Hoy no tenía muchas ganas de escribir. Estuve leyendo varias historias que tengo para subir al blog, pero no sé si será mi estado de ánimo o el bendito frío, que no me decidí por ninguna. Lo único que se me ocurrió, en esta tarde soleada de invierno, fue sentarme en la notebook y volcar lo primero que se me viniera a la mente.
No estoy triste, pero tampoco alegre, ni siquiera en mi forma de ser habitual. Quizás sienta un poco de nostalgia. Tampoco se bien qué me puso melancólica. Sin saber cómo, empecé a tararear “aunque tú no lo sepas, nos decíamos tanto, con las manos tan llenas, cada días más flacos, inventamos mareas, tripulábamos barcos, encendía con besos el mar de tus labios y toda tu escalera...”.
Supongo que todos tenemos días en los que deseamos estar bien con alguien. Esos, en los que no nos importa tanto si tenemos los bolsillos llenos, si la vida avanza como queremos, o si vamos en la dirección indicada y hacia algún lugar.
Es una tarde hermosa de invierno, con un sol radiante que engaña a los confiados. El cielo azul, tal como me gusta. Pero hoy no me alcanza. Extraño las tardes de lluvia, acurrucada entre tus piernas, mirando alguna película, en la que no importaba tanto la trama sino el sentir tus dedos entrelazados con los míos. Ahora sé porqué nunca recuerdo los finales. Mi memoria sólo está llena de besos.
Extraño el éxtasis de sentirte feliz. Tus tontas manías. Nuestras conversaciones absurdas y tus vanos intentos por bailar con ritmo.
Esta tarde es de nostalgia. Supongo que el frío ayuda. Además, Sabina, siempre oportuno, apareció para recordarme: “yo no quiero un amor civilizado, con recibos y escenas del sofá. Yo no quiero comerme una manzana dos veces por semana sin ganas de comer”. Y me dejó más triste que antes, pero con la certeza de saber qué es lo que busco.
Como siempre, intento hallarle una explicación racional a mi locura temporal. Entonces diagnostico que quizás sean los cambios que estoy haciendo en mi vida, los que me generan este extraño estado; los que me hacen recorrer otros caminos. No menos locos, sí más radicales.
Y juro y perjuro que ya nada me toca, pero tampoco es cierto del todo. Me quedo atrapada en la duda. Parada en el umbral de los saludos cortos y los adioses largos.
Otra vez, nada me ata. “Buen comienzo”, diría mi abuelo, “eres posibilidad pura”. Pero él ya no está, y yo sigo poniéndole palabras en su boca.
“Volverás a reírte de veraz, si te quedas conmigo”, promete una voz.
“Llévame, llévame, llévame”, le digo yo sin decirlo.
“Ya es hora de volver a viajar”, decido.
Esta semana empiezo con mi nueva vida y mis viejos defectos. Espero que sea una buena simbiosis y que desde mi ventana, con vista a la Legislatura, pueda seguir haciendo catarsis con este blog.

Lo nuevo siempre nos asusta y volvemos a lo bueno que tuvimos en el pasado. "Más vale malo conocido que bueno por conocer" La verdad que ese refrán no me gusta nada, hay que seguir creciendo, hacer cambios en nuestra vida si así lo creemos y lo que tenga que venir, bueno o malo, ya vendrá y podremos con ello.
ResponderEliminarY sí, yo también espero que puedas seguir haciendo catarsis con este blog.
Un beso.
Discrepo...tu abuelo sigue y seguira siempre con vos.
ResponderEliminarLa nostalgia es una pasatiempo que se invento para comer chocolates.
Cuerpos a la deriva: A mí tampoco me gusta ese refán de: "Más vale malo conocido que bueno por conocer", yo apuesto a que siempre pueden venir cosas mejores. Y gracias por pasar por aquí.
ResponderEliminarAntonio: Tenés razón, mi abuelo seguirá vivo en el recuerdo, mientras yo viva. Y para curar mi nostalgia ya me engullí unos cuantos chocolates.
Un besote a los dos.
Muchas gracias por tus comentarios, de verdad. Me alegra que mis textos te hagan sentir bien.
ResponderEliminarUn beso.
Loreto