Esta mañana de sábado, mientras me disponía a bañarme luego de un reparador sueño, sonó inusualmente el teléfono. Y digo “inusualmente”, porque en general no recibo llamados un fin de semana durante las 10 de la “mattina”. Miré el celular, tratando de identificar el número y ahí estaba mi querido amigo a la distancia, haciendo su aparición.
"Hola”, le dije; mientras él, tímidamente me preguntó: “¿te desperté?”.
“No”, le contesté, “ya estoy levantada y por ir a darme una ducha, y ¿vos?".
“Yo aún en la cama”, dijo y, luego agregó: “me quedé pensando en lo que hablamos anoche sobre los signos, y hoy me desperté intrigado por un sueño que tuve”.
Lo interrogué sobre su más reciente sueño, y me dijo: “nada extraño, sólo soñé con mis primos, pero aún éramos adolescentes y estábamos en el auto escuchando música”, se rió y añadió: “creo que estoy soñando mucho últimamente”; a lo que pícaramente, acoté: “sí, pero siempre soñás con tipos”.
Mi amigó largó una sonora carcajada y aclaró: “no, no, esta vez había una chica, amiga de mis primos, a la que no veo hace mucho”. Con doble intención objeté: “menos mal, ya estaba empezando a sospechar que eras raro”.
Sin prestar demasiada atención a mi malicioso comentario, me espetó burlón: “y vos, con tanto que lees de signos y esas cosas, ¿no tendrás un librito de interpretación de sueños?”. Más picada aún por su sarcasmo, le contesté que “ese libro se lo debía”, pero que si quería le leía el significado de su nombre porque ese texto sí lo tenía.
Se rió nuevamente, e incrédulo me soltó: “a ver léemelo, ya me intrigaste, qué dice sobre mí tu libro”. Busqué entre mis cosas, y ahí estaba mi compendio de nombres, lo ojeé rápido y encontré el suyo. Se lo leí, y otra vez entre carcajadas, sólo atino a decirme: “te pasaste. Qué cajita de monerías que sos”.
Divertida, le contesté: “mientras me digas cajita de monerías y no mona, todo bien”.
Entonces me llamó como habitualmente me dice cuando quiere molestarme: “’mujer casada’, usted sí que me hace reír; lástima que tiene ese ‘defecto’”, a lo que retribuí con mi acostumbrado: “hombre soltero, algún defectito tenía que tener, ¿no? Además, es inexacto, en todo caso seré ‘mujer separada’”. “Perdón, obviamente, ‘separada’, no todo podía ser perfecto”, contestó mi peleador amigo.
Luego de un breve silencio, retomamos el tema de los signos y me comentó que no se fue muy convencido a dormir anoche, cuando le dije que Leo y Capricornio no eran una dupla “aconsejable” según lo vaticinios. Aunque la frase que más resonaba en su mente era: “tras las grandes discusiones habrán lujuriosas reconciliaciones”, eso sí que le resultaba sumamente interesante de “profundizar más, con una chica de Leo”, como yo. Me reí por su sinceridad, y le argumenté: “sí, pero antes de eso tendríamos que pelearnos furibundos y quién sabe si te perdone. Por lo tanto, medio absurdo que te esperances en las reconciliaciones”, le dije.
Fue entonces cuando mi amigo me confesó: “tenés un plus sobre el resto de las chicas, conmigo”; algo sorprendida le dije: “será que estoy media loca y nunca te cruzaste con alguien así”.
Se sonrió levemente y agregó: “Estás más cuerda que muchas. He tenido a mi lado mujeres muy lindas e inteligentes, pero vos me sorprendés. Esa sarta de rarezas y tus ‘saberes’ sobre horóscopos, Literatura y demás cosas, me encanta”, me quedé en silencio y fue de nuevo él quien habló: “qué estarás pensando ahora, con ese cerebrito malicioso. Seguro que con qué huecas habré estado ¿no?”. Le contesté con un “no”; no era eso en lo que pensaba exactamente, sino más bien en cómo nos habíamos hecho amigos él y yo.
Se lo dije, y entonces ambos rememoramos el “fatal día”, como a veces le decimos a modo de broma, en que una amiga en común nos presentó.
“Quién me iba a decir que terminaría llamando casi a diario a la amiga de mi amiga –se lamentó, histriónico - Sí sólo fui a aquel lugar donde ustedes estaban por curiosidad” y agregó: “recuerdo que te vi de espalda, era verano y tenías puesta una remera blanca sin hombros”. “Un strapless blanco”, interrumpí. “Bueno sí,- se corrigió mi amigo- un strapless. Por tu cara, me pareciste tranquila; sentí que estabas algo nerviosa, pero mantuviste la charla amena” y agregó descostillado de la risa: “tremenda mujer resultaste, con esa carita de niña buena, y tus conocimientos sobre las veinte formas de besar y demás temitas que a veces hablamos….” no completó la frase.
Me reí y añadí: “así soy yo, pero las veinte formas de besar, te aclaro, no son mías, simplemente fue un comentario a tu pregunta de cómo me gustaban los besos y te dije que había muchas formas de hacerlo”. Entonces, mi amigo aprovechó y remarcó:”ya te dije que yo sólo conozco una forma, así que quiero aprender las otras 19 que me faltan”.
A modo de sorna le contesté: “perfecto, yo te doy la teoría y vos buscás con quien hacer la parte práctica”. Se sonrió socarronamente y me increpó: “siempre te escapás, ¡¡eh!!”.
A mi turno le confesé que el día que nos presentaron estaba terriblemente cansada, y que reparé en pocas cosas de él. Lo más llamativo al verlo fue su altura, me agradó que se tuviera que agachar bastante para saludarme. Luego me impactó su perfume (sí, confieso tener un fetiche con los perfumes, particularidad fomentada a temprana edad por mi adorado padre), después, al observarlo más detenidamente me agradó su manera de sonreír y su sinceridad para decir las cosas más urticantes.
Para ser francos ninguno de los dos le dio mayor relevancia al encuentro. “Un chico atractivo”, lo califiqué yo; “una mujer bonita”, evaluó él. “¿Cómo fue que empezamos a hacernos amigos?”, nos preguntamos al unísono por el teléfono.
“Creo que te agregué al msn y empezamos a hablar un mes después”, me recordó él. “Sí, es cierto”, le contesté.
“Pero como siento que le quita un montón de matices y que se escapan muchísimos detalles a ese tipo de charlas preferí empezar a llamarte”, mencionó mi amigo.
"Sí, y así es que ya llevamos más de un mes de conversaciones nocturnas confesionales”, afirmé.
Y agregué: “Sí, tanto hablamos que nos vamos a dormir juntos casi a diario” (no de manera literal, obvio, él en su cama y yo en la mía). Jocoso, mi amigo se río más fuerte y observó:”y… suena raro, ¿no?”.
“¡Qué gracioso!”, lo reté.
Cuando ya estábamos por cortar, mi amigo se quejó: “lástima que estemos un poco lejos. Si no te pasaba a buscar en el auto y te llevaba a la playa a mirar el mar y a burlarnos del mundo”.
“Me encantaría” le contesté. Secretamente me imaginé en la costa, arropada hasta las orejas, contemplando el horizonte y muerta de risa con el ‘hombre soltero’, a quién visualicé despeinado por el viento y contándome, desencajado, sus ‘temibles aventuras’.
Antes de colgar le ofrecí escribir su biografía o “memorias de un hombre soltero” (título que le di a su historia), se descostilló nuevamente de risa y me dijo: “te tomo la palabra. Vas a escribir mis memorias porque yo no soy bueno para eso; y es más, te confieso que no soy apegado a leer mucho, pero desde que hablamos he empezado a leer un poco más. Tengo impresos tus posts del blog y a veces los leo en la cama para compartir tus aventuras”.
“Gracias”, le contesté, halagada hasta la médula. “Que alguien que apenas me conoce se tome el trabajo de leerme, es mucho mérito”, pensé.
Tras cortar la comunicación me quedé pensando en el hombre soltero, hombre de Ciencias, por cierto, que nada tiene que ver con mi intrincado mundo de letras, de búsquedas esotéricas y de verdades inobjetables.
Me agradan sus verdades sin medias tintas, su forma de decir las cosas más difíciles como si contara un cuento. Sus confesiones de hombre, sin tapujos, aceptando que muchas veces lo pudieron más un par de tetas y un buen culo, que una gran “mina” intelectual; pero como él dice: “son cosas para pasar el rato”.
Me causa gracia también su defensa enfervorizada de su soltería. “Tengo amigos y de diez, sólo tres se casaron realmente enamorados”, argumenta; e inteligentemente acota: “para qué me voy a casar. ¿Con quién?, ¿con lo que me toca?, como dicen algunos. ‘Es lo que había’”. “Nooo, yo quiero elegir…. Y si no me toca nunca, seré el eterno soltero”, remata. “Bravo”, parezco decir yo, en un simulado aplauso, mientras lo escucho. Admiro su valor para decirme eso a la cara y no hacerme el verso del hombre enamorado, que quiere casarse.
Mientras me cuenta su vida y yo la mía, ambos volvemos a tener 16; y aunque a veces discrepamos sobre algunos temas (más de una vez nos hemos ido a dormir enojados) en los que yo pienso muy racionalmente las cosas y él es un loco aventurero, nos encanta conversar.
Hace mucho que no me encontraba a un amigo así y siento que hallé algo invaluable. En el lugar menos pensado, con una persona inesperada. El amigo de mi amiga, es hoy mi amigo.