Hace días que no escribía, creo que estaba esperando a que pasara algo que me sacara del letargo en el que había caído, tras un mes agotador como resultó ser agosto.
Septiembre estaba empezando sin muchas expectativas, salvo volver a ver a uno de los amigos más importantes que he tenido en mi vida, a quien no veía hace casi diez años. Nuestra amistad siempre fue extraña, no porque careciera de sinceridad sino por múltiples factores que nos acercaban/separaban. Desde habernos conocido de casualidad en la casa de mi amiga M., una tarde de otoño, en la que casi ni hablamos y en la que él se dedicó a mirarme como si yo fuera una cajita de cristal a punto de romperse, hasta habernos dejado de frecuentar por esas cosas que tiene el destino, de hacer que el trabajo y la familia nos llevaran por caminos diferentes.
Lo curioso es que en estos nueve años que no nos cruzamos, estuvimos muchas veces a punto de hacerlo, pero sacando cuentas, la vida se empeñaba en hacer que llegáramos por segundos, tarde, al mismo lugar. Así, por más que él trató infructuosamente de encontrarme durante todo este tiempo, nunca pudo hacerlo.
Por amigos en común se enteró que yo estaba de novia, y luego por mis tíos, que me había casado. Yo de él, supe algunas cosas por mis amigas. Me enteré que se había mudado, después de mucho tiempo me contaron, además, que su padre había fallecido, dejándolo con una sensación de soledad incomparable. Años más tarde, me llegaron rumores de que estaba de novio, había conocido una buena chica y estaban conviviendo.
Éramos buenos amigos, pero supongo que quedamos en “amistad” por esas cuestiones “cobardes” que uno acarrea durante su vida. Nunca cruzamos el puente para cambiar el tipo de relación que teníamos. Recuerdo nuestras charlas en la puerta de mi casa, las vueltas en auto sin ir hacia ningún lado, cuando lo único que contaba era tener tiempo juntos para descubrirnos. Tampoco olvidé los jazmines que siempre me traía, ni lo extasiada que quedaba con el aroma de las delicadas flores. Las canciones “extrañas”, como las llamaba él, que yo cantaba como poseída, en su auto. Teníamos una amistad hermosa, inocente, pero cuestionada por mucha gente: éramos el agua y el aceite, en esa época, para todos nuestros conocidos.
Qué nos hizo ser amigos, jamás los sabremos. Qué nos hizo alejarnos, tampoco.
El tema es que este sábado me despertó su voz al otro lado del teléfono. Sabía que venía, es más, lo esperaba.
Apenas escuchó mi adormecido “hola”, me preguntó: “¿te desperté?”. “Sí”, respondí, sin tener tiempo para reflexionar y mentirle. “Perdoname”, me dijo. “Está bien, no hay problema”, remarqué.
Luego de pasarle mi dirección y de quedarme unos segundos en la cama pensando cuándo había sido la última que vez que nos habíamos visto, me inundó el ataque de coquetería y salí corriendo hacia el baño para arreglarme un poco. Me peiné como pude; esta vez mi pelo lacio no me obedeció e insistía en marcar una pequeña onda a la altura de mis orejas.
Miré mi rostro y estaba más pálido que nunca. Sabía que iba a recibir alguna broma debido a mi “blanca palidez”, siempre había sido un motivo para ser objeto de sus burlas. Me puse una remera negra ajustada y un jean azul gastado. No alcancé a ponerme las botas cuando sonó el timbre. Me asomé a la ventana y pude ver su sombra de un metro ochenta en la vereda. Bajé a abrirle sin pensar en cómo sería el momento de verlo. Preferí ni pensarlo. Las cortas escaleras se me hicieron eternas pese a que bajé corriendo. Abrí la puerta y ahí estaba con la misma expresión dulce en el rostro, sólo que esta vez llevaba anteojos. Nos abrazamos fuerte, de la misma forma que antes. Sentí que los diez años que nos separaban habían sido apenas diez días. Se apartó de mí y se dedicó a mirarme tal y como lo hizo el día que nos conocimos, de nuevo sentí que me observaba con delicadeza, como buscando no quebrarme por la imprudencia. Rompió el encanto la voz de su primo Antonio, quien me dijo risueño “y para mí abrazo no hay; yo también no te veo hace diez años”. “Claro, Tony, contesté” y con un abrazo, menos sentido, los invité a pasar.
Una vez en mi departamento les ofrecí desayunar. Ambos prefirieron tomar unos mates.
Mientras preparaba las cosas para empezar a cebar los requeridos mates, mi amigo no se aguantó más y me dijo “estás igual. La misma cara de pendeja, pálida y con la boca roja”. Lo miré como descubierta, él nunca había hablado de mi boca en público y la única vez que había dicho algo de ella, había sido una confesión una noche en la que entre copas, me reveló que le gustaban mis labios. Según me explicó esa vez, le resultaba terriblemente atractivo que tuviera el labio inferior más grueso, y que mantuviera los labios entreabiertos, algunas veces, sin darme cuenta.
Por eso, que mencionara mi boca así de una y delante de su primo Tony, me inquietó. Mi amigo continuó como si nada, y seguimos hablando de cómo nos había tratado la vida a los tres durante todo ese tiempo.
Tony, quien tenía 17 años en aquellos días, era ya un hombre de 27 años. No había cambiado tanto en su carácter, me lo demostró con sus continuos comentarios; tampoco se había inhibido con el tiempo. En un arranque de alegría se puso a bailar como lo hacíamos en esa época, cuando el grupo que éramos salía en busca de boliches. Mi amigo D y yo nos miramos cómplices, y soltamos una carcajada. No había duda, Antonio seguía siendo el mismo payaso de ojos verdes que tanto nos divertía.
Hablamos de nuestras vidas y mientras nos contábamos cosas, Tony, como siempre, me puso el dedo en la llaga. De repente me soltó: “vos te la perdiste, nunca le hiciste caso a mi primo. Al final, ¿te casaste con el rubio de la bicicleta?”. Nerviosa, le respondí que sí, que me había casado con el chico rubio.
“D” un tanto incómodo, aclaró: “bueno Tony, yo tampoco jamás le dije nada en serio a ella. Siempre fuimos amigos. Además, era lógico que se casara”. Antonio iba a abrir otra vez su bocota, pero “D” le hizo un gesto que logró que Tony se mordiera la lengua y simplemente mascullara: “yo sólo quería saber cómo habían sido las cosas”.
“No hay nada que saber Tony” agregué “D y yo siempre fuimos sólo amigos”.
El muchacho de los ojos verdes no contento con nuestras respuestas añadió: “sí, pero en esa época a mi me daba la impresión de que se gustaban. Ustedes digan lo que quieran, para mí fueron dos tontos”.
“D” lo miró serio y Tony ya no siguió con sus polémicas apreciaciones. Yo, en un ataque conciliador, sólo me reí y le dije: “éramos chicos, no sabíamos ni lo que sentíamos”.
Luego de que la charla volviera a su cauce normal quedamos en vernos para almorzar en el centro. “D” y Tony se fueron, y yo quedé llena de dudas.
Me acosté y las palabras de Tony resonaron con fuerza en el silencio.
Al mediodía, Tony, “D” y yo estábamos en el lugar acordado. Comimos felices, recordando viejas épocas. “D” mencionó que en ese entonces mi pelo estaba más claro y bromeó con las canciones “raras” que yo le “obligaba” a escuchar y que encima “ladraba”, calificó. Me reí de sus recuerdos, y le dije que nunca olvidaba lo ordenado que era él, y como una vez me levantó en sus brazos para que no me mojara con la lluvia y se echó a correr conmigo a cuestas, ante mi cara de espanto.
“Sí, odias hacer el ridículo”, se sonrió D. No dije nada esa vez. Tras un almuerzo extenso y una sobremesa más larga aún, nos quedamos solos. Tony, se despidió para ir a ver a otros amigos.
“D” me miró y me dijo serio: “nos debemos una charla, ¿no?”, me reí y le dije: “creo que sí”.
“¿Fuiste feliz?” me preguntó. “Muy feliz, pero un buen día se acabó y acá estoy, otra vez sola", respondí.
“Y ¿vos? –añadí- ¿sos feliz con ella?”. “Mmm feliz, feliz, como lo que esperaba, no. Vivo bien, ella es buena persona. Pero no sé, por ejemplo, no queremos hijos porque no queremos atarnos, ni ella a mí ni yo a ella”.
Y agregó: “pero no se me ocurre separarme, me da miedo quedarme solo otra vez, sentirme débil, volver a estar como cuando me quedé sin nada, sin mi viejo, sin amigos, sin nada”.
Lo miré conmovida y le dije: “Te entiendo, D”.
“Uno es feliz como puede. Yo ahora soy feliz sola, con lo que tengo y me siento bien. Al rubio de la bicicleta aún lo veo y lo quiero un montón” mencioné “D” me interrumpió y agregó: “es un buen chico, pero justo apareció cuando yo te iba a invitar a salir, pero eso pasó hace muuucho tiempo. Mejor ni lo recuerdo”.
Después de contemplarnos como antes, quedamos en silencio. Tras largos minutos, “D” me dijo que era extraño lo que sentía por mí. Que después de tanto tiempo, “ciertas” cosas seguían intactas. Que no sabía qué nombre darle a lo que sentía ahora.
Lo miré a los ojos como buscando la respuesta y le dije que nunca supe qué fue lo que sentimos, por ende, mucho menos ahora, pero una cosa sí tenía claro y era que lo quería.
Me abrazó en un abrazo interminable, me miró a los ojos y me susurró “¿amigos, entonces?” “Sí, amigos” le dije.
Luego prometimos volver a vernos más seguido y no perder el contacto. Me confesó que le había alegrado verme y que esas horas juntos, habían sido como tener 20 otra vez. Que por un momento se olvidó de sus problemas de pareja, sus insatisfacciones cotidianas y todas las frustraciones que arrastraba. La tarde sin dudas fue mágica para ambos. Yo jugué a hacerle gestos en la calle y él me persiguió como antes. Me sacó el broche del pelo como era su costumbre y olvidó lo que siempre le advertía, que no me gustaba que me acaricien las mejillas.
Tras todo eso llegó el momento de la despedida. D me besó en la frente, en el mentón y cuando se acercaba a mis labios, lo detuve. “Mejor quedarnos así”, le imploré.
“Claro”, me dijo, “eso nunca formó parte de nosotros”.
“D” se alejó de mi vista caminando despacio. Observé a la distancia su armonioso cuerpo: la espalda ancha, la cintura pequeña. Esas piernas largas, atléticas, que siempre admiré. Su pelo castaño, siempre bien peinado y su increíble perfume. Había olvidado casi que compartíamos la locura por los olores que nos resultaban deliciosos.
Ahora me siento triste, “D” siempre será mi amigo y supongo que nos veremos cada cierto tiempo; pero, las revelaciones de “sentimientos” a destiempo se han vuelto una constante que duele a partir de los 30. A veces pienso que preferiría no saber cuáles fueron los verdaderos sentimientos de esas personas y quedar en una nebulosa eterna. Si a los 20 no fuimos capaces de asumir lo que nos pasaba porqué aparecemos a los 30 confesando corazones rotos. ¿Es una especie de egoísmo liberador que padecen los que revelan sus secretos tras tantos años?
A mí no me liberó nada saberlo, sólo confirmó lo que ya sabía en ese entonces, que él y yo nunca estaremos juntos. Que seguimos siendo el agua y el aceite. Que el destino o como él quiera llamarlo, siempre nos aleja y que lo único perdurable y valioso hay entre nosotros se llama "amistad".
El siguiente video me recordó muchísimo a como éramos en esa época: http://www.youtube.com/watch?v=MSzXbBRHJrM&feature=related
Septiembre estaba empezando sin muchas expectativas, salvo volver a ver a uno de los amigos más importantes que he tenido en mi vida, a quien no veía hace casi diez años. Nuestra amistad siempre fue extraña, no porque careciera de sinceridad sino por múltiples factores que nos acercaban/separaban. Desde habernos conocido de casualidad en la casa de mi amiga M., una tarde de otoño, en la que casi ni hablamos y en la que él se dedicó a mirarme como si yo fuera una cajita de cristal a punto de romperse, hasta habernos dejado de frecuentar por esas cosas que tiene el destino, de hacer que el trabajo y la familia nos llevaran por caminos diferentes.
Lo curioso es que en estos nueve años que no nos cruzamos, estuvimos muchas veces a punto de hacerlo, pero sacando cuentas, la vida se empeñaba en hacer que llegáramos por segundos, tarde, al mismo lugar. Así, por más que él trató infructuosamente de encontrarme durante todo este tiempo, nunca pudo hacerlo.
Por amigos en común se enteró que yo estaba de novia, y luego por mis tíos, que me había casado. Yo de él, supe algunas cosas por mis amigas. Me enteré que se había mudado, después de mucho tiempo me contaron, además, que su padre había fallecido, dejándolo con una sensación de soledad incomparable. Años más tarde, me llegaron rumores de que estaba de novio, había conocido una buena chica y estaban conviviendo.
Éramos buenos amigos, pero supongo que quedamos en “amistad” por esas cuestiones “cobardes” que uno acarrea durante su vida. Nunca cruzamos el puente para cambiar el tipo de relación que teníamos. Recuerdo nuestras charlas en la puerta de mi casa, las vueltas en auto sin ir hacia ningún lado, cuando lo único que contaba era tener tiempo juntos para descubrirnos. Tampoco olvidé los jazmines que siempre me traía, ni lo extasiada que quedaba con el aroma de las delicadas flores. Las canciones “extrañas”, como las llamaba él, que yo cantaba como poseída, en su auto. Teníamos una amistad hermosa, inocente, pero cuestionada por mucha gente: éramos el agua y el aceite, en esa época, para todos nuestros conocidos.
Qué nos hizo ser amigos, jamás los sabremos. Qué nos hizo alejarnos, tampoco.
El tema es que este sábado me despertó su voz al otro lado del teléfono. Sabía que venía, es más, lo esperaba.
Apenas escuchó mi adormecido “hola”, me preguntó: “¿te desperté?”. “Sí”, respondí, sin tener tiempo para reflexionar y mentirle. “Perdoname”, me dijo. “Está bien, no hay problema”, remarqué.
Luego de pasarle mi dirección y de quedarme unos segundos en la cama pensando cuándo había sido la última que vez que nos habíamos visto, me inundó el ataque de coquetería y salí corriendo hacia el baño para arreglarme un poco. Me peiné como pude; esta vez mi pelo lacio no me obedeció e insistía en marcar una pequeña onda a la altura de mis orejas.
Miré mi rostro y estaba más pálido que nunca. Sabía que iba a recibir alguna broma debido a mi “blanca palidez”, siempre había sido un motivo para ser objeto de sus burlas. Me puse una remera negra ajustada y un jean azul gastado. No alcancé a ponerme las botas cuando sonó el timbre. Me asomé a la ventana y pude ver su sombra de un metro ochenta en la vereda. Bajé a abrirle sin pensar en cómo sería el momento de verlo. Preferí ni pensarlo. Las cortas escaleras se me hicieron eternas pese a que bajé corriendo. Abrí la puerta y ahí estaba con la misma expresión dulce en el rostro, sólo que esta vez llevaba anteojos. Nos abrazamos fuerte, de la misma forma que antes. Sentí que los diez años que nos separaban habían sido apenas diez días. Se apartó de mí y se dedicó a mirarme tal y como lo hizo el día que nos conocimos, de nuevo sentí que me observaba con delicadeza, como buscando no quebrarme por la imprudencia. Rompió el encanto la voz de su primo Antonio, quien me dijo risueño “y para mí abrazo no hay; yo también no te veo hace diez años”. “Claro, Tony, contesté” y con un abrazo, menos sentido, los invité a pasar.
Una vez en mi departamento les ofrecí desayunar. Ambos prefirieron tomar unos mates.
Mientras preparaba las cosas para empezar a cebar los requeridos mates, mi amigo no se aguantó más y me dijo “estás igual. La misma cara de pendeja, pálida y con la boca roja”. Lo miré como descubierta, él nunca había hablado de mi boca en público y la única vez que había dicho algo de ella, había sido una confesión una noche en la que entre copas, me reveló que le gustaban mis labios. Según me explicó esa vez, le resultaba terriblemente atractivo que tuviera el labio inferior más grueso, y que mantuviera los labios entreabiertos, algunas veces, sin darme cuenta.
Por eso, que mencionara mi boca así de una y delante de su primo Tony, me inquietó. Mi amigo continuó como si nada, y seguimos hablando de cómo nos había tratado la vida a los tres durante todo ese tiempo.
Tony, quien tenía 17 años en aquellos días, era ya un hombre de 27 años. No había cambiado tanto en su carácter, me lo demostró con sus continuos comentarios; tampoco se había inhibido con el tiempo. En un arranque de alegría se puso a bailar como lo hacíamos en esa época, cuando el grupo que éramos salía en busca de boliches. Mi amigo D y yo nos miramos cómplices, y soltamos una carcajada. No había duda, Antonio seguía siendo el mismo payaso de ojos verdes que tanto nos divertía.
Hablamos de nuestras vidas y mientras nos contábamos cosas, Tony, como siempre, me puso el dedo en la llaga. De repente me soltó: “vos te la perdiste, nunca le hiciste caso a mi primo. Al final, ¿te casaste con el rubio de la bicicleta?”. Nerviosa, le respondí que sí, que me había casado con el chico rubio.
“D” un tanto incómodo, aclaró: “bueno Tony, yo tampoco jamás le dije nada en serio a ella. Siempre fuimos amigos. Además, era lógico que se casara”. Antonio iba a abrir otra vez su bocota, pero “D” le hizo un gesto que logró que Tony se mordiera la lengua y simplemente mascullara: “yo sólo quería saber cómo habían sido las cosas”.
“No hay nada que saber Tony” agregué “D y yo siempre fuimos sólo amigos”.
El muchacho de los ojos verdes no contento con nuestras respuestas añadió: “sí, pero en esa época a mi me daba la impresión de que se gustaban. Ustedes digan lo que quieran, para mí fueron dos tontos”.
“D” lo miró serio y Tony ya no siguió con sus polémicas apreciaciones. Yo, en un ataque conciliador, sólo me reí y le dije: “éramos chicos, no sabíamos ni lo que sentíamos”.
Luego de que la charla volviera a su cauce normal quedamos en vernos para almorzar en el centro. “D” y Tony se fueron, y yo quedé llena de dudas.
Me acosté y las palabras de Tony resonaron con fuerza en el silencio.
Al mediodía, Tony, “D” y yo estábamos en el lugar acordado. Comimos felices, recordando viejas épocas. “D” mencionó que en ese entonces mi pelo estaba más claro y bromeó con las canciones “raras” que yo le “obligaba” a escuchar y que encima “ladraba”, calificó. Me reí de sus recuerdos, y le dije que nunca olvidaba lo ordenado que era él, y como una vez me levantó en sus brazos para que no me mojara con la lluvia y se echó a correr conmigo a cuestas, ante mi cara de espanto.
“Sí, odias hacer el ridículo”, se sonrió D. No dije nada esa vez. Tras un almuerzo extenso y una sobremesa más larga aún, nos quedamos solos. Tony, se despidió para ir a ver a otros amigos.
“D” me miró y me dijo serio: “nos debemos una charla, ¿no?”, me reí y le dije: “creo que sí”.
“¿Fuiste feliz?” me preguntó. “Muy feliz, pero un buen día se acabó y acá estoy, otra vez sola", respondí.
“Y ¿vos? –añadí- ¿sos feliz con ella?”. “Mmm feliz, feliz, como lo que esperaba, no. Vivo bien, ella es buena persona. Pero no sé, por ejemplo, no queremos hijos porque no queremos atarnos, ni ella a mí ni yo a ella”.
Y agregó: “pero no se me ocurre separarme, me da miedo quedarme solo otra vez, sentirme débil, volver a estar como cuando me quedé sin nada, sin mi viejo, sin amigos, sin nada”.
Lo miré conmovida y le dije: “Te entiendo, D”.
“Uno es feliz como puede. Yo ahora soy feliz sola, con lo que tengo y me siento bien. Al rubio de la bicicleta aún lo veo y lo quiero un montón” mencioné “D” me interrumpió y agregó: “es un buen chico, pero justo apareció cuando yo te iba a invitar a salir, pero eso pasó hace muuucho tiempo. Mejor ni lo recuerdo”.
Después de contemplarnos como antes, quedamos en silencio. Tras largos minutos, “D” me dijo que era extraño lo que sentía por mí. Que después de tanto tiempo, “ciertas” cosas seguían intactas. Que no sabía qué nombre darle a lo que sentía ahora.
Lo miré a los ojos como buscando la respuesta y le dije que nunca supe qué fue lo que sentimos, por ende, mucho menos ahora, pero una cosa sí tenía claro y era que lo quería.
Me abrazó en un abrazo interminable, me miró a los ojos y me susurró “¿amigos, entonces?” “Sí, amigos” le dije.
Luego prometimos volver a vernos más seguido y no perder el contacto. Me confesó que le había alegrado verme y que esas horas juntos, habían sido como tener 20 otra vez. Que por un momento se olvidó de sus problemas de pareja, sus insatisfacciones cotidianas y todas las frustraciones que arrastraba. La tarde sin dudas fue mágica para ambos. Yo jugué a hacerle gestos en la calle y él me persiguió como antes. Me sacó el broche del pelo como era su costumbre y olvidó lo que siempre le advertía, que no me gustaba que me acaricien las mejillas.
Tras todo eso llegó el momento de la despedida. D me besó en la frente, en el mentón y cuando se acercaba a mis labios, lo detuve. “Mejor quedarnos así”, le imploré.
“Claro”, me dijo, “eso nunca formó parte de nosotros”.
“D” se alejó de mi vista caminando despacio. Observé a la distancia su armonioso cuerpo: la espalda ancha, la cintura pequeña. Esas piernas largas, atléticas, que siempre admiré. Su pelo castaño, siempre bien peinado y su increíble perfume. Había olvidado casi que compartíamos la locura por los olores que nos resultaban deliciosos.
Ahora me siento triste, “D” siempre será mi amigo y supongo que nos veremos cada cierto tiempo; pero, las revelaciones de “sentimientos” a destiempo se han vuelto una constante que duele a partir de los 30. A veces pienso que preferiría no saber cuáles fueron los verdaderos sentimientos de esas personas y quedar en una nebulosa eterna. Si a los 20 no fuimos capaces de asumir lo que nos pasaba porqué aparecemos a los 30 confesando corazones rotos. ¿Es una especie de egoísmo liberador que padecen los que revelan sus secretos tras tantos años?
A mí no me liberó nada saberlo, sólo confirmó lo que ya sabía en ese entonces, que él y yo nunca estaremos juntos. Que seguimos siendo el agua y el aceite. Que el destino o como él quiera llamarlo, siempre nos aleja y que lo único perdurable y valioso hay entre nosotros se llama "amistad".
El siguiente video me recordó muchísimo a como éramos en esa época: http://www.youtube.com/watch?v=MSzXbBRHJrM&feature=related

No puedo opinar, solo diré que lo que "hizo" ese impertinente de mi tocayo es comprensible, todos los Antonios tenemos algo de pelotudos.
ResponderEliminarHola Antonio, jajaja sí veo que los seres designados bajo tu nombre tienen sus "particularidades", pero en tu caso, no ofendo si opinas, jajaja. Un besote!!
ResponderEliminarA veces que el pasado vuelva no hace tanto bien como esperamos.
ResponderEliminarUn beso.
Loreto