viernes, 31 de diciembre de 2010

Bienvenido 2011!!!



Faltan pocas horas para que se termine este 2010 y no quería dejar de pasar por este lugar que me ha traído tantas satisfacciones. Este blog me ha servido de desahogo en momentos en los que  me sentía superada por innumerables situaciones; también, me ha brindado nuevas amistades y ha permitido que a quienes ya conocía de antes, les devele un poco más la locura que llevo dentro.

Mi balance esta vez es positivo y  tengo saldo a mi favor. Quién diría que un año que empezó confuso terminó siendo uno de los mejores de mi vida. Para quienes esperen que relate  grandes sucesos les digo que no, no fueron cambios espectaculares: este año no me casé,  no me recibí, no conseguí el trabajo de mis sueños, no me gané la lotería ni mucho menos. Quizás simplemente aprendí a disfrutar de pequeñas  grandes cosas: de  tener a mi familia con vida (aunque muy lejos físicamente algunos); de los amigos que tengo, que aunque ya no nos vemos tan seguido siguen siendo importantes para mí;  de haber dejado un buen recuerdo en aquellos que en  algún momento fueron protagonistas de mi historia y de aceptar por fin, que cuando algo se acaba  es porque otro comienzo es posible. La vida es un ciclo y hay que aprender a disfrutarla.

Esta noche estarán en mi memoria el día en que me mudé a mi nueva casa, el fin de semana largo en tinieblas que pasé por "ciertos problemas técnicos" (no había cambiado la titularidad de la luz y me dejaron sin servicio), los días de incertidumbre por temor a no poder pagar mis cuentas (esos siguen jajaja pero ya me estoy acomodando); la noche fría en la que cierto personaje irrumpió en mi pantalla y varios días después en mi camino (algunas personas son tan insoportables que uno no puede más que adorarlas y eso es lo que siento ) ; la tarde que mentí con razón justificada y que luego desmentí por razones aún más justificables  (esa no se las conté en el blog porque me da verguenza pero fue el  momento  más incómodo del año y creo que de mi vida).

Fueron muchas las cosas buenas para citarlas ahora y si bien me quedaron en el tintero otras tantas que me hubieran gustado  experimentar,   el año culmina con más satisfacciones que disgustos. Deseo que este 2011 me permita concretar muchos de mis planes, que  mi capacidad de soñar siga intacta (se había tomado vacaciones la muy guacha) y  que el  barajar de nuevo las cartas y jugarle una nueva partida a la vida sea posible.

Feliz año para todos!!!  Brindo a tu salud!

sábado, 18 de diciembre de 2010

Intentando descifrar....



Tengo llena de caricias la piel, pero plagada de laceraciones el alma.
Sigo persiguiendo sueños, pero la realidad sigue dándome cachetadas.
Pretendo olvidar que tengo corazón, pero éste sigue latiendo.
Si pudiera borrar algunos errores, pero sólo puedo cargar con ellos.
Si entendiera la palabra "perdón", quizás podría seguir avanzando.

Para quienes tienen clavadas algunas espinas, para quienes entienden de qué estoy hablando.
Para dejar atrás lo que no tiene solución.  Para quienes aceptan que el bien y el mal subyace en todos. Para quienes quieren seguir soñando.....

miércoles, 10 de noviembre de 2010

¿Y ahora?


Mi vida sufrió un cimbronazo en estos días. Supongo que para muchos una noticia de este tenor no significaría nada, más que dicha; pero para mí, enterarme de  que mi compañero de aventuras infantiles, mi coequiper en las travesuras en casa de nuestros abuelos, mi primito favorito, va a ser papá puso a mil mi cabeza. No es que no me alegre, pero la noticia me cayó como un baldazo de agua fría.

En primer lugar, sabía que mi primo andaba flirteando por ahí con una damisela, pero al no haberme contado nada de su relación, supuse que sería como otras tantas veces, una relación intrascendente. Segundo, teníamos un pacto implícito de que como en nuestra familia abundan los solterones, quizás repetiríamos la dupla formada por la querida  y feliz tía Naty y el ahora, descarado y  atrevido tío Willy, más conocido como el “Doctorcito”.

El asunto es que si bien este verano charlamos sobre conformar una familia, ambos llegamos a la conclusión de que por ahora estaba muy lejos en nuestros planes. Tanto él como yo, estábamos centrados en avanzar en nuestras carreras y obtener mayor rédito económico, para prodigarnos sendos viajes por el extenso mundo. Recuerdo claramente la noche del verano pasado, en la  que chocamos alegremente  nuestros vasos de cerveza y brindamos en pos de una soltería a pleno.

Pero ahora, de buenas a primeras me entero que mi “hermano” de parrandas me abandona. Lo primero que pienso es que ya no tendré con quien hablar  en esas noches plagadas de temas desopilantes en las que debatíamos sobre  la inmortalidad del mosquito o recordábamos “amores” de nuestra adolescencia, para terminar dándonos consuelo mutuo de que para nuestra edad, aún estábamos muy bien. (Mentira de primos supongo)

De pronto hablo con él  por el MSN y lo encuentro embriagado de amor y felicidad; mientras yo, un poco más y destilo bilis, pensando en con quién voy a hablar de vieja cuando quede solterona.  Pero la vida es así,  en menos que canta un gallo, el galán codiciado se sale del ruedo y decide formar una familia.

Quizás sea como me dijo un amigo: “el asuntito de tu primo es que te hace ver que se te está pasando el tiempo y que las cosas van cambiando. Se te fue tu referente de la soltería y la banalidad. De golpe el muchacho te espeta en la cara que está “enamorado” y no sólo eso,  sino que será papá”.

Para mí  fue como verlo crecer de golpe; del chico coquetón y seductor surgió el hombre maduro y responsable, amoroso y dedicado a una sola mujer y soñando con una familia. No es que esté mal. Al contrario me alegro por él; pero aún estoy desconcertada. La noticia revolucionó mi cabecita y no termino de caer.

Adiós mundo efímero de las locuras. De ahora en más mi primo será “un señor” y me retrotraigo a todas esas imágenes de padres de antaño, protectores con sus vástagos y de cara con gesto adusto. El no encaja con eso registros de mi memoria. Mi primo es divertido, cariñoso y algo loco; ¿cómo es posible que ahora vaya a existir alguien que lo llame “papá”? ¿Cuándo cambió todo? ¿Cómo pasó?

El está que no cabe en su cuerpo de la felicidad y yo parezco una insensible, rara y extraña por no poder entender qué se siente. En un acto de confianza supremo le reclamo a mi primo por abandonarme en el duro apostolado de la soltería eterna. Él, pícaro se ríe y me sugiere con todo su locuacidad: “Jacquie, tú misma eres. En el momento menos pensado te pasa y vas a ver qué ilusión se siente”.

Más tensa me puso el asunto y pienso en que el tema “descendencia” me cuesta. Ya no sé si me falla el instinto maternal, si estoy deshumanizada, si me falta el gen “femenino” o qué “error” existe en mí. Pero por ahora, la idea de cambiar pañales y  cuidar a una personita hasta el fin de mis días, me resulta  aterrador y ajeno.

La vida por momentos transcurre demasiado rápido creo,  en seis meses le cambió la perspectiva a mi primo, mientras que en 31 años no  le pasó nada absolutamente movilizante;  y en un día me cambió el panorama a mí.  "Soy la mujer mayor de la familia con perspectivas de soledad gratamente alentadoras".

Mientras sigo pensando en un nombre para el futuro heredero de la familia,  le digo a mi primo que espero  que su bebé sea mujer para que le dé unos buenos dolores de cabeza (jajaja no puedo con mi sed de revancha), además, empiezo a creer que  mejor que me busque un perrito faldero para que me acompañe en mis noches de "solterona" próxima. 

Pd. Se aceptan sugerencias de cómo paliar el hastío. 
Agradece la Tía Jacquie ( En Perú se les denomina "tías" a las mujeres pasaditas en        edad para ser consideradas "solteras") 

jueves, 30 de septiembre de 2010

Ya casi lo olvidaba...


Hace unos días leí en un blog que sigo (Busco novia de Alfredo Rusca) un fragmento que me hizo caer en cuenta de qué era lo que quería la próxima vez que se me cruzara en el camino alguien que me gustase: “a la próxima chica con la que salga, la voy a llevar a comer hamburguesas al Bembos, esa será nuestra primera cita, después iremos a Camino Real, tal vez ella salga con una falda escocesa, mocasines y lleve las medias altas. Tal vez luzca una media cola y entienda de lo que estoy hablando. Y si todo sale bien en la primera cita, en la segunda iremos a bailar lentas y en la tercera buscaremos la película más romántica de la cartelera y en la última fila del cine, guarecidos de nuevo por la semioscuridad, con mucha cancha y sin vergüenza, nos pondremos a chapar como dos chibolos enamorados a los que no les importa el tiempo, ni la edad, ni el futuro, ni nada”. “Esos son los días que valen la pena; esos son los días que nunca terminan”.

Cuando llegué al final del post, me quedé absorta pensando cuándo había sido la última vez que me había permitido disfrutar de un momento así de simple y mágico. Me dí cuenta de que hace mucho no lo hacía. Las últimas relaciones que tuve fueron más bien extrañas, plagadas de momentos forzados y evaluadas a cada paso que daba. Disfrutar algo de esa forma resultaba imposible. Encima, con la pesada mochila de los errores pasados y los nuevos miedos, menos que menos tenía ganas de conocer a alguien.

Tampoco sabía si buscaba algo, o alguien. Simplemente quería soñar de nuevo y relajarme sin desesperar el paso.

Caí en la que cuenta en que anhelo, sí, que la próxima vez que se me cruce alguien que me importe, sentir esa tremenda libertad impune de enamorarme, sin pensar si la relación se encamina para algo serio, si el hombre en cuestión será el que me conviene o si definitivamente se quedará conmigo hasta el último de mis días.

Si eso pasara no quisiera hacerme ninguna de esas preguntas, ni que mi racionalidad aflore, metiendo sus narices en cuestiones en las que nada tiene que ver.

Me gustaría correr con alguien en una playa desierta y que entienda lo que siento cuando contemplo el mar en silencio. Quisiera que no le importe si estoy más gorda o más flaca, ni si mi pelo no está bien peinado a diario. Quisiera que no se asuste cuando me vea llorar y entienda que a veces necesito explotar. Quisiera un abrazo interminable, sin palabras para escuchar. Quisiera que las formalidades entre nosotros quedasen de lado, y que los tiempos fueran los nuestros y no el dictado de una sociedad. Quisiera ser yo, sin la necesidad de interpretar un personaje. Quisiera encontrar a mi cómplice en el juego de las miradas robadas. Quisiera el absurdo de estar enamorada.

Y si todo eso llegara, quisiera perder el miedo.

domingo, 12 de septiembre de 2010

El reencuentro...


Hace días que no escribía, creo que estaba esperando a que pasara algo que me sacara del letargo en el que había caído, tras un mes agotador como resultó ser agosto.

Septiembre estaba empezando sin muchas expectativas, salvo volver a ver a uno de los amigos más importantes que he tenido en mi vida, a quien no veía hace casi diez años. Nuestra amistad siempre fue extraña, no porque careciera de sinceridad sino por múltiples factores que nos acercaban/separaban. Desde habernos conocido de casualidad en la casa de mi amiga M., una tarde de otoño, en la que casi ni hablamos y en la que él se dedicó a mirarme como si yo fuera una cajita de cristal a punto de romperse, hasta habernos dejado de frecuentar por esas cosas que tiene el destino, de hacer que el trabajo y la familia nos llevaran por caminos diferentes.

Lo curioso es que en estos nueve años que no nos cruzamos, estuvimos muchas veces a punto de hacerlo, pero sacando cuentas, la vida se empeñaba en hacer que llegáramos por segundos, tarde, al mismo lugar. Así, por más que él trató infructuosamente de encontrarme durante todo este tiempo, nunca pudo hacerlo.

Por amigos en común se enteró que yo estaba de novia, y luego por mis tíos, que me había casado.  Yo de él, supe algunas cosas por mis amigas. Me enteré que se había mudado, después de mucho tiempo me contaron, además, que su padre había fallecido, dejándolo con una sensación de soledad incomparable. Años más tarde, me llegaron rumores de que estaba de novio, había conocido una buena chica y estaban conviviendo.

Éramos buenos amigos, pero supongo que quedamos en “amistad” por esas cuestiones “cobardes” que uno acarrea durante su vida. Nunca cruzamos el puente para cambiar el tipo de relación que teníamos. Recuerdo nuestras charlas en la puerta de mi casa, las vueltas en auto sin ir hacia ningún lado, cuando lo único que contaba era tener tiempo juntos para descubrirnos. Tampoco olvidé los jazmines que siempre me traía, ni lo extasiada que quedaba con el aroma de las delicadas flores. Las canciones “extrañas”, como las llamaba él, que yo cantaba como poseída, en su auto. Teníamos una amistad hermosa, inocente, pero cuestionada por mucha gente: éramos el agua y el aceite, en esa época, para todos nuestros conocidos.

Qué nos hizo ser amigos, jamás los sabremos. Qué nos hizo alejarnos, tampoco.

El tema es que este sábado me despertó su voz al otro lado del teléfono. Sabía que venía, es más, lo esperaba.

Apenas escuchó mi adormecido “hola”, me preguntó: “¿te desperté?”. “Sí”, respondí, sin tener tiempo para reflexionar y mentirle. “Perdoname”, me dijo. “Está bien, no hay problema”, remarqué.

Luego de pasarle mi dirección y de quedarme unos segundos en la cama pensando cuándo había sido la última que vez que nos habíamos visto, me inundó el ataque de coquetería y salí corriendo hacia el baño para arreglarme un poco. Me peiné como pude; esta vez mi pelo lacio no me obedeció e insistía en marcar una pequeña onda a la altura de mis orejas.

Miré mi rostro y estaba más pálido que nunca. Sabía que iba a recibir alguna broma debido a mi “blanca palidez”, siempre había sido un motivo para ser objeto de sus burlas. Me puse una remera negra ajustada y un jean azul gastado. No alcancé a ponerme las botas cuando sonó el timbre. Me asomé a la ventana y pude ver su sombra de un metro ochenta en la vereda. Bajé a abrirle sin pensar en cómo sería el momento de verlo. Preferí ni pensarlo. Las cortas escaleras se me hicieron eternas pese a que bajé corriendo. Abrí la puerta y ahí estaba con la misma expresión dulce en el rostro, sólo que esta vez llevaba anteojos. Nos abrazamos fuerte, de la misma forma que antes. Sentí que los diez años que nos separaban habían sido apenas diez días. Se apartó de mí y se dedicó a mirarme tal y como  lo hizo el día que nos conocimos, de nuevo sentí que me observaba con delicadeza, como buscando no quebrarme por la imprudencia. Rompió el encanto la voz de su primo Antonio, quien me dijo risueño “y para mí abrazo no hay; yo también no te veo hace diez años”. “Claro, Tony, contesté” y con un abrazo, menos sentido, los invité a pasar.

Una vez en mi departamento les ofrecí desayunar. Ambos prefirieron tomar unos mates.

Mientras preparaba las cosas para empezar a cebar los requeridos mates, mi amigo no se aguantó más y me dijo “estás igual. La misma cara de pendeja, pálida y con la boca roja”. Lo miré como descubierta, él nunca había hablado de mi boca en público y la única vez que había dicho algo de ella, había sido una confesión una noche en la que entre copas, me reveló que le gustaban mis labios. Según me explicó esa vez, le resultaba terriblemente atractivo que tuviera el labio inferior más grueso, y que  mantuviera los labios entreabiertos, algunas veces, sin darme cuenta.

Por eso, que mencionara mi boca así de una y delante de su primo Tony, me inquietó. Mi amigo continuó como si nada, y seguimos hablando de cómo nos había tratado la vida a los tres durante todo ese tiempo.

Tony, quien tenía 17 años en aquellos días, era ya un hombre de 27 años. No había cambiado tanto en su carácter, me lo demostró con sus continuos comentarios; tampoco se había inhibido con el tiempo. En un arranque de alegría se puso a bailar como lo hacíamos en esa época, cuando el grupo que éramos salía en busca de boliches. Mi amigo D y yo nos miramos cómplices, y soltamos una carcajada. No había duda, Antonio seguía siendo el mismo payaso de ojos verdes que tanto nos divertía.

Hablamos de nuestras vidas y mientras nos contábamos cosas, Tony, como siempre, me puso el dedo en la llaga. De repente me soltó: “vos te la perdiste, nunca le hiciste caso a mi primo. Al final, ¿te casaste con el rubio de la bicicleta?”. Nerviosa, le respondí que sí, que me había casado con el chico rubio.

“D” un tanto incómodo, aclaró: “bueno Tony, yo tampoco jamás le dije nada en serio a ella. Siempre fuimos amigos. Además, era lógico que se casara”. Antonio iba a abrir otra vez su bocota, pero “D” le hizo un gesto que logró que Tony se mordiera la lengua y simplemente mascullara: “yo sólo quería saber cómo habían sido las cosas”.

“No hay nada que saber Tony” agregué “D y yo siempre fuimos sólo amigos”.

El muchacho de los ojos verdes no contento con nuestras respuestas añadió: “sí, pero en esa época a mi me daba la impresión de que se gustaban. Ustedes digan lo que quieran, para mí fueron dos tontos”.

“D” lo miró serio y Tony ya no siguió con sus polémicas apreciaciones. Yo, en un ataque conciliador, sólo me reí y le dije: “éramos chicos, no sabíamos ni lo que sentíamos”.

Luego de que la charla volviera a su cauce normal quedamos en vernos para almorzar en el centro. “D” y Tony se fueron, y yo quedé llena de dudas.

Me acosté y las palabras de Tony resonaron con fuerza en el silencio.

Al mediodía, Tony, “D” y yo estábamos en el lugar acordado. Comimos felices, recordando viejas épocas. “D” mencionó que en ese entonces mi pelo estaba más claro  y bromeó con las canciones “raras” que yo le “obligaba” a escuchar y que encima “ladraba”, calificó. Me reí de sus recuerdos, y le dije que nunca olvidaba lo ordenado que era él, y como una vez me levantó en sus brazos para que no me mojara con la lluvia y se echó a correr conmigo a cuestas, ante mi cara de espanto.

“Sí, odias hacer el ridículo”, se sonrió D. No dije nada esa vez. Tras un almuerzo extenso y una sobremesa más larga aún, nos quedamos solos. Tony, se despidió para ir a ver a otros amigos.

“D” me miró y me dijo serio: “nos debemos una charla, ¿no?”, me reí y le dije: “creo que sí”.

“¿Fuiste feliz?” me preguntó. “Muy feliz, pero un buen día se acabó y acá estoy, otra vez sola", respondí.

“Y ¿vos? –añadí- ¿sos feliz con ella?”. “Mmm feliz, feliz, como lo que esperaba, no. Vivo bien, ella es buena persona. Pero no sé, por ejemplo, no queremos hijos porque no queremos atarnos, ni ella a mí ni yo a ella”.

Y agregó: “pero no se me ocurre separarme, me da miedo quedarme solo otra vez, sentirme débil, volver a estar como cuando me quedé sin nada, sin mi viejo, sin amigos, sin nada”.

Lo miré conmovida y le dije: “Te entiendo, D”.

“Uno es feliz como puede. Yo ahora soy feliz sola, con lo que tengo y me siento bien. Al rubio de la bicicleta aún lo veo y lo quiero un montón” mencioné “D” me interrumpió y agregó: “es un buen chico, pero justo apareció cuando yo te iba a invitar a salir, pero eso pasó hace muuucho tiempo. Mejor ni lo recuerdo”.

Después de contemplarnos como antes, quedamos en silencio. Tras largos minutos, “D” me dijo que era extraño lo que sentía por mí. Que después de tanto tiempo, “ciertas” cosas seguían intactas. Que no sabía qué nombre darle a lo que sentía ahora.

Lo miré a los ojos como buscando la respuesta y le dije que nunca supe qué fue lo que sentimos, por ende, mucho menos ahora, pero una cosa sí tenía claro y era que lo quería.

Me abrazó en un abrazo interminable, me miró a los ojos y me susurró “¿amigos, entonces?” “Sí, amigos” le dije.

Luego prometimos volver a vernos más seguido y no perder el contacto. Me confesó que le había alegrado verme y que esas horas juntos, habían sido como tener 20 otra vez. Que por un momento se olvidó de sus problemas de pareja, sus insatisfacciones cotidianas y todas las frustraciones que arrastraba. La tarde  sin dudas fue mágica para ambos. Yo jugué a hacerle gestos en la calle y él me persiguió como antes. Me sacó el broche del pelo como era su costumbre y olvidó lo que siempre le advertía, que no me gustaba que me acaricien las mejillas.

Tras todo eso llegó el momento de la despedida. D me besó en la frente, en el mentón y cuando se acercaba a mis labios, lo detuve. “Mejor quedarnos así”, le imploré.

“Claro”, me dijo, “eso nunca formó parte de nosotros”.

“D” se alejó de mi vista caminando despacio. Observé a la distancia su armonioso cuerpo: la espalda ancha, la cintura pequeña. Esas piernas largas, atléticas, que siempre admiré. Su pelo castaño, siempre bien peinado y su increíble perfume. Había olvidado casi que compartíamos la locura por los olores que nos resultaban deliciosos.

Ahora me siento triste, “D” siempre será mi amigo y supongo que nos veremos cada cierto tiempo; pero, las revelaciones de “sentimientos” a destiempo se han vuelto una constante que duele a partir de los 30. A veces pienso que preferiría no saber cuáles fueron los verdaderos sentimientos de esas personas y quedar en una nebulosa eterna. Si a los 20 no fuimos capaces de asumir lo que nos pasaba porqué aparecemos a los 30 confesando corazones rotos. ¿Es una especie de egoísmo liberador que padecen los que revelan sus secretos tras tantos años?

A mí no me liberó nada saberlo, sólo confirmó lo que ya sabía en ese entonces, que él y yo nunca estaremos juntos. Que seguimos siendo el agua y el aceite. Que el destino o como él quiera llamarlo, siempre nos aleja y que lo único perdurable y valioso  hay entre nosotros se llama "amistad".

El siguiente video me recordó muchísimo a como éramos en esa época: http://www.youtube.com/watch?v=MSzXbBRHJrM&feature=related

domingo, 29 de agosto de 2010

"Igual"


Es un clásico domingo a la noche, de esos que a mis once años odiaba porque sabía que el lunes había de nuevo escuela; los mismos domingos que a los 16 amaba, exactamente por la misma razón (otra vez colegio y ver al chico que me tenía loca). Ahora los domingos tienen otro sabor. La inminencia del trabajo hasta me agrada, y digo "otra vez lunes", complacida.

Pero no era ni de los lunes ni de los domingos que quería hablar,  sólo que vinieron a mi mente cuando pensaba en ese pasado ya enterrado muchos años atrás y que se hizo presente trayéndome alegrías.

De pronto un mail inesperado, luego una llamada, y mil recuerdos inundando mi cabeza. El pasado surgió de la nada con pequeñas señales: el domingo pasado exactamente, vi a ciertas personas que me recordaron esa etapa de mi vida, pero le resté importancia. Luego llegó el mail. ¡Qué casualidad! pensé en ese momento. Luego el llamado para hablar sobre esa época.

Tras la emoción inicial, me quedé reflexionando como el pasado, el presente y el futuro se unen de forma tan clara algunas veces.

Eso trajo a mi mente otras enseñanzas que me repetía mi madre hasta el hartazgo: "Siembra para que algún día puedas cosechar" y  advertía luego: "pero asegúrate de que sean cosas buenas y de dejar un buen recuerdo para que puedas volver".  Si bien nunca analicé sus dichos a conciencia, creo que los apliqué la mayoría de veces.

Ahora, ese pasado plagado de historias increíbles vuelve; de pronto, otra vez siento que soy la cenicienta favorecida por la varita mágica de su hada madrina o podría decir  "¿padrino?".

Sigo pensando en la conjunción de sucesos y se me cruza una cita: "En el futuro se refleja el pasado hecho presente", y nunca tan cierto, afirmo. 

Intento dejar de volar a mis 23 años, pero es imposible, no puedo  borrar el sabor del té de frutas. La curiosidad que sentía en aquel entonces se apodera de nuevo de mí; y otra vez quiero preguntarte cómo fue tu vida, y qué fue de ti en todo este tiempo.

Mientras hablábamos por teléfono, te confesé que me moría por saber "ciertas" cosas.  Entre risas y alegrías me dijiste que me contarías todo con lujo de detalles.

Luego, quisiste saber si yo seguía igual. ¿Igual, cómo? te pregunté. "Igual" repetiste sin aclarar nada.

"Sí, igual", contesté sin saber exactamente a qué te referías. "Igual que siempre", remarqué.

!Qué bueno! susurraste a la distancia.

Entonces nos vemos pronto, acordamos. Más pronto de lo que alguna vez pensamos. Corté contigo, e hice  memoria: nos vi otra vez  con 22 años, mirando las estrellas, contemplándonos extrañados, maravillados, inmersos en un mundo en el que todo era posible, aprendiendo a ver la vida de otra manera, menos prejuiciosos, más libres.

Ahora dudo si sigo igual. Qué era tu "igual". Y si tu amiga ya no es "igual" ¿te decepcionarás?. ¿Estoy igual para mejor o peor?.

"Igual", repito en voz alta. La misma que conociste aquella tarde de otoño, a la que no le hablaste y te dedicaste a observar como quien mira un cachorrito.

"Igual", exactamente la misma que cantaba en tu auto como una loca: "me gustan los aviones, me gustas tu. Me gusta viajar, me gustas tu. Me gusta la mañana, me gustas tu. Me gusta el viento, me gustas tu. Me gusta soñar, me gustas tu. Me gusta la mar, me gustas tu." y coreaba, frenética: "Que voy a hacer, je ne sais pas. Que voy a hacer, je ne sais plus.Que voy a hacer, je suis perdu.Que horas son, mi corazón."

Ahora sólo espero que me encuentres "igual", y encontrarte yo también "igual", con la misma pureza de siempre, con tu inocencia, con tus locas ideas para alegrarme la vida, con esa forma de hablar tan particular.

"Igual", espero de todo corazón que nuestro cariño siga "Igual".











viernes, 20 de agosto de 2010

De la fatalidad de un "viernes 13" a la fatalidad de "tener pareja"


El fin de semana pasado fue realmente diferente. Tras empezar mal el bendito viernes trece, sobre el cual no guardaba ningún reparo, excepto, hasta ése, en el cual empecé un día funesto.

Más cosas malas no me pudieron haber pasado, bueno, supongo que sí, pudo haber peores, pero eso no quita que fuera un día para el olvido. Para empezar, me dejaron sin luz porque el anterior inquilino había dado de baja la titularidad, o sea que me quedé en tinieblas en pleno día. Con el contrato de alquiler en mano y mi mejor voluntad de subsanar el error, (mío, claro) me dirigí a la oficina de Edelap para pedir el servicio a mi nombre, pero cuando terminé de hacer el trámite, me informaron que recién me reconectarían la prestación dentro de los cinco días hábiles, a partir del pedido. Lo que indicaba que me pasaría el fin de semana largo sumida en la más completa oscuridad.

Volví a mi nuevo hogar un tanto malhumorada por la novedad, pero encontré al encargado de mi edificio predispuesto a ayudarme, y a conectarme provisoriamente con la luz del pasillo. Agradecida por su buena voluntad, respiré un tanto aliviada; la idea de pasarla con una velita no era muy de mi agrado, claro está.

Una vez “iluminada” mi casa, me dispuse a mirar tele, ahí fue cuando descubrí que ya no tenía señal de cable tampoco. Indignada por no haberlo previsto antes, despotriqué contra el anterior "amo y señor" de mi nuevo aposento. Tras respirar profundo e intentado obedecer al dicho de “a mal tiempo buena cara”, traté de verle el lado “positivo” al asunto y a agradecer que al menos el gas, siguiera estando presente en mi vivienda. “Si cortan eso, cartón lleno”, pensé.  Al ver la hora me tranquilicé, calculé que ya no aparecería ningún siniestro empleado con sus tenazas, dispuesto a bloquear el fluido elemental en invierno.

Esperé a que la noche llegara y acabara de una buena vez con el afamado viernes trece, pero como la psicosis había empezado a hacer estragos en mí, descubrí que me faltaban un par de cosas y me puse histérica pensando que en mi distracción, había descuidado la mudanza y me habían robado. Respiré hondo y me llamé a la calma. ¡¿Qué más podía pasarme el viernes trece?¡. Ya no quería recordarlo más. Me acosté y dejé que mis pensamientos fluyeran por caminos más agradables hasta que me dormí.

El sábado ya fue otra cosa, me dediqué a instalarme plácidamente en mi nueva casa y pese al cablerío circundante (para paliar la falta de energía), decidí no pensar más en el asunto. A la tarde, fui al cumpleaños de mi otrora compañera de vivienda, a quien encontré apesadumbrada ante la posibilidad de irse a vivir con su novio.

Me sorprendió su actitud, suponía que irse a vivir con la persona que uno ama debía ser un gran momento; pero para ella, parecía una verdadera condena.

A lo mejor yo soy demasiado idealista y creo que si uno está bien con su pareja, ese momento, por más miedos que implique, se vive con ilusión. Claro que luego empecé a observar ciertos detalles: cumplir 38 años, de los cuales pasaste tu vida siempre sola, decidiendo a diestra y siniestra sin rendirle cuentas a nadie, a de pronto tener que dejar tu espacio, para sumarte al de otro, que por más amor que haya, tiene su mundo; debe ser un poco intimidante.

Lo cierto es que mi amiga, cada día pone más excusas para no irse a vivir con su amado, pero también, sabe, que tras diez años de relación si no se va a vivir con él, la historia que vinieron escribiendo hace dos lustros, se acaba. Me dejó un tanto desconcertada que tuviera tantas dudas. Su rostro parecía la cara de quien va camino al patíbulo, estaba delgada y demacrada; ya ni siquiera el exceso de maquillaje, que siempre lleva puesto, disimulaba sus ojeras y su miedo. No sé porqué me la imaginé con unas esposas en las manos y atada a la pata de la cama, presa en una pequeña jaula. Supongo que fueron la sumatoria de sus expresiones.

Después de hablar con ella y de escuchar todas las quejas que me dio de su antes “príncipe azul”, me hizo sentir “agradecida” de no estar en su lugar, de haberme mudado sola, de no tener pareja, de no tener que cambiar mi vida en pos de nadie, de no tener que teñirme el pelo a gusto de un hombre, de dormir del lado de la cama que me plazca, de que la música de mi compu me represente sólo a mí, de poder ir de bares y de coquetear con descaro con quien quiera y cuando quiera. En síntesis, en dos segundos me volví el ícono del egoísmo en persona.

Ahora, mientras escribo me preguntó: ¿Será tan así? ¿Generará tantos miedos embarcarse en la aventura de formar una familia? Confieso que cuando estuve en su lugar no lo dudé; pero, claro tenía 27 años y mucho menos experiencia. Me sentía feliz de por fin poder pasar más tiempo con él, de despertar cada mañana a su lado. De saber que, pese a que no me gusta el fútbol, tras sus rabietas con el equipo de sus amores, su corazón era sólo mío.

Si estuviera otra vez parada en el mismo punto no sé cómo lo vería ahora. Creo que sigo siendo la misma ilusa de siempre, pero con un poco más de “reparos”. Y supongo que cuando llegue el momento, cuando encuentre a alguien que otra vez me haga soñar con tan sólo mirarme, estaré dispuesta a darle la mano y a bajar la persiana de mi  hogar de soltera. Por lo pronto, brindo por seguir disfrutando de mi soledad.

viernes, 13 de agosto de 2010

Ya no quiero despertar así...


Esta mañana me desperté llorando. Hace mucho que algo así no me ocurría. Lo peor es que tengo tu imagen grabada en mi memoría. Te vi con el pelo revuelto, los ojos irritados, como si hubieras llorado, y tu frase reclamándome: "nunca me buscaste, no me escribiste. Nunca admitiste nada".

"Sí lo hice" te grité en mis sueños, "vos no respondiste cuando te llamé", te dije y de pronto me desperté con el rostro cubierto de lágrimas y un nudo en el pecho que terminó en mi garganta, para continuar llorando por un rato, y ya despierta repetirte: "si te busqué, sólo que tú no querías que te encontrara".

Me sorprendió soñarte después de tanto tiempo. Me asustó la sensación de dolor que me dejó volver a verte. Estaba casi convencida que lo nuestro, que nunca existió, había quedado sepultado.

Qué manera de reaparecer tuviste. Si te hubiera cruzado en la calle el impacto hubiese sido menor. Pero no, tenías que volver entre mis sueños.

¿Y si te digo que aún dueles?, y ¿si te admito lo que jamás admitiría en tu presencia?, y ¿si pronuncio las palabras que nunca nos dijimos?....

Quizás un año sea mucho tiempo. Luego de soñarte saqué la cuenta y fue en agosto del 2009, la última vez que nos vimos.  Esa tarde al despedirte me pellizcaste  ahí, donde la espalda pierde el nombre, y guiñándome un ojo me dijiste "pórtate bien, lechoncita". Me reí por tu atrevimiento  y te largué mi acostumbrado: "sos un tarado". No sabía que esa sería la última vez que te vería.

Hoy recuerdo lo que nunca fuimos, lo que jamás seremos. Ni tú, ni yo admitiremos lo que por esos días sentimos.  

Nuestra última charla fue extraña. Nos peleamos como novios, siendo sólo amigos. Nos cuestionamos cosas incuestionables. Me preguntaste algo y mi respuesta fue bajar la mirada. Cuando por fin me atreví a decirte la verdad, me dijiste   que era una locura, que mejor olvidarnos de la confusión que teníamos. Asentí. Te di la razón. Nos quedamos en silencio. Me llevaste a mi casa. Nos despedimos como siempre. Te vi partir de mi vida sin decirte adiós.

Un año después mi inconsciente me juega esta mala pasada. Pienso en vos y se me nubla la vista. Recuerdo todos las cafés que te preparé, las veces que corrimos como locos en estas calles vacías, las paltas que sacamos de Parque Pereyra, los apodos que nos pusimos, los defectos que nos encontramos. ¿Cuándo fue que nos con confundimos? ¿Cuándo viste  en mí a la mujer? ¿En qué momento descubrí que tenías todo aquello que buscaba? Malditas vueltas de la vida, el  habernos olvidado que éramos amigos.



Pd.(Como aclara mi querido amigo lector Antonio, este relato fue escrito en diez minutos, 15 segundos  y toda una mañana de reflexión.)

domingo, 1 de agosto de 2010

Nostalgia


Hoy no tenía muchas ganas de escribir. Estuve leyendo varias historias que tengo para subir al blog, pero no sé si será mi estado de ánimo o el bendito frío, que no me decidí por ninguna. Lo único que se me ocurrió, en esta tarde soleada de invierno, fue sentarme en la notebook y volcar lo primero que se me viniera a la mente.

No estoy triste, pero tampoco alegre, ni siquiera en mi forma de ser habitual. Quizás sienta un poco de nostalgia. Tampoco se bien qué me puso melancólica. Sin saber cómo, empecé a tararear “aunque tú no lo sepas, nos decíamos tanto, con las manos tan llenas, cada días más flacos, inventamos mareas, tripulábamos barcos, encendía con besos el mar de tus labios y toda tu escalera...”.

Supongo que todos tenemos días en los que deseamos estar bien con alguien. Esos, en los que no nos importa tanto si tenemos los bolsillos llenos, si la vida avanza como queremos, o si vamos en la dirección indicada y hacia algún lugar.

Es una tarde hermosa de invierno, con un sol radiante que engaña a los confiados. El cielo azul, tal como me gusta. Pero hoy no me alcanza. Extraño las tardes de lluvia, acurrucada entre tus piernas, mirando alguna película, en la que no importaba tanto la trama sino el sentir tus dedos entrelazados con los míos. Ahora sé porqué nunca recuerdo los finales. Mi memoria sólo está llena de besos.

Extraño el éxtasis de sentirte feliz. Tus tontas manías. Nuestras conversaciones absurdas y tus vanos intentos por bailar con ritmo.

Esta tarde es de nostalgia. Supongo que el frío ayuda. Además, Sabina, siempre oportuno, apareció para recordarme: “yo no quiero un amor civilizado, con recibos y escenas del sofá. Yo no quiero comerme una manzana dos veces por semana sin ganas de comer”. Y me dejó más triste que antes, pero con la certeza de saber qué es lo que busco.

Como siempre, intento hallarle una explicación racional a mi locura temporal. Entonces diagnostico que quizás sean los cambios que estoy haciendo en mi vida, los que me generan este extraño estado; los que me hacen recorrer otros caminos. No menos locos, sí más radicales.

Y juro y perjuro que ya nada me toca, pero tampoco es cierto del todo. Me quedo atrapada en la duda. Parada en el umbral de los saludos cortos y los adioses largos.

Otra vez, nada me ata. “Buen comienzo”, diría mi abuelo, “eres posibilidad pura”. Pero él ya no está, y yo sigo poniéndole palabras en su boca.

“Volverás a reírte de veraz, si te quedas conmigo”, promete una voz.

“Llévame, llévame, llévame”, le digo yo sin decirlo.

“Ya es hora de volver a viajar”, decido.

Esta semana empiezo con mi nueva vida y mis viejos defectos. Espero que sea una buena simbiosis y que desde mi ventana, con vista a la Legislatura, pueda seguir haciendo catarsis con este blog.

martes, 20 de julio de 2010

Mi amigo Charlie Brown y la ley de atracción


Mis momentos creativos suelen ser cuando mi estado de ánimo es el peor de todos, generalmente cuando pasan esas cosas que te ponen el dedo en la llaga y te hacen sentir una existencia miserable. Sin embargo, pareciera que esa constante ha ido modificándose gradualmente. Debido a ello, esta vez escribo con el mejor estado mental posible, y no para quejarme de si Cupido se olvidó de mí, o si no logro olvidar a algún espécimen masculino que se cruzó en mi camino, sino para agradecer por la conjunción de cosas favorables que vienen pasando en mi vida.

Debo confesar que siempre me sentí una persona afortunada, tocada por la varita mágica de alguna hada madrina condescendiente, que nunca me abandonó, o protegida por el ángel de la Guarda, a la que mi abuela paterna me enseñó a rezar a los tres años.

Mi vida no ha sido sencilla, pero tampoco difícil. No podría quejarme, entonces, por las pocas veces que me han pasado cosas malas o tristes, tenían que existir para hacerme gozar realmente de los momentos memorables, como éste, en el que me siento favorecida por el universo entero.

El hecho es que, luego de una serie de afortunados sucesos, devenidos tras una furibunda pelea con alguien del pasado, la diosa fortuna ha vuelto a acompañarme. La noche de marras, fue una bofetada bien puesta que me hizo ponerle punto final a la tristeza.

De pronto, las cosas cambiaron inesperadamente de rumbo, aunque internamente ya venía gestando las ganas de trastocar mis movimientos, todo este conglomerado de “buenos momentos”, me trajo a la memoria la teoría de la ley de atracción, que tan fervientemente defendía mi estimado amigo, apodado Charlie Brown.

Mr. Charlie aducía que uno atraía todo aquello que estaba pensando, o anhelando, “tanto bueno como malo”, me advirtió más de una vez. Además, me decía que siendo positivo y valorando las pequeñas cosas, que uno generalmente tiende a dejar de lado, se generaban las condiciones para que cosas buenas sigan plagando nuestra existencia.

Recuerdo que en esos días yo no estaba muy predispuesta a creerle, aunque no podía negar que a él todo le salía bien. Su actitud siempre alegre y su voluntad por sacarle provecho a situaciones adversas, lo caracterizaban.

Cuando conocí a Charlie me contó de cómo la suerte lo había favorecido permitiéndole venirse a estudiar a La Plata. Él estudiaba Ingeniería electrónica en su Chile natal, pero como sus notas no eran las mejores y todo indicaba que perdería el año, decidió jugárselas pidiendo un traslado a la UBA.

Recién llegado a Buenos Aires se encontró con que sus planes no iban a poder concretarse, debido a que la UBA le exigía hacer el Ciclo Básico Común, y no le reconocía los tres años cursados en su universidad de origen. Un tanto desmoralizado, decidió probar suerte en la UNLP.

En la oficina del rectorado platense, una vez más, fue rechazado, le dijeron que a mitad de año no podía pedir un traslado y que, además, era probable que la mayoría de sus materias no fueran reconocidas.

Charlie Brown salió meditabundo al patio y allí empezó a conversar con un extraño de traje azul. Mi amigo le contó que era de Chile, que quería trasladarse a estudiar en La Plata pero que encontraba más barreras que oportunidades.

El desconocido le preguntó que estudiaba y cuál era su sueño. Charlie le dijo que cursaba el tercer año de Ingeniería electrónica pero que su sueño era ser Ingeniero Aeronáutico, pero que en su país, esa carrera no existía. Al extraño de traje azul se le iluminó el rostro y con una sonrisa y le dijo: “Charlie Brown, bienvenido a la facultad de Aeronáutica. Soy el decano y yo te hago los trámites para el traslado”. Mi amigo al principio descreyó de su suerte, pero poco a poco se fue convenciendo de que el misterioso señor era quien decía ser.

De esta forma, mi estimado amigo, logró su cometido y como si fuera poco, en la carrera que soñó toda su vida.

Ese fue el primer ejemplo sobre la ley de atracción que me dio Charlie, los otros, me tocó presenciarlos a mí como su amiga. A él, todo le salía bien, pero es que además, ciertamente te daban ganas de ser generoso con Charlie. Su sonrisa eterna, su picardía, su gracia para hablar, hacían de mi amigo la persona con quien seguro uno quería compartir muchos momentos.

Por un año y medio nos hicimos inseparables. Disfrutaba de verlo brillar y observar como toda su vida se iba acomodando según su gusto.

Charlie, como buen amigo, me reprendía por mi letargo. Me preguntaba una y mil veces qué me había pasado que me veía triste y mustia. Le conté a grandes rasgos mi historia, y tras un abrazo fuerte, me dijo que me quería muchísimo y que deseaba verme brillar con luz propia, y no recibiendo el fulgor de astros ajenos.

Le dije que en ese momento no me sentía muy afortunada, que la señorita sin fracasos que había sido, se había dado de bruces en el intento de constituir la pareja perfecta. Y ahí estaba yo, llena de golpes invisibles, con el alma herida y sin ganas de nada, excepto de que nada cambie.

Recuerdo que ese año prácticamente rogaba para que nada se modificase, ni para bien ni para mal, quería inmovilidad pura y sin ningún tipo de sentimientos que pudieran derrumbarme aún más.

Charlie me pedía a gritos que cambiara mi actitud, me decía constantemente: “lentejuela (como cariñosamente me llamaba) tú das para más. Sacúdete, deja el pasado atrás y vuela chiquilla, vuela”.

En esos días mi ánimo no era el mejor, pero refrescó la frasecita dicha por mí muchos años antes, cuando sostenía que: “unos nacen con estrella y otros estrellados. Yo nací con estrella” afirmaba.

El hecho es que ahora, todo ha empezado a cambiar en mi mundo, y principalmente yo. Si es la ley de atracción, explicada hasta el hartazgo mediante leyes físicas por Charlie, o si es la varita mágica o la diosa fortuna, no importa tanto, creo que es sobre todo “una cuestión de actitud”. Y hoy estoy dispuesta a cambiar.

He vuelto a ser la chica con estrella, a la que las fórmulas de la mala suerte, muy por el contrario, le traen cosas buenas.  La que va por la vida dispuesta a sorprenderse y a disfrutar del presente sin cuestionarse hacia dónde va.

Y pensar que todo eso vino en un gran paquete llamado “ilusión”. Una conocida me avisó que había encontrado el lugar ideal para que me mude, y hasta me ayudó con los trámites para alquilar mi nuevo departamento. De pronto varias puertas empezaron a abrirse ante mí. Sin pensarlo mucho, pero deseándolo fervorosamente, mi vida se ha empezado a acomodar.

Charlie Brown, donde quiera que estés, gracias por haberme acompañado en el momento más duro que me tocó vivir. Por retarme a diario, hoy tu amiga, “la chiquilla”, se está volviendo una mujer con luz propia.

Estoy por instalarme en mi nuevo hogar de soltera y es un hito en mi vida. Ley de atracción, ángel de la Guarda, el universo entero que conspira a mi favor, o simplemente Dios; me siento condenadamente feliz y agradecida.

martes, 13 de julio de 2010

Y Cupido faltó a la cita


Ya no sé si creer en Cupido, el pequeño dios del amor, quien con sus traviesas flechas irrumpe en la vida de los tristes mortales a brindarles supuestos sendos momentos de placer. Calculo que hoy en día sería la personalidad que más “demandas sufriría ante los tribunales del Desamor”.

Y es que esta supuesta Suprema Corte de Justicia, que debería existir para poner en su lugar al desaforado niño, que no para de hacer desastres y ocasionar estragos en más de una persona. Si no veamos cuántas parejas, además, han sido “creadas” por el perverso dios pagano, quien seguramente, también ha sucumbido a más de un soborno, al ser artífice de parejas tan disparejas como la de en su momento, fueran el príncipe Carlos y Diana Spencer, la del cantante Seal y Heidi Klum, o las más cercanas, Cristina y Néstor, y ni qué decir de la de Emilia Attias y el Turco Naim, para citar sólo algunas “sospechosas uniones”. No es por desmerecer a los muchachos, que no dudo posean algunos encantos más que ocultos, pero quién no se ha preguntando qué andaría haciendo Cupido al pegar eso flechazos o si no habrá recibido “alguna monumental coima” para gritar “Alcoyana, Alcoyana, se ha formado una pareja”.

Yo, por mi parte lo demandaría por unas cuantas jugarretas. En primer lugar, por los años que me tuvo mirando, descorazonada, a mi vecino de la adolescencia, quien a lo único que atinó fue a devolverme las libidinosas miradas cada vez que me cruzaba en su camino, pero de ahí a tener algún contacto face to face. ¡Jamás!.

Mi segunda denuncia en contra del “enternecedor alado” sería por hacerme enamorar de la persona equivocada aquella tarde de otoño, cuando sin querer me encontré bajo el embrujo de unos ojos verdes. Y cómo no enamorarse si el muchacho en cuestión era un calco de James Dean, lo peor, esa vez, el afamado Cupido nos flechó a los dos.

Todo hubiera sido felicidad si el infante, se hubiera percatado que con mis 22 años yo no sería capaz de soportar que mi “amado” tuviera ya un hijo con otra. Por más que intenté no me molestara, la insidiosa presencia de su ex novia, hizo que cada intento por estar juntos se convirtiera en una monumental aventura. Cansada de verter lágrimas y de encontronazos, preferí alejarme de esa persona a la que aún, hoy, recuerdo con gran ternura.

No contento con esa ocasión, Cupido, contrarrestando todos mis preceptos cometió la osadía de flecharme con un compañero de trabajo. Mientras empezaba en las lides del periodismo y temblaba ante cada marcha que me tocaba cubrir durante el 2001, mi blondo jefe de redacción me propinaba miradas de dudosa moral. En medio de “inocentes coqueteos”, y de coincidir en todas las fiestas posibles, terminamos rindiéndonos, una noche en la que ambos, orgullosos, concluimos en que pese al descalabro financiero del país, estábamos en el “mejor momento de nuestras vidas”. Así, y mediante un apasionado beso, cargado del deseo acumulado durante casi un año, empezamos la historia más larga que le debo al pequeño dios pagano, también llamado Eros.

Luego de ese largo paréntesis, en el que parecía Cupido por fin se había apiadado de mí, entró de nuevo en acción, una vez que esa historia acabó.

De esta forma el desacatado, me flecho una que otra vez con algún individuo no presentable, pero por suerte, parece que no tenía sus flechitas muy embebidas por el elixir del amor, puesto que fueron breves cimbronazos. Hasta podría perdonar al travieso niño por estos juegos, que a lo mejor fueron obra, no de sus antojadizos planes, sino más bien de la soledad y la libido acumulada.

Tras esos exabruptos, el maldecido celestino romano tuvo el tupé de hacerme bajar la guardia ante el mismísimo Satán, encarnado en un ser humano; así, casi me convertí en la Justine del afamado Marqués de Sade. Dónde habrá llegado el enhiesto Cupido, al ocurrírsele disparar sus flechas en esa pecaminosa dirección. Otra vez, lo llevaría a la Corte para que cumpla cadena perpetua por sus molestas ocurrencias.

Pero la última, y quizás la más detestable de todas sus jugarretas: ahora resulta que el niñito, ya no quiere prestarme sus favores y se viene negando a sacar su arco en los momentos en que lo necesito. De esta forma, el muy mezquino no acudió a mi última cita. Fuimos él y yo, y nos esquivó Cupido. Mientras compartíamos una velada increíblemente romántica, el malsano Eros, no causó ningún efecto en mí.

Confieso que lo buscaba entre la gente, trataba de sentir algún signo de su presencia: el revoloteo de sus alitas, ver sus rizos rubios descuidadamente asomados por algún rincón, sentir ese aroma que sabe a amor; pero nada. No apareció por más que lo llamé, insistentemente, con el pensamiento. Ahí estaba mi acompañante, morocho perfecto si los hay, con un físico capaz de partir la tierra, unos ojazos tremendamente seductores, y dueño de un encanto sin igual; pero para mi tremenda desdicha, el sueño de toda mujer, no me movió un pelo.

“¡Ay, Cupido!” Exclamé a solas. “¡Embustero!. ¡Maldito necio! ¿Por qué faltaste a la cita?”.

El muy terco ni siquiera se justificó, me pareció oír una risita a lo lejos, pero calculo que se debió a una alucinación o a algún vecino que se mofó de mis epítetos esa noche.

Como sea, Cupido se merece pasar varios años tras las rejas. No se le puede perdonar que cumpla mal su trabajo. Menos aún, que se presente borracho y a veces nos fleche con el mozo del bar, mientras estamos con un pretendiente en la mesa. Y obvio, que se declare en huelga y se dé el lujo de faltar a las citas, ya es el súmmum del maltrato.

Pero como aún no hay Corte que lo juzgue o a lo mejor hasta “aduzca” ser menor de edad (para evitar cumplir condena), el muy ladino, es más que probable que en estos momentos me esté sacando la lengua y haciendo burla por mis innumerables demandas archivadas.

Ya te veré maléfico mentiroso, cuando el mundo entero desconfíe de tus habilidades casamenteras y decidamos quitarte todos tus poderes. Será ahí cuando yo me ría de ti. El problema será que seguramente cambiaremos a Cupido por San Antonio, quien ya tiene mucho trabajo atrasado con eso de que lo paren de cabeza para buscarle novio a sus seguidoras. Y si no ¿qué nuevo dios nos inventaremos para culpar de nuestras “dudosas elecciones” a la hora del amor?

martes, 6 de julio de 2010

Mi amiga "L"


Mi amiga “L” ha sido quien más ha cambiado desde que tengo uso de razón. No sólo porque eligió el destino más impensado para su vida, sino porque siempre se encarga de sorprenderme.

Como si hubiese sido poco la noticia que tiró, como una bomba, el día que nos anunció se haría monja. Sí, monja; ante la incredulidad de su séquito de “diablillas”. Hace poco me enteré que no contenta con ello, ahora resultó cambiarse de orden religiosa, mudarse a Bariloche y ser una “monja de clausura”.

De ahora en más, la “hermanita L”, como había que llamarla cada vez que íbamos a visitarla al convento, ya no podrá recibir a nadie. No tendrá privacidad para charlar ni con sus familiares, quienes deberán contentarse con saludarla a través de una reja y compartir escasos minutos, controlados por reloj, con ella.

Recibir la “novedad” me dejó boquiabierta. Cómo mi amiga de tantos años decidió darle un nuevo giro a su vida, y esta vez mucho más radical. Si jamás llegué a entender del todo cómo fue que se hizo monja, menos logro aceptar ahora que, encima, se rehúse a mantener contacto con el exterior.

La recuerdo aún como la conocí: grácil, dulce, con unos ojos azules que conmovían a cualquiera, el pelo castaño, cayéndole en cascada de bucles sobre sus hombros, y su voz aniñada, desentonando con su bien formado cuerpo de mujer. ¿Cómo llegó L a hacerse monja? ¿Cómo jamás sospeché sus intenciones si compartí tantos momentos con ella? Mucho tiempo me sentí culpable de su decisión. Creí que no había percibido su tristeza oculta, que no la había apoyado lo suficiente en sus intentos por cambiar su vida, que estando a su lado había sido una completa egoísta, que jamás pensó realmente en el pesar de mi amiga.

Ya sé que hablo como si se hubiera suicidado, pero enclaustrarse de esa forma acaso, ¿no es una especie de suicidio social? Puede que mi mente sea muy acotada o que no alcance a dimensionar qué busca Lorena con todo esto.

Si me era complicado entender su “repentino” amor al Creador, porque obviamente, el tiempo que compartí con ella no demostraba mayor apego a la religión y mucho menos a sacrificarse por nadie. Ahora mucho menos.

¿Persigue algo mi querida amiga con su decisión? ¿Busca escaparse del mundo?, ¿Busca consuelo en la fe? Daría cualquier cosa por poder interrogarla ahora. Quizás su explicación no me dejaría satisfecha, como no lo hizo el día que me comunicó tomaría los hábitos.

Si L era la chica feliz, graciosa, la habitué de la disco de moda, la señorita con ropa de marca, la que pretendía los chicos más guapos, la más desenfadada a la hora de engullir alcohol. La que se enamoró de un amor prohibido, la que buscaba cualquier ocasión para hablar con el hombre de sus sueños, pese a no atreverse nunca a confesarle sus sentimientos. La soñadora, la que me repetía una y otra vez que “cuando uno ama los de afuera son de palo”, y así, ella concluía en que, yo jamás había entregado mi corazón realmente. Esa es la amiga que recuerdo, la que extraño.

Y ahora L, ya no sólo es la monjita que veía cada cierto tiempo. La que nos recibía amablemente en el colegio religioso que compartía con sus hermanas de fe. Ahora, eligió desaparecer del mundo, de todos los que, aún con el asombro, habíamos terminado por acostumbrarnos a verla escondida tras su hábito gris. Siempre bromista y dispuesta a señalarnos nuestras fallas. Ya sin preocuparse por estar delgada o por lucir el último grito de la moda.

Claro que el clásico grupo de chicas que éramos en la adolescencia cambió su rumbo. Pero ella fue quien hizo la elección más inaudita. Recuerdo que hasta la acusamos de padecer “locura temporal”; cuestionamos su fe a diestra y siniestra; le buscamos las justificaciones más descabelladas para entender una elección de ese tenor; pero ella, impávida, hizo caso omiso a nuestros intentos por convencerla de dar marcha atrás con su decisión.

¿Será que para entenderla tendría que profesar su fe? ¿Que necesitaría volver a creer en alguien superior que guía mi existencia? ¿Será que mis lecturas ex profesas han corrompido tanto mi espíritu que ya no alcanzo a creer en lo “divino” de su elección? ¿Estoy tan llena de racionalidad que no puedo ver un milagro, que no soy capaz de aceptar dogmas de fe?

Ya no tenemos los 17 de antaño y calculo que debo haber cometido todos los pecados que ella combate ahora. Seguro ya hasta hablamos idiomas distintos, pero con todas las distancias insalvables, lo único que quiero decirle a mi amiga L, es que sus “diablillas” seguimos extrañándola y aunque no entendamos su decisión, la respetamos.


martes, 29 de junio de 2010

Reload...



Reedito esta historia para devolverle sus “cinco minutos de fama” al 'arácnido', (bautizado así por un lector del blog) quien con sus telarañas siempre logra enredarme, y retrotraerme a los increíbles momentos a su lado.

Ha pasado algún tiempo ya desde que ese primer encuentro tuvo lugar, y por más intentos que he hecho por dejar atrás aquel día, aún no me da resultado. El tiene la particularidad de decirme una simple palabra y remover todo el vendaval de emociones que trato de borrar infructuosamente. Pero qué más da, disimular ya no me place, esta fugitiva de los sentimientos terminó atrapada en las redes del caballero despistado, que no daba la talla para mis ideales infantiles, pero que tiene la justa medida de lo que empecé a descubrir, necesito de adulta.

Y aunque él crea que busco un superhéroe o un ‘tamagotchi’ (como alguna vez acusó) lamento informarle que lo único que deseo es sentirme bien al lado de alguien que quiera estar conmigo. No ansío una muleta en la cual apoyarme, sino alguien que camine a la par en los buenos y en los malos tiempos.

Mientras algunas de las personas que conozco empiezan a ver sus “defectos”, y alguien se autodiagnosticó ser un “Narciso”, y tan narciso es que ni necesita psicólogo, él se basta y se sobra. Otras, me arrojan a la cara ciertas observaciones sobre mi conducta. No había reparado en que no suelo decir las cosas que me pasan, hasta que alguien me llamó “reprimida”.

Sí, es verdad, a quienes alguna vez me cuestionaron de que nunca me jugué por nada; que así imposible que haga saltar la banca, porque “a apuestas chicas, ganancias pobres”. Aunque tarde, quizás para muchos, admito públicamente que tenían razón.

Y ya que estamos aceptando ciertas cosas, me hago cargo también de ser una “contradicción andante”, definitivamente debo serlo para terminar extrañando todos sus defectos.

Para que no queden dudas de lo miedosa que soy, (o cobarde, o como quieran decirme), sólo por hoy me quito la coraza, prometo que mañana me vuelvo a poner mi traje de ‘mujer superada’ a la que nada le importa.

Y aclaro: no hay psicóloga que valga, ni consejos de amigas que me adviertan de su ponzoña; la única manera que hallé de desahogarme un poco fue escribir esto y tirarlo al viento.

Ahí va de nuevo:

¿Un touch and go?

Las despedidas de la gente que se cruza en nuestras vidas afectivamente, aunque sea por corto tiempo, siempre duelen. En la mayoría de los casos uno sabe que esos momentos compartidos no serán eternos, porque simplemente estamos saliendo con alguien para probar, para pasar el rato, distraernos, divertirnos y disfrutar. “Un touch and go” y me voy, pensamos.

De esta forma le damos inicio a algún tipo de relación, sabiendo de antemano que la persona que tenemos a nuestro lado, jamás pasará a tener una denominación “formal” en nuestras vidas. Es decir, nunca serán “novios”, “esposos” y quizás ni alcancen el rótulo de “amigos”. Que no llegarán a conocer a nuestros padres, que no sabrán muchas de nuestras mañas, y ni siquiera saber quienes somos realmente ni por asomo. Pero igualmente conocer a alguien y después hacer como si nunca hubiesen existido, deja una sensación extraña.

Empecé a salir con él por curiosidad, era claro que no me desagradaba físicamente y su personalidad me resultaba más que simpática, cautivadora. De todas formas, no era suficiente para que le subiera el pulgar y admitiera que me gustaba demasiado.

Así entre coqueteo y coqueteo, acepté tomar un café con él. Ese encuentro resultó ser más que revelador para mí. Hallé un hombre fascinante, claro, para mi forma de ser: era refinado, tierno a su manera, seductor, le gustaba la literatura (como a mí), amante del cine, algo loco (requisito indispensable para tener una cita conmigo, no acepto cuerdos) pero con los pies en la tierra para cuando es necesario.

Me causó gracia que sonriera nervioso cuando me saludó, generalmente soy yo la que se pone colorada cuando alguien que me gusta se acerca demasiado. Tras el intercambio de palabras por cortesía, llámese un ¿cómo estás? ¿Qué tal tu día? y todas esas preguntas formales, buscamos un barcito cercano para tomar nuestro prometido café.

La charla versó sobre temas tan disímiles como tengo memoria, empezamos con algo de política (siempre reniego de ella pero irremediablemente debo tener algo, que hace que mi vida gire en torno a la actividad humana que tiende a gobernar la acción del Estado en beneficio de la sociedad, jaja) luego sobre su infancia y el porqué no tomaba mate ni por casualidad, sus aficiones a las historietas ( hecho que me llamó terriblemente la atención, porque últimamente todos los hombres que conozco tienen admiración por algún superhéroe). En este caso, era por el hombre araña (confieso que yo también prefiero al hombre araña) pero me ha tocado hasta un fanático de Batman, pasando por el Avispón verde.

Me sentí increíblemente cómoda a su lado. Pese a que era un completo extraño para mí (y a quien le había dado largas por varios meses antes de dignarme a salir con él) me sentí identificada en muchos aspectos y disfruté de su compañía.

Resultó que el fascinante caballero era más interesante aún de cerca. Que me divertía con sus ocurrencias, que su agilidad mental para captar mis tontas bromas y reírse conmigo y de mí, me hicieron querer pasar más momentos a su lado.

A ese encuentro en el café, le siguieron muchos otros, todos ellos delirantes con situaciones antes jamás vividas por mí.

Nunca tuvimos una cita convencional. Quizás en parte eso fue lo que me agradó. Terminamos haciendo cola en los lugares más inesperados, muertos de risa por la situación; en la guardia de una clínica porque él tenía fiebre; caminando diez cuadras en pleno invierno para comprar comida, para luego volver a su casa con las manos vacías porque se acordó que tenía lo necesario para nuestra cena en su heladera. Yo, parada en medio de Frávega, esperándolo por más de media hora, para pagar la licuadora que acababa de adquirir, porque se había olvidado la tarjeta de crédito en su casa.

Podría decirse que para lo estructurada que soy, él era un verdadero desastre. Se olvidaba de todo. Desorganizado al máximo y desordenado como ninguno. Con costumbres tan particulares como secarse el pelo con secador y vivir comiendo golosinas.

Siempre supe desde el vamos que salía con él por curiosidad, por lo que imaginé no duraríamos mucho tiempo juntos. Cuando empezamos, incluso estaba convencida de que con una salida bastaría para darme cuenta que él no era para mí.

En el camino, todo aquello que había planeado se fue desdibujando. El hombre que al principio pintaba como un verdadero desastre, y a quien dejé tres veces, terminó metiéndose en mi corazón.

Recordando como se dieron las cosas, hasta me río de mí. Hasta ese día no me había aguantado situaciones tan diversas sin reclamar y poner mi cara más fea, pero esta vez no podía sentirme así. Hasta disfrutaba de estar al lado de un ser tan despistado.

Claro que como yo no nunca quise nada serio con él, jamás lo incluí en mi vida realmente. El no conoce mi casa, no tiene idea de que ropa uso para dormir, no sabe que música escucho y si tratara de ubicarme seguramente estaría perdido, porque sabe muy poco de mí en datos reales. Conoce los recovecos de mi mente de memoria, de eso no tengo dudas. Lee mis gestos como nadie, pero a la persona real, a mí, aún no me conoce.

Ahora que las cosas terminaron, escribo esto para exorcizarlo de mi corazón. Me resulta raro sentir su ausencia, porque no sé a quién extraño. Lo único claro es que necesito seguir viviendo sin su presencia.

Ya ni siquiera me importa dilucidar qué fuimos. Si amigos, si amantes, si novios, o simplemente dos extraños.

Y aunque él nunca lo sepa, o nunca lo entienda, se metió de lleno en mí. Ojalá sólo hubiese sido un touch and go.

domingo, 27 de junio de 2010

Encuentros inesperados


Esta mañana de sábado, mientras me disponía a bañarme luego de un reparador sueño, sonó inusualmente el teléfono. Y digo “inusualmente”, porque en general no recibo llamados un fin de semana durante las 10 de la “mattina”. Miré el celular, tratando de identificar el número y ahí estaba mi querido amigo a la distancia, haciendo su aparición.

"Hola”, le dije; mientras él, tímidamente me preguntó: “¿te desperté?”.
“No”, le contesté, “ya estoy levantada y por ir a darme una ducha, y ¿vos?".
 “Yo aún en la cama”, dijo y, luego agregó: “me quedé pensando en lo que hablamos anoche sobre los signos, y hoy me desperté intrigado por un sueño que tuve”.

Lo interrogué sobre su más reciente sueño, y me dijo: “nada extraño, sólo soñé con mis primos, pero aún éramos adolescentes y estábamos en el auto escuchando música”, se rió y añadió: “creo que estoy soñando mucho últimamente”; a lo que pícaramente, acoté: “sí, pero siempre soñás con tipos”.

Mi amigó largó una sonora carcajada y aclaró: “no, no, esta vez había una chica, amiga de mis primos, a la que no veo hace mucho”. Con doble intención objeté: “menos mal, ya estaba empezando a sospechar que eras raro”.

Sin prestar demasiada atención a mi malicioso comentario, me espetó burlón: “y vos, con tanto que lees de signos y esas cosas, ¿no tendrás un librito de interpretación de sueños?”. Más picada aún por su sarcasmo, le contesté que “ese libro se lo debía”, pero que si quería le leía el significado de su nombre porque ese texto sí lo tenía.

Se rió nuevamente, e incrédulo me soltó: “a ver léemelo, ya me intrigaste, qué dice sobre mí tu libro”. Busqué entre mis cosas, y ahí estaba mi compendio de nombres, lo ojeé rápido y encontré el suyo. Se lo leí, y otra vez entre carcajadas, sólo atino a decirme: “te pasaste. Qué cajita de monerías que sos”.

Divertida, le contesté: “mientras me digas cajita de monerías y no mona, todo bien”.

Entonces me llamó como habitualmente me dice cuando quiere molestarme: “’mujer casada’, usted sí que me hace reír; lástima que tiene ese ‘defecto’”, a lo que retribuí con mi acostumbrado: “hombre soltero, algún defectito tenía que tener, ¿no? Además, es inexacto, en todo caso seré ‘mujer separada’”. “Perdón, obviamente, ‘separada’, no todo podía ser perfecto”, contestó mi peleador amigo.

Luego de un breve silencio, retomamos el tema de los signos y me comentó que no se fue muy convencido a dormir anoche, cuando le dije que Leo y Capricornio no eran una dupla “aconsejable” según lo vaticinios. Aunque la frase que más resonaba en su mente era: “tras las grandes discusiones habrán lujuriosas reconciliaciones”, eso sí que le resultaba sumamente interesante de “profundizar más, con una chica de Leo”, como yo. Me reí por su sinceridad, y le argumenté: “sí, pero antes de eso tendríamos que pelearnos furibundos y quién sabe si te perdone. Por lo tanto, medio absurdo que te esperances en las reconciliaciones”, le dije.

Fue entonces cuando mi amigo me confesó: “tenés un plus sobre el resto de las chicas, conmigo”; algo sorprendida le dije: “será que estoy media loca y nunca te cruzaste con alguien así”.

Se sonrió levemente y agregó: “Estás más cuerda que muchas. He tenido a mi lado mujeres muy lindas e inteligentes, pero vos me sorprendés. Esa sarta de rarezas y tus ‘saberes’ sobre horóscopos, Literatura y demás cosas, me encanta”, me quedé en silencio y fue de nuevo él quien habló: “qué estarás pensando ahora, con ese cerebrito malicioso. Seguro que con qué huecas habré estado ¿no?”. Le contesté con un “no”; no era eso en lo que pensaba exactamente, sino más bien en cómo nos habíamos hecho amigos él y yo.

Se lo dije, y entonces ambos rememoramos el “fatal día”, como a veces le decimos a modo de broma, en que una amiga en común nos presentó.

“Quién me iba a decir que terminaría llamando casi a diario a la amiga de mi amiga –se lamentó, histriónico - Sí sólo fui a aquel lugar donde ustedes estaban por curiosidad” y agregó: “recuerdo que te vi de espalda, era verano y tenías puesta una remera blanca sin hombros”. “Un strapless blanco”, interrumpí. “Bueno sí,- se corrigió mi amigo- un strapless. Por tu cara, me pareciste tranquila; sentí que estabas algo nerviosa, pero mantuviste la charla amena” y agregó descostillado de la risa: “tremenda mujer resultaste, con esa carita de niña buena, y tus conocimientos sobre las veinte formas de besar y demás temitas que a veces hablamos….” no completó la frase.

Me reí y añadí: “así soy yo, pero las veinte formas de besar, te aclaro, no son mías, simplemente fue un comentario a tu pregunta de cómo me gustaban los besos y te dije que había muchas formas de hacerlo”. Entonces, mi amigo aprovechó y remarcó:”ya te dije que yo sólo conozco una forma, así que quiero aprender las otras 19 que me faltan”.

A modo de sorna le contesté: “perfecto, yo te doy la teoría y vos buscás con quien hacer la parte práctica”. Se sonrió socarronamente y me increpó: “siempre te escapás, ¡¡eh!!”.

A mi turno le confesé que el día que nos presentaron estaba terriblemente cansada, y que reparé en pocas cosas de él. Lo más llamativo al verlo fue su altura, me agradó que se tuviera que agachar bastante para saludarme. Luego me impactó su perfume (sí, confieso tener un fetiche con los perfumes, particularidad fomentada a temprana edad por mi adorado padre), después, al observarlo más detenidamente me agradó su manera de sonreír y su sinceridad para decir las cosas más urticantes.

Para ser francos ninguno de los dos le dio mayor relevancia al encuentro. “Un chico atractivo”, lo califiqué yo; “una mujer bonita”, evaluó él. “¿Cómo fue que empezamos a hacernos amigos?”, nos preguntamos al unísono por el teléfono.

“Creo que te agregué al msn y empezamos a hablar un mes después”, me recordó él. “Sí, es cierto”, le contesté.

“Pero como siento que le quita un montón de matices y que se escapan muchísimos detalles a ese tipo de charlas preferí empezar a llamarte”, mencionó mi amigo.

"Sí, y así es  que ya llevamos más de un mes de conversaciones nocturnas confesionales”, afirmé.

Y agregué: “Sí, tanto hablamos que nos vamos a dormir juntos casi a diario” (no de manera literal, obvio, él en su cama y yo en la mía). Jocoso, mi amigo se río más fuerte y observó:”y… suena raro, ¿no?”.

“¡Qué gracioso!”, lo reté.

Cuando ya estábamos por cortar, mi amigo se quejó: “lástima que estemos un poco lejos. Si no te pasaba a buscar en el auto y te llevaba a la playa a mirar el mar y a burlarnos del mundo”.

“Me encantaría” le contesté. Secretamente me imaginé en la costa, arropada hasta las orejas, contemplando el horizonte y muerta de risa con el ‘hombre soltero’, a quién visualicé despeinado por el viento y contándome, desencajado, sus ‘temibles aventuras’.

Antes de colgar le ofrecí escribir su biografía o “memorias de un hombre soltero” (título que le di a su historia), se descostilló nuevamente de risa y me dijo: “te tomo la palabra. Vas a escribir mis memorias porque yo no soy bueno para eso; y es más, te confieso que no soy apegado a leer mucho, pero desde que hablamos he empezado a leer un poco más. Tengo impresos tus posts del blog y a veces los leo en la cama para compartir tus aventuras”.

“Gracias”, le contesté, halagada hasta la médula. “Que alguien que apenas me conoce se tome el trabajo de leerme, es mucho mérito”, pensé.

Tras cortar la comunicación me quedé pensando en el hombre soltero, hombre de Ciencias, por cierto, que nada tiene que ver con mi intrincado mundo de letras, de búsquedas esotéricas y de verdades inobjetables.

Me agradan sus verdades sin medias tintas, su forma de decir las cosas más difíciles como si contara un cuento. Sus confesiones de hombre, sin tapujos, aceptando que muchas veces lo pudieron más un par de tetas y un buen culo, que una gran “mina” intelectual; pero como él dice: “son cosas para pasar el rato”.

Me causa gracia también su defensa enfervorizada de su soltería. “Tengo amigos y de diez, sólo tres se casaron realmente enamorados”, argumenta; e inteligentemente acota: “para qué me voy a casar. ¿Con quién?, ¿con lo que me toca?, como dicen algunos. ‘Es lo que había’”. “Nooo, yo quiero elegir…. Y si no me toca nunca, seré el eterno soltero”, remata. “Bravo”, parezco decir yo, en un simulado aplauso, mientras lo escucho. Admiro su valor para decirme eso a la cara y no hacerme el verso del hombre enamorado, que quiere casarse.

Mientras me cuenta su vida y yo la mía, ambos volvemos a tener 16; y aunque a veces discrepamos sobre algunos temas (más de una vez nos hemos ido a dormir enojados) en los que yo pienso muy racionalmente las cosas y él es un loco aventurero, nos encanta conversar.

Hace mucho que no me encontraba a un amigo así y siento que hallé algo invaluable. En el lugar menos pensado, con una persona inesperada. El amigo de mi amiga, es hoy mi amigo.