domingo, 23 de octubre de 2011

¿Ahogamos las penas en una coca?


El viernes por la noche me reencontré con mi gran amigo Charlie Brown. Tras dos años de no vernos, él apareció en mi puerta como si nada. Bueno, mi puerta es un decir, agarró a piedrazos mi ventana porque estaba cansado de esperar por mí (aclaro que el timbre dejó de funcionar hace ya un tiempo gracias a los borrachos que se quedaban con el dedo pegado en él cada fin de semana) y gracias a su gran poder de deducción no le erró de departamento a la hora de hacer su peculiar llamado.

Bajé contenta a darle la bienvenida. Estaba parado en la esquina del frente observando todo como es su costumbre. Nos saludamos como si nos hubiésemos visto ayer. Sin efusividad ni formalismos.

Subimos a su camioneta y no pude evitar sentir cierta nostalgia de aquellos días en los que hablábamos de tonterías dando vueltas en ella. Charlie me había adelantado que venía con un nudo de sensaciones. Su novia desde hace años lo había cambiado en menos de seis horas por otro. Por si fuera poco estaba al borde del desquicio porque le había ido mal en todas las materias de la facultad. Y si alguna más le faltaba, me encontró a mí con un ataque verborrágico increíble. Yo parecía una cotorra que no paraba de hablar contándole todo lo que me había pasado en este tiempo.

Fuimos a su casa, no sin antes pasar en busca de provisiones por el único quiosco que encontramos abierto. Quisimos comprar algo para ahogar nuestras penas, pero el alcohol era materia prohibida pues había veda electoral. Terminamos conformándonos con una coca cola y unos chisitos porque papas fritas o maní tampoco habían. ¡Qué noche desgraciada!- pensé- “todo lo que queremos se escapa de nuestro alcance”.

Ya en su hogar me mostró como se había dado maña para vivir cómodo. Un futón naranja en el living comedor, una extensa mesa de madera y cuatro sillas haciendo juego. De la pared colgaban dos de sus adoraciones: avioncitos arreglados por él y sus amigos aeronáuticos.

Continuamos recorriendo su casa. El dormitorio, bastante grande para lo que me imaginada, tenía una cama de dos plazas resguardada por dos mesas de luz de madera. La pantalla de su LCD brillaba demostrando su gran tamaño, mientras una notebook al lado, parecía una ínfima lucesita resplandeciente. Una ventana abierta en diagonal a la cama permitía la circulación de aire.

Entre recuerdos de nuestros días de vecinos y pensión, reíamos sabiendo que en algún momento sería necesario empezar la confesión de penas que esa noche nos unía. El con el corazón roto, pero aún más con el orgullo herido soltó la primera palabra: “Kathy me dejó por mail luego de haberme dicho que me amaba hace seis horas cuando nos vimos por skype. Me dijo que un chico le propuso ponerse de novios y ella aceptó”.

“Claro, entiendo que yo la dejé hace varios meses y la mandé de vuelta a su casa luego de haber convivido un año y medio. Se debe haber cansado”, reflexionó.

“Por un lado siento una especie de liberación, porque a pesar de mis sentimientos en alguna parte yo sentía que ella no era todo lo que yo quería. Pero me duele igual. En seis horas dejé de ser el amor de su vida”, decía mientras miraba el techo acostado en esa cama que ahora le quedaba enorme.

¿Y tú? Me retó a duelo, ¿qué te pasó?.

“Igual que tú -contesté- me duele un poco el corazón y otro poco el orgullo. Estuve por diez meses con alguien a quien dejé porque no le creía ni lo que comía”.

“Jajaja” soltó estruendosamente Charlie.

“Me hubiese gustado creerle pero no pude. Además, no le confesé cual fue la gota que rebalsó el vaso. No le dije que me contaron que cuando él empezó a salir conmigo estaba saliendo aún con otra. Y eso me partió al medio. Claro que no fue lo único, pero me puse hecha una furia y sin darle explicaciones para no fomentar una tragedia mayor, me callé la boca y sólo puse de manifiesto otros motivos que él ya sabía”.

“Nunca pude confiar en él. ¡Error!, al principio sí, hasta que me contó una historia de engaños que hizo que pusiera en tela de juicio todos sus actos. Para colmo no me incluyó en su vida de la forma que yo esperaba, y todo eso sumado hizo que un día estallara y lo mandara a la mierda”.

“Claro, no sin antes hacerme mierda yo. Y si bien por un lado siento esa liberación de la que hablás, por el otro también siento el dolor, la impotencia, la bronca, el odio y las ganas de ir a buscarlo y gritarle en la cara todo eso que aún me sigue quemando por dentro”.

Charlie y yo nos miramos sin vernos. Yo tenía ganas de llorar y él de matar a alguien. Nos quedamos en silencio en la oscuridad de su dormitorio. Seguíamos acostados en su cama esta vez mirando al techo.
El retomó la charla ofreciéndome un vaso de coca cola. Me reí de su actitud.

“Estamos con el corazón roto y el orgullo herido, pero eso no cambia nada”. “Sigamos viviendo “lentejuela” (así me llama él cuando se pone protector), ya pasarán las penitas”me dijo a modo de consuelo.

Sonreí para no llorar. “Todavía duele, Charlie”, le dije.

Terminamos la coca cola esperando que nos haga el efecto de un whisky. Pero con o sin él, soltamos las tristezas que agobiaban nuestras almas en ese momento.



viernes, 22 de julio de 2011

Feliz Cumpleaños a mí!!!!


Si de títulos se tratase estaría desaprobada por tamaña obviedad, pero como es mi cumpleaños y estoy escribiendo de manera personal y para nada periodística, me permito el pecado.
Otro año más para contar desde que llegué a este mundo. Siempre me hace gacia recordar que horas antes de que yo naciera mi papá quedó inmovilizado presa del terror de saber que mi llegada era inminente. Por única vez en su vida no pudo manejar.
Para mi mamá la historia fue distinta, estaba tan adolorida que lo único que deseaba era que yo saliera de una buena vez. Claro que ambos aún no me esperaban, como para arruinarles la fiesta llegué casi dos meses antes de lo previsto.
Esa historia me la repitieron tantas veces que aunque ya no me la cuenten, ahora soy yo la que se complace en recordarla.
Me hubiese gustado pasar este 23 de julio junto a ellos otra vez, como ese día en el que vine a cambiarles las cosas. Lástima que estemos los tres tan lejos. Aunque quizás no tanto. Imagino que ellos al igual que yo, evocarán los momentos previos a mi llegada; claro que mis recuerdos no son propios, sino contados por terceros.
Esta vez no tengo ganas de hacer un balance del año que dejo. Las cosas que me sucedieron estuvieron dentro de lo esperado: aún no cambié de trabajo,  no me mudé, no hice ningún viaje, no me gané la lotería. Me parece que no estoy muy positiva por el momento, pero vamos, que mi cumple recién empieza.
Se supone que debería estar contenta por algunas cosas, pero no me siento feliz. No es que me pesen los años, ni que sea de esas personas que detestan ver las velitas sobre el pastel espetándoles en la cara que el tiempo pasa. Yo amo toda la puesta en escena que un día así significa. Que todos tus conocidos te recuerden  y que por una vez al año exista un momento dedicado a uno, pues me parece maravilloso. Pero mi tristeza radica en otro lado: está en saber que gente que quiero y que son importante para mí no estarán conmigo esta vez.
Qué más da! No se puede tener todo en esta vida, ni estar bien con Dios y con el diablo. Supongo que ellos saben todo lo que significan y lo mucho que los echo de menos.
Mi teléfono acaba de sonar anunciando la llegada de un mensaje de texto. No puedo menos que sonreír. Acabo de leer la palabra justa para hacer de este día un momento feliz.
Ahora puedo dormir tranquila soñando que el próximo cumple será mejor; ya no en este tránsito prolongado en el que viví.
El desgano se va disipando, los seres  queridos ya no se sienten tan lejanos. De alguna manera toda esa gente que en algún momento formó parte de mi vida está acompañándome. Ya no me siento tan triste. Por fin puedo desearme: Feliz cumpleaños a mí!!!!