voluminoso pelo, y con mucho maquillaje en el rostro, y un apuesto muchacho alto, de traje gris.

Mientras descendíamos literalmente, empezaron nuestras reflexiones en voz alta: “que si podríamos costear el curso, si realmente nos interesaba hacerlo y la imposibilidad de trabajar mientras se cursaba”, fueron nuestras dudas más alarmantes. Una vez fuera del cubículo, cada quien siguió su camino, como si la efímera charla hubiera sido una reflexión a solas. Sin mediar saludos, cada uno inició la vuelta a casa con más interrogantes que antes.


Cuando me disponía a cruzar la Avenida Alem descubrí que el muchacho del traje gris era mi compañero de ruta. Con una sonrisa, le pregunté si sabía dónde paraba la Costera, para volverme a La Plata. Me contestó amablemente que no tenía idea, pero que suponía habría una parada en la calle Corrientes. Así, sin darnos cuenta, reiniciamos los replanteos sobre el máster.

Me contó que para poder costearlo tendría que vender su auto. Que había trabajado en varios bancos, desde hace diez años y que estaba cansado, por lo que deseaba cambiar su vida. Estudiaba periodismo deportivo en el ISEC (lugar del cual, desconocía su existencia) y que estaba por recibirse. Resultó que la bendita charla informativa fue el disparador de nuestras reflexiones más profundas. De pronto, estaba acompañada por un extraño que me confesaba sus ansias y temores, y lo raro, que me reconocía en cada pregunta nueva que se hacía.

En plena noche de jueves, cuando los ánimos empiezan a aligerarse en pos del cercano viernes, terminamos empantanados en dudas existenciales. El quería cambiar su vida y yo también. Estaba cansado de hacer lo que hacía desde hace algún tiempo, y yo anhelando dar el “gran salto”. Se interrogaba si valdría la pena, si el esfuerzo económico y de tiempo, tendría su recompensa. Si el costo sería más alto que el beneficio. Cómo organizaría su vida el año venidero si se decidía a “vivir” la experiencia.

Parada ahí, a su lado, contemplando su enjuto bello rostro, hice míos sus temores. Intenté darle algunas respuestas, pero sospecho que ni él ni yo nos las creímos. ¿Cómo adivinar qué nos depararía el destino si hiciéramos el máster? Nos quedamos en silencio un instante, meditando quizás, que sin querer nos habían puesto de cara con la pregunta del millón: ¿qué querés hacer con tu vida?

Nunca hasta esa noche fue tan tangible la pregunta. La disyuntiva aparecía clara. Seguir con nuestras existencias tal como estaban o aventurarnos a un mundo nuevo, pero muy incierto. En medio del remolino de emociones que me embargaban apareció el esperado micro. Con un saludo torpe despedimos nuestra “corta amistad”.


Subí al colectivo, dichosa y triste. Me senté pensando en que sin saber por qué, aquel muchacho me espetó a la cara cada una de mis ilusiones y miedos. Habíamos compartido mucho más que confesiones, por un instante fuimos compañeros de barco, con los mismos miedos y deseos. Debido a ello, ya no estaba sola en mis cavilaciones, alguien más padecía de mi enfermedad: la inquietante encrucijada.El riesgo a seguir el sueño tenía como precio cambiar radicalmente nuestras vidas, y ni él ni yo sabíamos cabalmente si era eso lo que queríamos. De pronto, ya no se trataba de un “simple trabajo”, el cambio era más profundo. Implicaba una forma de ser.


Recordaba que mencionó el pago de su departamento, mientras yo pensaba en el viaje diario hasta la capital. El reflexionaba sobre si sería capaz de “bajarse el moño” y trabajar de mozo, yo me reía, porque la misma idea había cruzado por mi cabeza cuando aún estábamos escuchando a los disertantes, que de un plumazo volaron mis planes.El planteo era tan profundo que en un primer momento los dos compartimos la sensación de “dejar de dar tantas vueltas y abrazarnos a lo que actualmente teníamos, total, poco o mucho, eso era real y lo otro, pues una gran fantasía, que podía dejarnos peor de como estábamos”.


Todas las cosas que limitan nuestra existencia aparecieron enumeradas: el dinero que nunca es mucho, el tiempo que “vale oro”, la exigencia que amedrenta, lo nuevo que espanta, el miedo a “si será realmente lo nuestro”.Emprendí la vuelta sumida en la única certeza que apareció ante mi vista: “todos a alguna edad nos replanteamos si la vida que llevamos es la que queremos”….el problema es asumir el riesgo de vivir la respuesta.


Yo aún sigo esperando mi respuesta. Conciente de que carezco del dinero para emprender el sueño y temerosa, aún, de saber si estoy a la altura de lo que la apuesta demande. Confieso que desearía saber qué siente ahora mi compañero de ruta, si resolvió cambiar su rumbo o se convenció de que hace rato eligió su destino, sólo que no se dio cuenta. Ahora, pasados ya unos días, las reflexiones pesan.


Quisiera volver a encontrar un compañero de dudas, pero también de certezas; para embarcarme en la gran apuesta que es la Vida.

lunes, 24 de mayo de 2010

A modo de presentación





















Dicen que el nombre le imprime ciertas características a la persona que lo lleva, será por eso que muchas parejas cuando van a tener un hijo tardan tanto en elegirlo. Pues bien, según mi padre el mío debiera ser Carmen, como mi abuela y mi madre, pero por esas cosas de la vida, no faltó la brillante idea de un tío, que acudió en ayuda de la búsqueda de cómo llamar a la primera heredera de ambas familias y quedó sobre mí un solemne nombre francés: Jacqueline.
Entre estos dos nombres quedó marcada a fuego mi personalidad. Esa mezcla entre la sensual gitana de la ópera de Bizet y la refinada esposa de uno de los presidentes más recordados de Estados Unidos, John F. Kennedy, signarían mis días en muchos aspectos sin saberlo.
De alguna u otra forma, por los caprichos de mi madre elegí también mi profesión: estudié Comunicación Social y Periodismo, cumpliendo la profecía de llamarme Jacqueline. De la apasionada gitana, no puedo negar que llevo el “si no me quieres, te quiero; si te quiero, ten cuidado de ti mismo”, aunque más de una vez he tratado de dejarlo de lado. La locura, la vida errante, la exigencia al límite y la férrea defensa de mi libertad y mis ideales, son otros de los condimentos heredados.
Algunos sostienen que las coincidencias no existen, que las inventamos buscando una explicación, si es así, bienvenido sea igual. Me agrada encontrar tantas coincidencias entre Carmen, Jacqueline y yo, y definirme como una simbiosis de ambas.
Sólo para prevenirme de futuras acusaciones de brotes de esquizofrenia sobre lo que escribo, prefiero advertirles que pueden encontrar en este blog, algunas veces a la vehemente periodista, amante de los policiales y defensora de pobres y ausentes, y en otras, a la apasionada Carmen, que escribe sus más íntimas confesiones sin ningún tipo de miramientos. Pero Jacqueline o Carmen, o como prefieran llamarme, lo único cierto es que los invito a acompañarme en este virtual viaje que significa escribir.
No seré Julio César, ni tendré el Rubicón por delante, quizás por eso, la suerte aún no esté echada.