domingo, 20 de junio de 2010

A mi padre


Pocas relaciones son tan complejas como las que tenemos con nuestros progenitores. Desde el día en que nacemos hasta el último de sus días, o de los nuestros, en caso de que no se cumpla la ley natural de sobrepasarlos, están ahí como testigos de nuestros actos.

Hace bastante que no pensaba realmente en cómo estaban las cosas entre mi padre y yo. Pese a que hablamos regularmente por teléfono, ya que el vive en Lima con su nueva familia, y a que estuve de visita el último verano, siento que hemos hablado mucho, sin decirnos realmente nada.

Calculo que al hacernos grandes empezamos a marcar ciertas distancias con nuestros padres, por diferencias en cómo concebimos la vida, por elecciones que no les agradan del todo, etc. Y uno, como hijo, empeñado en no parecernos en nada a nuestros padres, menos aún en esas particularidades que nos lastiman, hacemos lo propio por alejarnos.

Pero mi reflexión no vino de la nada. Días atrás, mientras miraba una película (The big fish) con un amigo, noté que de a poco se le llenaban los ojos de lágrimas, que por más intentos que hizo por disimular, finalmente me dijo que le era imposible ver cómo terminaba el film en cuestión.

Ver esa película le recordaba la relación que tenía con su padre. Mientras se enjuagaba los ojos, me contó que había fallecido para la navidad de 2003, de un coma diabético. No supe qué decir, la verdad, y acoté una frase completamente desubicada. Supongo que entendió que no fue por maldad, mi absurdo comentario, simplemente trataba de situar mi vida en la mencionada fecha, a modo de referencia. Ahora que lo pienso, me siento estúpida por haber dicho eso en voz alta, pero confío en que mi buen amigo lo haya pasado por alto.

Con las largas pestañas aún apuntando hacia el suelo, me confesó que su relación había sido difícil. En ese momento no me atreví a ahondar más en los pormenores. Observarlo así, me bastó. Supuse que le quedaron muchas cosas guardadas por decir, que le hubiera gustado cambiar otras y que nunca imaginó, el tiempo le quedaría corto.

Pero no era la primera vez que había visto ese dolor en un rostro. Otras sensaciones de impotencia habían aparecido ante mí, en una persona muy importante en mi vida, quien perdió a su padre de manera abrupta en medio de nuestra crisis como pareja. La tristeza y desolación coparon su vida esos días.

La imagen de ese padre, de quien fuera en vida mi suegro, me reconforta. Imposible borrar el día en que lo conocí: llovía a cántaros y él nos esperaba en su casa en el campo, con una sonrisa perfecta, en la que los 73 años no hicieron estragos. Un hombre alto, lindo y amable, me recibió en su hogar con los brazos abiertos.

Recuerdo que me contó algo de su juventud, de cómo conoció a su amada Nely ( a quien aprendí a querer a través de las memorias de mi suegro y de sus hijos) y de lo feliz que fue con ella. También, advirtiéndome, cómplice, de algunos “defectitos” de mi querido consorte y pidiéndome que lo cuidara.

Ya van a cumplirse dos años desde que él nos abandonó, pero intuyo que su presencia continuará por muchos años más, entre quienes tuvimos la fortuna de conocerlo.

Qué relaciones tan dispares tenemos a lo largo de la vida con nuestros padres. De pequeños son nuestros primeros superhéroes, creemos que llegar a grandes será tan fácil y que tendremos la vida resuelta, como ellos. No somos capaces de pensar en apremios económicos, en desgastes de pareja, en falta de tiempo para realizarse como personas. Son solamente padres ante nuestros ojos, y su única función es cumplir bien su rol, creemos.

El mío no escapa del mandato. De chica lo veía como el hombre más lindo, bueno y sincero del mundo. No había defectos en él. Pocas veces me castigaba, me llevaba al colegio por las mañanas y hasta me inculcó la costumbre de no salir de casa, a mis seis años, sin ponerme perfume. (Ahora concluyo en que era muy probable que me pusiera perfume de hombre porque mi memoria no acucia que haya habido un frasquito diferente para los dos).

No copié todos sus gustos, pese a que me agrada el dulce, nunca fui devota de prepararme esos panes con manteca y azúcar, que él adoraba. Tampoco su costumbre de callarse las cosas aunque le dolieran y de no cuestionar. En eso salí peleadora y rezongona como mi abuelo.

Papá, ante el espanto de todos, fue quien me dio mi primer cigarrillo y me dijo que si iba a fumar, aprendería con él. Supongo que fue su modo de alejarme de muchos vicios. Con un padre con el que todo estaba permitido: fumar, faltar al colegio sin excusas, ir a bailar, ponerse minis y escotes, mirar chicos. Yo no necesité transgredir ninguna norma. Todo era posible, mientras pidiera permiso y así, viví una adolescencia muy diferente a la de mis amigas.

La ruptura entre nosotros apareció a mis 20 años, cuando se separó de mi madre. Ya estaba bastante grandecita para supuestamente entender ciertas cosas, pero calculo que para un hijo se tengan 20, 30 ó 50, siempre será todo un tema aceptar a nuestros padres como humanos.

Así, cuando me enteré que mis padres no eran más la pareja perfecta que yo había idealizado, sentí que se me acababa el mundo. Claro que a lo largo de mi vida había visto innumerables peleas entre ellos, pero creí que siempre eran por falta de dinero o por la juventud de ambos para llevar un hogar, jamás por falta de amor.

Ese divorcio, fue para mí por varios años un divorcio mío con mi padre. La relación siguió, obvio, pero ya mucho más fría de mi parte. Ese señor encantador, de cejas pobladas y perfecto rostro cuadrado, se había desdibujado ante mí.

Recién, ahora, mientras escribo, caigo en que en ese momento mi acusación hacia él fue de “mentiroso”. Quizás, me hubiera gustado que él me contara su decisión de separarse de mi madre, aunque supongo que tampoco lo hubiese entendido.

Con todos sus defectos, y aunque por momentos me siento yo más fuerte y aplomada que él, y aunque hace mucho que no se lo digo, sigo amando a mi padre. Ya no de esa manera irreal de la infancia, en la que él era el poseedor de la verdad y de todos los secretos.

Mi papá sigue en mi mente, a mi lado siempre. Un poco más viejo, con menos pelo, con algunas arrugas marcadas por los momentos felices y los grandes disgustos en su vida. Con una guitarra en las manos, cantando con esa dulce voz algún tema en inglés. Lo imagino también muy joven, tocando y cantando en su banda de rock: "The pollution armony band", espectáculo al que no asistí (porque no había nacido) pero del cual sé tanto que parece hubiera estado ahí.

En homenaje a mi padre, quien con todos sus defectos y todas sus virtudes me apoya siempre aún a la distancia y quien tiene que continuar jugando su papel de “hombre adorable” para mis hermanos. Ya entendí que el divorcio entre padres e hijos no es posible, que podremos patalear mutuamente, pero esa relación no culmina nunca.

En recuerdo también de los padres de la gente que quiero, algunos aún vivos y otros, mucho más vivos en el recuerdo. A quienes conocí y a quienes conozco a través de los relatos de sus hijos.

En memoria de mi abuelo (mi “Patolis”), que suplió la juventud de mi padre, cumpliendo el rol del progenitor clásico, con todas las prohibiciones que eso implica, pero aportándole las libertades de ser “el abuelo”.

Y a mi tío, a quien dios no le dio hijos, pero el diablo le dio sobrinos. Y aquí estoy yo, adoptándolo como padre  y con más problemas y dolores de cabeza que si le tocaba un hijo pequeño.









3 comentarios:

  1. Pensamos que nada es efímero, incluso vivimos creyéndonos inmortales.

    Muy buen texto, muy triste en algunas ocasiones pero al final reflejando el amor que tienes a tu padre y a la gente que te importa.

    Un beso.

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  2. Es bueno reflexionar sobre la columna vertebral que nos identifica como individuos...las cosas las hacen por un motivo y siempre en pos de un beneficio al que creen justificar por todos los medios, difícil escribir en el pupitre de otro, todos tenemos distintas lecciones para dar, pero lo que si puedo decir es que por lo menos tus improntas de adolescente se allanaron, eso es bueno porque la visión se torna mas objetiva...me sobrepase de cursi, me voy a tomar un buen café para limar asperezas!.

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  3. Cuerpos a la deriva: Muchas gracias por leerme. Es cierto, vivimos creyéndonos inmortales y generalmente valoramos las cosas cuando las perdemos. Un beso!!

    Antonio: Jajaja así que considerás que te pusiste cursi? Para nada, además los sentimientos pecan de cursis no?. Un beso!!

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