Ya no sé si creer en Cupido, el pequeño dios del amor, quien con sus traviesas flechas irrumpe en la vida de los tristes mortales a brindarles supuestos sendos momentos de placer. Calculo que hoy en día sería la personalidad que más “demandas sufriría ante los tribunales del Desamor”.
Y es que esta supuesta Suprema Corte de Justicia, que debería existir para poner en su lugar al desaforado niño, que no para de hacer desastres y ocasionar estragos en más de una persona. Si no veamos cuántas parejas, además, han sido “creadas” por el perverso dios pagano, quien seguramente, también ha sucumbido a más de un soborno, al ser artífice de parejas tan disparejas como la de en su momento, fueran el príncipe Carlos y Diana Spencer, la del cantante Seal y Heidi Klum, o las más cercanas, Cristina y Néstor, y ni qué decir de la de Emilia Attias y el Turco Naim, para citar sólo algunas “sospechosas uniones”. No es por desmerecer a los muchachos, que no dudo posean algunos encantos más que ocultos, pero quién no se ha preguntando qué andaría haciendo Cupido al pegar eso flechazos o si no habrá recibido “alguna monumental coima” para gritar “Alcoyana, Alcoyana, se ha formado una pareja”.
Yo, por mi parte lo demandaría por unas cuantas jugarretas. En primer lugar, por los años que me tuvo mirando, descorazonada, a mi vecino de la adolescencia, quien a lo único que atinó fue a devolverme las libidinosas miradas cada vez que me cruzaba en su camino, pero de ahí a tener algún contacto face to face. ¡Jamás!.
Mi segunda denuncia en contra del “enternecedor alado” sería por hacerme enamorar de la persona equivocada aquella tarde de otoño, cuando sin querer me encontré bajo el embrujo de unos ojos verdes. Y cómo no enamorarse si el muchacho en cuestión era un calco de James Dean, lo peor, esa vez, el afamado Cupido nos flechó a los dos.
Todo hubiera sido felicidad si el infante, se hubiera percatado que con mis 22 años yo no sería capaz de soportar que mi “amado” tuviera ya un hijo con otra. Por más que intenté no me molestara, la insidiosa presencia de su ex novia, hizo que cada intento por estar juntos se convirtiera en una monumental aventura. Cansada de verter lágrimas y de encontronazos, preferí alejarme de esa persona a la que aún, hoy, recuerdo con gran ternura.
No contento con esa ocasión, Cupido, contrarrestando todos mis preceptos cometió la osadía de flecharme con un compañero de trabajo. Mientras empezaba en las lides del periodismo y temblaba ante cada marcha que me tocaba cubrir durante el 2001, mi blondo jefe de redacción me propinaba miradas de dudosa moral. En medio de “inocentes coqueteos”, y de coincidir en todas las fiestas posibles, terminamos rindiéndonos, una noche en la que ambos, orgullosos, concluimos en que pese al descalabro financiero del país, estábamos en el “mejor momento de nuestras vidas”. Así, y mediante un apasionado beso, cargado del deseo acumulado durante casi un año, empezamos la historia más larga que le debo al pequeño dios pagano, también llamado Eros.
Luego de ese largo paréntesis, en el que parecía Cupido por fin se había apiadado de mí, entró de nuevo en acción, una vez que esa historia acabó.
De esta forma el desacatado, me flecho una que otra vez con algún individuo no presentable, pero por suerte, parece que no tenía sus flechitas muy embebidas por el elixir del amor, puesto que fueron breves cimbronazos. Hasta podría perdonar al travieso niño por estos juegos, que a lo mejor fueron obra, no de sus antojadizos planes, sino más bien de la soledad y la libido acumulada.
Tras esos exabruptos, el maldecido celestino romano tuvo el tupé de hacerme bajar la guardia ante el mismísimo Satán, encarnado en un ser humano; así, casi me convertí en la Justine del afamado Marqués de Sade. Dónde habrá llegado el enhiesto Cupido, al ocurrírsele disparar sus flechas en esa pecaminosa dirección. Otra vez, lo llevaría a la Corte para que cumpla cadena perpetua por sus molestas ocurrencias.
Pero la última, y quizás la más detestable de todas sus jugarretas: ahora resulta que el niñito, ya no quiere prestarme sus favores y se viene negando a sacar su arco en los momentos en que lo necesito. De esta forma, el muy mezquino no acudió a mi última cita. Fuimos él y yo, y nos esquivó Cupido. Mientras compartíamos una velada increíblemente romántica, el malsano Eros, no causó ningún efecto en mí.
Confieso que lo buscaba entre la gente, trataba de sentir algún signo de su presencia: el revoloteo de sus alitas, ver sus rizos rubios descuidadamente asomados por algún rincón, sentir ese aroma que sabe a amor; pero nada. No apareció por más que lo llamé, insistentemente, con el pensamiento. Ahí estaba mi acompañante, morocho perfecto si los hay, con un físico capaz de partir la tierra, unos ojazos tremendamente seductores, y dueño de un encanto sin igual; pero para mi tremenda desdicha, el sueño de toda mujer, no me movió un pelo.
“¡Ay, Cupido!” Exclamé a solas. “¡Embustero!. ¡Maldito necio! ¿Por qué faltaste a la cita?”.
El muy terco ni siquiera se justificó, me pareció oír una risita a lo lejos, pero calculo que se debió a una alucinación o a algún vecino que se mofó de mis epítetos esa noche.
Como sea, Cupido se merece pasar varios años tras las rejas. No se le puede perdonar que cumpla mal su trabajo. Menos aún, que se presente borracho y a veces nos fleche con el mozo del bar, mientras estamos con un pretendiente en la mesa. Y obvio, que se declare en huelga y se dé el lujo de faltar a las citas, ya es el súmmum del maltrato.
Pero como aún no hay Corte que lo juzgue o a lo mejor hasta “aduzca” ser menor de edad (para evitar cumplir condena), el muy ladino, es más que probable que en estos momentos me esté sacando la lengua y haciendo burla por mis innumerables demandas archivadas.
Ya te veré maléfico mentiroso, cuando el mundo entero desconfíe de tus habilidades casamenteras y decidamos quitarte todos tus poderes. Será ahí cuando yo me ría de ti. El problema será que seguramente cambiaremos a Cupido por San Antonio, quien ya tiene mucho trabajo atrasado con eso de que lo paren de cabeza para buscarle novio a sus seguidoras. Y si no ¿qué nuevo dios nos inventaremos para culpar de nuestras “dudosas elecciones” a la hora del amor?

jajajajaja! Cruel Cupido que me hiciste mal... Aunque, la verdad.. Muero de curiosidad por saber qué cosas serán las que le habrá hecho este Satán que el borrego alado le puso en el camino... ;o)
ResponderEliminar"Alcoyana, Alcoyana" - "Capri, Capri" - "El marciano chupatierra" - "Yelmo, Yelmo" - "Los sueños sueños son pero acá se hacen realidad"...pobre Berugo, ojalá se mejore!.
ResponderEliminarHaciendo honor a mi nombre te comento que consigo novio/novia por 2 botellas de vino Cabernet Sauvignon (el valor de las mismas debe ser superior a los 30 pesos).
A muy interesante eso del influjo imperceptible que no llega pese a que la persona a nuestro lado tiene todos los atributos. Uno a veces está con la más apetecible persona y la pierde, y un día termina solo o con un cuerpo que apenas nos da calor e invierno y sombra en verano.
ResponderEliminarA propósito de citas intrascendentes o cruzadas, Melendi canta esto
“Yo me consumo como una vela/
No quiero nadie a mi alrededor/
Al que le salpique esta puta mierda/
Que algunos todavía llaman amor…
Recuerdo bien nuestra última cita
Porque no fuimos ni tú ni yo:
Yo tenía miedo a que tú no fueras
Y tú por miedo a que fuera yo…”
Víctor: Las cosas que pretendía Mr. Satán, no son dignas de contar en este blog, salvo que se llamara "el blog de la lujuria" o "cómo ganarse el infierno en un día". Así que su curiosidad, mi amigo, no podrá ser satisfecha.
ResponderEliminarAntonio: Gracias por el ofrecimiento, lo tendré en cuenta. Además, creo me saldrá más barato regalarte el vino que pactar con Cupido. Por ahora paso, me declaro en rebelde soltería.
Eduardo: Yo no me conformo con alguien que me de calor en invierno y sombra en verano, jajaja, para eso me compro una estufa y un ventilador. Sí te doy toda la razón con Melendi, me han pasado muchas situaciones similares a las que describe en sus canciones.
Un besote a los tres!!!.