domingo, 29 de agosto de 2010

"Igual"


Es un clásico domingo a la noche, de esos que a mis once años odiaba porque sabía que el lunes había de nuevo escuela; los mismos domingos que a los 16 amaba, exactamente por la misma razón (otra vez colegio y ver al chico que me tenía loca). Ahora los domingos tienen otro sabor. La inminencia del trabajo hasta me agrada, y digo "otra vez lunes", complacida.

Pero no era ni de los lunes ni de los domingos que quería hablar,  sólo que vinieron a mi mente cuando pensaba en ese pasado ya enterrado muchos años atrás y que se hizo presente trayéndome alegrías.

De pronto un mail inesperado, luego una llamada, y mil recuerdos inundando mi cabeza. El pasado surgió de la nada con pequeñas señales: el domingo pasado exactamente, vi a ciertas personas que me recordaron esa etapa de mi vida, pero le resté importancia. Luego llegó el mail. ¡Qué casualidad! pensé en ese momento. Luego el llamado para hablar sobre esa época.

Tras la emoción inicial, me quedé reflexionando como el pasado, el presente y el futuro se unen de forma tan clara algunas veces.

Eso trajo a mi mente otras enseñanzas que me repetía mi madre hasta el hartazgo: "Siembra para que algún día puedas cosechar" y  advertía luego: "pero asegúrate de que sean cosas buenas y de dejar un buen recuerdo para que puedas volver".  Si bien nunca analicé sus dichos a conciencia, creo que los apliqué la mayoría de veces.

Ahora, ese pasado plagado de historias increíbles vuelve; de pronto, otra vez siento que soy la cenicienta favorecida por la varita mágica de su hada madrina o podría decir  "¿padrino?".

Sigo pensando en la conjunción de sucesos y se me cruza una cita: "En el futuro se refleja el pasado hecho presente", y nunca tan cierto, afirmo. 

Intento dejar de volar a mis 23 años, pero es imposible, no puedo  borrar el sabor del té de frutas. La curiosidad que sentía en aquel entonces se apodera de nuevo de mí; y otra vez quiero preguntarte cómo fue tu vida, y qué fue de ti en todo este tiempo.

Mientras hablábamos por teléfono, te confesé que me moría por saber "ciertas" cosas.  Entre risas y alegrías me dijiste que me contarías todo con lujo de detalles.

Luego, quisiste saber si yo seguía igual. ¿Igual, cómo? te pregunté. "Igual" repetiste sin aclarar nada.

"Sí, igual", contesté sin saber exactamente a qué te referías. "Igual que siempre", remarqué.

!Qué bueno! susurraste a la distancia.

Entonces nos vemos pronto, acordamos. Más pronto de lo que alguna vez pensamos. Corté contigo, e hice  memoria: nos vi otra vez  con 22 años, mirando las estrellas, contemplándonos extrañados, maravillados, inmersos en un mundo en el que todo era posible, aprendiendo a ver la vida de otra manera, menos prejuiciosos, más libres.

Ahora dudo si sigo igual. Qué era tu "igual". Y si tu amiga ya no es "igual" ¿te decepcionarás?. ¿Estoy igual para mejor o peor?.

"Igual", repito en voz alta. La misma que conociste aquella tarde de otoño, a la que no le hablaste y te dedicaste a observar como quien mira un cachorrito.

"Igual", exactamente la misma que cantaba en tu auto como una loca: "me gustan los aviones, me gustas tu. Me gusta viajar, me gustas tu. Me gusta la mañana, me gustas tu. Me gusta el viento, me gustas tu. Me gusta soñar, me gustas tu. Me gusta la mar, me gustas tu." y coreaba, frenética: "Que voy a hacer, je ne sais pas. Que voy a hacer, je ne sais plus.Que voy a hacer, je suis perdu.Que horas son, mi corazón."

Ahora sólo espero que me encuentres "igual", y encontrarte yo también "igual", con la misma pureza de siempre, con tu inocencia, con tus locas ideas para alegrarme la vida, con esa forma de hablar tan particular.

"Igual", espero de todo corazón que nuestro cariño siga "Igual".











viernes, 20 de agosto de 2010

De la fatalidad de un "viernes 13" a la fatalidad de "tener pareja"


El fin de semana pasado fue realmente diferente. Tras empezar mal el bendito viernes trece, sobre el cual no guardaba ningún reparo, excepto, hasta ése, en el cual empecé un día funesto.

Más cosas malas no me pudieron haber pasado, bueno, supongo que sí, pudo haber peores, pero eso no quita que fuera un día para el olvido. Para empezar, me dejaron sin luz porque el anterior inquilino había dado de baja la titularidad, o sea que me quedé en tinieblas en pleno día. Con el contrato de alquiler en mano y mi mejor voluntad de subsanar el error, (mío, claro) me dirigí a la oficina de Edelap para pedir el servicio a mi nombre, pero cuando terminé de hacer el trámite, me informaron que recién me reconectarían la prestación dentro de los cinco días hábiles, a partir del pedido. Lo que indicaba que me pasaría el fin de semana largo sumida en la más completa oscuridad.

Volví a mi nuevo hogar un tanto malhumorada por la novedad, pero encontré al encargado de mi edificio predispuesto a ayudarme, y a conectarme provisoriamente con la luz del pasillo. Agradecida por su buena voluntad, respiré un tanto aliviada; la idea de pasarla con una velita no era muy de mi agrado, claro está.

Una vez “iluminada” mi casa, me dispuse a mirar tele, ahí fue cuando descubrí que ya no tenía señal de cable tampoco. Indignada por no haberlo previsto antes, despotriqué contra el anterior "amo y señor" de mi nuevo aposento. Tras respirar profundo e intentado obedecer al dicho de “a mal tiempo buena cara”, traté de verle el lado “positivo” al asunto y a agradecer que al menos el gas, siguiera estando presente en mi vivienda. “Si cortan eso, cartón lleno”, pensé.  Al ver la hora me tranquilicé, calculé que ya no aparecería ningún siniestro empleado con sus tenazas, dispuesto a bloquear el fluido elemental en invierno.

Esperé a que la noche llegara y acabara de una buena vez con el afamado viernes trece, pero como la psicosis había empezado a hacer estragos en mí, descubrí que me faltaban un par de cosas y me puse histérica pensando que en mi distracción, había descuidado la mudanza y me habían robado. Respiré hondo y me llamé a la calma. ¡¿Qué más podía pasarme el viernes trece?¡. Ya no quería recordarlo más. Me acosté y dejé que mis pensamientos fluyeran por caminos más agradables hasta que me dormí.

El sábado ya fue otra cosa, me dediqué a instalarme plácidamente en mi nueva casa y pese al cablerío circundante (para paliar la falta de energía), decidí no pensar más en el asunto. A la tarde, fui al cumpleaños de mi otrora compañera de vivienda, a quien encontré apesadumbrada ante la posibilidad de irse a vivir con su novio.

Me sorprendió su actitud, suponía que irse a vivir con la persona que uno ama debía ser un gran momento; pero para ella, parecía una verdadera condena.

A lo mejor yo soy demasiado idealista y creo que si uno está bien con su pareja, ese momento, por más miedos que implique, se vive con ilusión. Claro que luego empecé a observar ciertos detalles: cumplir 38 años, de los cuales pasaste tu vida siempre sola, decidiendo a diestra y siniestra sin rendirle cuentas a nadie, a de pronto tener que dejar tu espacio, para sumarte al de otro, que por más amor que haya, tiene su mundo; debe ser un poco intimidante.

Lo cierto es que mi amiga, cada día pone más excusas para no irse a vivir con su amado, pero también, sabe, que tras diez años de relación si no se va a vivir con él, la historia que vinieron escribiendo hace dos lustros, se acaba. Me dejó un tanto desconcertada que tuviera tantas dudas. Su rostro parecía la cara de quien va camino al patíbulo, estaba delgada y demacrada; ya ni siquiera el exceso de maquillaje, que siempre lleva puesto, disimulaba sus ojeras y su miedo. No sé porqué me la imaginé con unas esposas en las manos y atada a la pata de la cama, presa en una pequeña jaula. Supongo que fueron la sumatoria de sus expresiones.

Después de hablar con ella y de escuchar todas las quejas que me dio de su antes “príncipe azul”, me hizo sentir “agradecida” de no estar en su lugar, de haberme mudado sola, de no tener pareja, de no tener que cambiar mi vida en pos de nadie, de no tener que teñirme el pelo a gusto de un hombre, de dormir del lado de la cama que me plazca, de que la música de mi compu me represente sólo a mí, de poder ir de bares y de coquetear con descaro con quien quiera y cuando quiera. En síntesis, en dos segundos me volví el ícono del egoísmo en persona.

Ahora, mientras escribo me preguntó: ¿Será tan así? ¿Generará tantos miedos embarcarse en la aventura de formar una familia? Confieso que cuando estuve en su lugar no lo dudé; pero, claro tenía 27 años y mucho menos experiencia. Me sentía feliz de por fin poder pasar más tiempo con él, de despertar cada mañana a su lado. De saber que, pese a que no me gusta el fútbol, tras sus rabietas con el equipo de sus amores, su corazón era sólo mío.

Si estuviera otra vez parada en el mismo punto no sé cómo lo vería ahora. Creo que sigo siendo la misma ilusa de siempre, pero con un poco más de “reparos”. Y supongo que cuando llegue el momento, cuando encuentre a alguien que otra vez me haga soñar con tan sólo mirarme, estaré dispuesta a darle la mano y a bajar la persiana de mi  hogar de soltera. Por lo pronto, brindo por seguir disfrutando de mi soledad.

viernes, 13 de agosto de 2010

Ya no quiero despertar así...


Esta mañana me desperté llorando. Hace mucho que algo así no me ocurría. Lo peor es que tengo tu imagen grabada en mi memoría. Te vi con el pelo revuelto, los ojos irritados, como si hubieras llorado, y tu frase reclamándome: "nunca me buscaste, no me escribiste. Nunca admitiste nada".

"Sí lo hice" te grité en mis sueños, "vos no respondiste cuando te llamé", te dije y de pronto me desperté con el rostro cubierto de lágrimas y un nudo en el pecho que terminó en mi garganta, para continuar llorando por un rato, y ya despierta repetirte: "si te busqué, sólo que tú no querías que te encontrara".

Me sorprendió soñarte después de tanto tiempo. Me asustó la sensación de dolor que me dejó volver a verte. Estaba casi convencida que lo nuestro, que nunca existió, había quedado sepultado.

Qué manera de reaparecer tuviste. Si te hubiera cruzado en la calle el impacto hubiese sido menor. Pero no, tenías que volver entre mis sueños.

¿Y si te digo que aún dueles?, y ¿si te admito lo que jamás admitiría en tu presencia?, y ¿si pronuncio las palabras que nunca nos dijimos?....

Quizás un año sea mucho tiempo. Luego de soñarte saqué la cuenta y fue en agosto del 2009, la última vez que nos vimos.  Esa tarde al despedirte me pellizcaste  ahí, donde la espalda pierde el nombre, y guiñándome un ojo me dijiste "pórtate bien, lechoncita". Me reí por tu atrevimiento  y te largué mi acostumbrado: "sos un tarado". No sabía que esa sería la última vez que te vería.

Hoy recuerdo lo que nunca fuimos, lo que jamás seremos. Ni tú, ni yo admitiremos lo que por esos días sentimos.  

Nuestra última charla fue extraña. Nos peleamos como novios, siendo sólo amigos. Nos cuestionamos cosas incuestionables. Me preguntaste algo y mi respuesta fue bajar la mirada. Cuando por fin me atreví a decirte la verdad, me dijiste   que era una locura, que mejor olvidarnos de la confusión que teníamos. Asentí. Te di la razón. Nos quedamos en silencio. Me llevaste a mi casa. Nos despedimos como siempre. Te vi partir de mi vida sin decirte adiós.

Un año después mi inconsciente me juega esta mala pasada. Pienso en vos y se me nubla la vista. Recuerdo todos las cafés que te preparé, las veces que corrimos como locos en estas calles vacías, las paltas que sacamos de Parque Pereyra, los apodos que nos pusimos, los defectos que nos encontramos. ¿Cuándo fue que nos con confundimos? ¿Cuándo viste  en mí a la mujer? ¿En qué momento descubrí que tenías todo aquello que buscaba? Malditas vueltas de la vida, el  habernos olvidado que éramos amigos.



Pd.(Como aclara mi querido amigo lector Antonio, este relato fue escrito en diez minutos, 15 segundos  y toda una mañana de reflexión.)

domingo, 1 de agosto de 2010

Nostalgia


Hoy no tenía muchas ganas de escribir. Estuve leyendo varias historias que tengo para subir al blog, pero no sé si será mi estado de ánimo o el bendito frío, que no me decidí por ninguna. Lo único que se me ocurrió, en esta tarde soleada de invierno, fue sentarme en la notebook y volcar lo primero que se me viniera a la mente.

No estoy triste, pero tampoco alegre, ni siquiera en mi forma de ser habitual. Quizás sienta un poco de nostalgia. Tampoco se bien qué me puso melancólica. Sin saber cómo, empecé a tararear “aunque tú no lo sepas, nos decíamos tanto, con las manos tan llenas, cada días más flacos, inventamos mareas, tripulábamos barcos, encendía con besos el mar de tus labios y toda tu escalera...”.

Supongo que todos tenemos días en los que deseamos estar bien con alguien. Esos, en los que no nos importa tanto si tenemos los bolsillos llenos, si la vida avanza como queremos, o si vamos en la dirección indicada y hacia algún lugar.

Es una tarde hermosa de invierno, con un sol radiante que engaña a los confiados. El cielo azul, tal como me gusta. Pero hoy no me alcanza. Extraño las tardes de lluvia, acurrucada entre tus piernas, mirando alguna película, en la que no importaba tanto la trama sino el sentir tus dedos entrelazados con los míos. Ahora sé porqué nunca recuerdo los finales. Mi memoria sólo está llena de besos.

Extraño el éxtasis de sentirte feliz. Tus tontas manías. Nuestras conversaciones absurdas y tus vanos intentos por bailar con ritmo.

Esta tarde es de nostalgia. Supongo que el frío ayuda. Además, Sabina, siempre oportuno, apareció para recordarme: “yo no quiero un amor civilizado, con recibos y escenas del sofá. Yo no quiero comerme una manzana dos veces por semana sin ganas de comer”. Y me dejó más triste que antes, pero con la certeza de saber qué es lo que busco.

Como siempre, intento hallarle una explicación racional a mi locura temporal. Entonces diagnostico que quizás sean los cambios que estoy haciendo en mi vida, los que me generan este extraño estado; los que me hacen recorrer otros caminos. No menos locos, sí más radicales.

Y juro y perjuro que ya nada me toca, pero tampoco es cierto del todo. Me quedo atrapada en la duda. Parada en el umbral de los saludos cortos y los adioses largos.

Otra vez, nada me ata. “Buen comienzo”, diría mi abuelo, “eres posibilidad pura”. Pero él ya no está, y yo sigo poniéndole palabras en su boca.

“Volverás a reírte de veraz, si te quedas conmigo”, promete una voz.

“Llévame, llévame, llévame”, le digo yo sin decirlo.

“Ya es hora de volver a viajar”, decido.

Esta semana empiezo con mi nueva vida y mis viejos defectos. Espero que sea una buena simbiosis y que desde mi ventana, con vista a la Legislatura, pueda seguir haciendo catarsis con este blog.