domingo, 23 de octubre de 2011

¿Ahogamos las penas en una coca?


El viernes por la noche me reencontré con mi gran amigo Charlie Brown. Tras dos años de no vernos, él apareció en mi puerta como si nada. Bueno, mi puerta es un decir, agarró a piedrazos mi ventana porque estaba cansado de esperar por mí (aclaro que el timbre dejó de funcionar hace ya un tiempo gracias a los borrachos que se quedaban con el dedo pegado en él cada fin de semana) y gracias a su gran poder de deducción no le erró de departamento a la hora de hacer su peculiar llamado.

Bajé contenta a darle la bienvenida. Estaba parado en la esquina del frente observando todo como es su costumbre. Nos saludamos como si nos hubiésemos visto ayer. Sin efusividad ni formalismos.

Subimos a su camioneta y no pude evitar sentir cierta nostalgia de aquellos días en los que hablábamos de tonterías dando vueltas en ella. Charlie me había adelantado que venía con un nudo de sensaciones. Su novia desde hace años lo había cambiado en menos de seis horas por otro. Por si fuera poco estaba al borde del desquicio porque le había ido mal en todas las materias de la facultad. Y si alguna más le faltaba, me encontró a mí con un ataque verborrágico increíble. Yo parecía una cotorra que no paraba de hablar contándole todo lo que me había pasado en este tiempo.

Fuimos a su casa, no sin antes pasar en busca de provisiones por el único quiosco que encontramos abierto. Quisimos comprar algo para ahogar nuestras penas, pero el alcohol era materia prohibida pues había veda electoral. Terminamos conformándonos con una coca cola y unos chisitos porque papas fritas o maní tampoco habían. ¡Qué noche desgraciada!- pensé- “todo lo que queremos se escapa de nuestro alcance”.

Ya en su hogar me mostró como se había dado maña para vivir cómodo. Un futón naranja en el living comedor, una extensa mesa de madera y cuatro sillas haciendo juego. De la pared colgaban dos de sus adoraciones: avioncitos arreglados por él y sus amigos aeronáuticos.

Continuamos recorriendo su casa. El dormitorio, bastante grande para lo que me imaginada, tenía una cama de dos plazas resguardada por dos mesas de luz de madera. La pantalla de su LCD brillaba demostrando su gran tamaño, mientras una notebook al lado, parecía una ínfima lucesita resplandeciente. Una ventana abierta en diagonal a la cama permitía la circulación de aire.

Entre recuerdos de nuestros días de vecinos y pensión, reíamos sabiendo que en algún momento sería necesario empezar la confesión de penas que esa noche nos unía. El con el corazón roto, pero aún más con el orgullo herido soltó la primera palabra: “Kathy me dejó por mail luego de haberme dicho que me amaba hace seis horas cuando nos vimos por skype. Me dijo que un chico le propuso ponerse de novios y ella aceptó”.

“Claro, entiendo que yo la dejé hace varios meses y la mandé de vuelta a su casa luego de haber convivido un año y medio. Se debe haber cansado”, reflexionó.

“Por un lado siento una especie de liberación, porque a pesar de mis sentimientos en alguna parte yo sentía que ella no era todo lo que yo quería. Pero me duele igual. En seis horas dejé de ser el amor de su vida”, decía mientras miraba el techo acostado en esa cama que ahora le quedaba enorme.

¿Y tú? Me retó a duelo, ¿qué te pasó?.

“Igual que tú -contesté- me duele un poco el corazón y otro poco el orgullo. Estuve por diez meses con alguien a quien dejé porque no le creía ni lo que comía”.

“Jajaja” soltó estruendosamente Charlie.

“Me hubiese gustado creerle pero no pude. Además, no le confesé cual fue la gota que rebalsó el vaso. No le dije que me contaron que cuando él empezó a salir conmigo estaba saliendo aún con otra. Y eso me partió al medio. Claro que no fue lo único, pero me puse hecha una furia y sin darle explicaciones para no fomentar una tragedia mayor, me callé la boca y sólo puse de manifiesto otros motivos que él ya sabía”.

“Nunca pude confiar en él. ¡Error!, al principio sí, hasta que me contó una historia de engaños que hizo que pusiera en tela de juicio todos sus actos. Para colmo no me incluyó en su vida de la forma que yo esperaba, y todo eso sumado hizo que un día estallara y lo mandara a la mierda”.

“Claro, no sin antes hacerme mierda yo. Y si bien por un lado siento esa liberación de la que hablás, por el otro también siento el dolor, la impotencia, la bronca, el odio y las ganas de ir a buscarlo y gritarle en la cara todo eso que aún me sigue quemando por dentro”.

Charlie y yo nos miramos sin vernos. Yo tenía ganas de llorar y él de matar a alguien. Nos quedamos en silencio en la oscuridad de su dormitorio. Seguíamos acostados en su cama esta vez mirando al techo.
El retomó la charla ofreciéndome un vaso de coca cola. Me reí de su actitud.

“Estamos con el corazón roto y el orgullo herido, pero eso no cambia nada”. “Sigamos viviendo “lentejuela” (así me llama él cuando se pone protector), ya pasarán las penitas”me dijo a modo de consuelo.

Sonreí para no llorar. “Todavía duele, Charlie”, le dije.

Terminamos la coca cola esperando que nos haga el efecto de un whisky. Pero con o sin él, soltamos las tristezas que agobiaban nuestras almas en ese momento.



viernes, 22 de julio de 2011

Feliz Cumpleaños a mí!!!!


Si de títulos se tratase estaría desaprobada por tamaña obviedad, pero como es mi cumpleaños y estoy escribiendo de manera personal y para nada periodística, me permito el pecado.
Otro año más para contar desde que llegué a este mundo. Siempre me hace gacia recordar que horas antes de que yo naciera mi papá quedó inmovilizado presa del terror de saber que mi llegada era inminente. Por única vez en su vida no pudo manejar.
Para mi mamá la historia fue distinta, estaba tan adolorida que lo único que deseaba era que yo saliera de una buena vez. Claro que ambos aún no me esperaban, como para arruinarles la fiesta llegué casi dos meses antes de lo previsto.
Esa historia me la repitieron tantas veces que aunque ya no me la cuenten, ahora soy yo la que se complace en recordarla.
Me hubiese gustado pasar este 23 de julio junto a ellos otra vez, como ese día en el que vine a cambiarles las cosas. Lástima que estemos los tres tan lejos. Aunque quizás no tanto. Imagino que ellos al igual que yo, evocarán los momentos previos a mi llegada; claro que mis recuerdos no son propios, sino contados por terceros.
Esta vez no tengo ganas de hacer un balance del año que dejo. Las cosas que me sucedieron estuvieron dentro de lo esperado: aún no cambié de trabajo,  no me mudé, no hice ningún viaje, no me gané la lotería. Me parece que no estoy muy positiva por el momento, pero vamos, que mi cumple recién empieza.
Se supone que debería estar contenta por algunas cosas, pero no me siento feliz. No es que me pesen los años, ni que sea de esas personas que detestan ver las velitas sobre el pastel espetándoles en la cara que el tiempo pasa. Yo amo toda la puesta en escena que un día así significa. Que todos tus conocidos te recuerden  y que por una vez al año exista un momento dedicado a uno, pues me parece maravilloso. Pero mi tristeza radica en otro lado: está en saber que gente que quiero y que son importante para mí no estarán conmigo esta vez.
Qué más da! No se puede tener todo en esta vida, ni estar bien con Dios y con el diablo. Supongo que ellos saben todo lo que significan y lo mucho que los echo de menos.
Mi teléfono acaba de sonar anunciando la llegada de un mensaje de texto. No puedo menos que sonreír. Acabo de leer la palabra justa para hacer de este día un momento feliz.
Ahora puedo dormir tranquila soñando que el próximo cumple será mejor; ya no en este tránsito prolongado en el que viví.
El desgano se va disipando, los seres  queridos ya no se sienten tan lejanos. De alguna manera toda esa gente que en algún momento formó parte de mi vida está acompañándome. Ya no me siento tan triste. Por fin puedo desearme: Feliz cumpleaños a mí!!!!

viernes, 31 de diciembre de 2010

Bienvenido 2011!!!



Faltan pocas horas para que se termine este 2010 y no quería dejar de pasar por este lugar que me ha traído tantas satisfacciones. Este blog me ha servido de desahogo en momentos en los que  me sentía superada por innumerables situaciones; también, me ha brindado nuevas amistades y ha permitido que a quienes ya conocía de antes, les devele un poco más la locura que llevo dentro.

Mi balance esta vez es positivo y  tengo saldo a mi favor. Quién diría que un año que empezó confuso terminó siendo uno de los mejores de mi vida. Para quienes esperen que relate  grandes sucesos les digo que no, no fueron cambios espectaculares: este año no me casé,  no me recibí, no conseguí el trabajo de mis sueños, no me gané la lotería ni mucho menos. Quizás simplemente aprendí a disfrutar de pequeñas  grandes cosas: de  tener a mi familia con vida (aunque muy lejos físicamente algunos); de los amigos que tengo, que aunque ya no nos vemos tan seguido siguen siendo importantes para mí;  de haber dejado un buen recuerdo en aquellos que en  algún momento fueron protagonistas de mi historia y de aceptar por fin, que cuando algo se acaba  es porque otro comienzo es posible. La vida es un ciclo y hay que aprender a disfrutarla.

Esta noche estarán en mi memoria el día en que me mudé a mi nueva casa, el fin de semana largo en tinieblas que pasé por "ciertos problemas técnicos" (no había cambiado la titularidad de la luz y me dejaron sin servicio), los días de incertidumbre por temor a no poder pagar mis cuentas (esos siguen jajaja pero ya me estoy acomodando); la noche fría en la que cierto personaje irrumpió en mi pantalla y varios días después en mi camino (algunas personas son tan insoportables que uno no puede más que adorarlas y eso es lo que siento ) ; la tarde que mentí con razón justificada y que luego desmentí por razones aún más justificables  (esa no se las conté en el blog porque me da verguenza pero fue el  momento  más incómodo del año y creo que de mi vida).

Fueron muchas las cosas buenas para citarlas ahora y si bien me quedaron en el tintero otras tantas que me hubieran gustado  experimentar,   el año culmina con más satisfacciones que disgustos. Deseo que este 2011 me permita concretar muchos de mis planes, que  mi capacidad de soñar siga intacta (se había tomado vacaciones la muy guacha) y  que el  barajar de nuevo las cartas y jugarle una nueva partida a la vida sea posible.

Feliz año para todos!!!  Brindo a tu salud!

sábado, 18 de diciembre de 2010

Intentando descifrar....



Tengo llena de caricias la piel, pero plagada de laceraciones el alma.
Sigo persiguiendo sueños, pero la realidad sigue dándome cachetadas.
Pretendo olvidar que tengo corazón, pero éste sigue latiendo.
Si pudiera borrar algunos errores, pero sólo puedo cargar con ellos.
Si entendiera la palabra "perdón", quizás podría seguir avanzando.

Para quienes tienen clavadas algunas espinas, para quienes entienden de qué estoy hablando.
Para dejar atrás lo que no tiene solución.  Para quienes aceptan que el bien y el mal subyace en todos. Para quienes quieren seguir soñando.....

miércoles, 10 de noviembre de 2010

¿Y ahora?


Mi vida sufrió un cimbronazo en estos días. Supongo que para muchos una noticia de este tenor no significaría nada, más que dicha; pero para mí, enterarme de  que mi compañero de aventuras infantiles, mi coequiper en las travesuras en casa de nuestros abuelos, mi primito favorito, va a ser papá puso a mil mi cabeza. No es que no me alegre, pero la noticia me cayó como un baldazo de agua fría.

En primer lugar, sabía que mi primo andaba flirteando por ahí con una damisela, pero al no haberme contado nada de su relación, supuse que sería como otras tantas veces, una relación intrascendente. Segundo, teníamos un pacto implícito de que como en nuestra familia abundan los solterones, quizás repetiríamos la dupla formada por la querida  y feliz tía Naty y el ahora, descarado y  atrevido tío Willy, más conocido como el “Doctorcito”.

El asunto es que si bien este verano charlamos sobre conformar una familia, ambos llegamos a la conclusión de que por ahora estaba muy lejos en nuestros planes. Tanto él como yo, estábamos centrados en avanzar en nuestras carreras y obtener mayor rédito económico, para prodigarnos sendos viajes por el extenso mundo. Recuerdo claramente la noche del verano pasado, en la  que chocamos alegremente  nuestros vasos de cerveza y brindamos en pos de una soltería a pleno.

Pero ahora, de buenas a primeras me entero que mi “hermano” de parrandas me abandona. Lo primero que pienso es que ya no tendré con quien hablar  en esas noches plagadas de temas desopilantes en las que debatíamos sobre  la inmortalidad del mosquito o recordábamos “amores” de nuestra adolescencia, para terminar dándonos consuelo mutuo de que para nuestra edad, aún estábamos muy bien. (Mentira de primos supongo)

De pronto hablo con él  por el MSN y lo encuentro embriagado de amor y felicidad; mientras yo, un poco más y destilo bilis, pensando en con quién voy a hablar de vieja cuando quede solterona.  Pero la vida es así,  en menos que canta un gallo, el galán codiciado se sale del ruedo y decide formar una familia.

Quizás sea como me dijo un amigo: “el asuntito de tu primo es que te hace ver que se te está pasando el tiempo y que las cosas van cambiando. Se te fue tu referente de la soltería y la banalidad. De golpe el muchacho te espeta en la cara que está “enamorado” y no sólo eso,  sino que será papá”.

Para mí  fue como verlo crecer de golpe; del chico coquetón y seductor surgió el hombre maduro y responsable, amoroso y dedicado a una sola mujer y soñando con una familia. No es que esté mal. Al contrario me alegro por él; pero aún estoy desconcertada. La noticia revolucionó mi cabecita y no termino de caer.

Adiós mundo efímero de las locuras. De ahora en más mi primo será “un señor” y me retrotraigo a todas esas imágenes de padres de antaño, protectores con sus vástagos y de cara con gesto adusto. El no encaja con eso registros de mi memoria. Mi primo es divertido, cariñoso y algo loco; ¿cómo es posible que ahora vaya a existir alguien que lo llame “papá”? ¿Cuándo cambió todo? ¿Cómo pasó?

El está que no cabe en su cuerpo de la felicidad y yo parezco una insensible, rara y extraña por no poder entender qué se siente. En un acto de confianza supremo le reclamo a mi primo por abandonarme en el duro apostolado de la soltería eterna. Él, pícaro se ríe y me sugiere con todo su locuacidad: “Jacquie, tú misma eres. En el momento menos pensado te pasa y vas a ver qué ilusión se siente”.

Más tensa me puso el asunto y pienso en que el tema “descendencia” me cuesta. Ya no sé si me falla el instinto maternal, si estoy deshumanizada, si me falta el gen “femenino” o qué “error” existe en mí. Pero por ahora, la idea de cambiar pañales y  cuidar a una personita hasta el fin de mis días, me resulta  aterrador y ajeno.

La vida por momentos transcurre demasiado rápido creo,  en seis meses le cambió la perspectiva a mi primo, mientras que en 31 años no  le pasó nada absolutamente movilizante;  y en un día me cambió el panorama a mí.  "Soy la mujer mayor de la familia con perspectivas de soledad gratamente alentadoras".

Mientras sigo pensando en un nombre para el futuro heredero de la familia,  le digo a mi primo que espero  que su bebé sea mujer para que le dé unos buenos dolores de cabeza (jajaja no puedo con mi sed de revancha), además, empiezo a creer que  mejor que me busque un perrito faldero para que me acompañe en mis noches de "solterona" próxima. 

Pd. Se aceptan sugerencias de cómo paliar el hastío. 
Agradece la Tía Jacquie ( En Perú se les denomina "tías" a las mujeres pasaditas en        edad para ser consideradas "solteras") 

jueves, 30 de septiembre de 2010

Ya casi lo olvidaba...


Hace unos días leí en un blog que sigo (Busco novia de Alfredo Rusca) un fragmento que me hizo caer en cuenta de qué era lo que quería la próxima vez que se me cruzara en el camino alguien que me gustase: “a la próxima chica con la que salga, la voy a llevar a comer hamburguesas al Bembos, esa será nuestra primera cita, después iremos a Camino Real, tal vez ella salga con una falda escocesa, mocasines y lleve las medias altas. Tal vez luzca una media cola y entienda de lo que estoy hablando. Y si todo sale bien en la primera cita, en la segunda iremos a bailar lentas y en la tercera buscaremos la película más romántica de la cartelera y en la última fila del cine, guarecidos de nuevo por la semioscuridad, con mucha cancha y sin vergüenza, nos pondremos a chapar como dos chibolos enamorados a los que no les importa el tiempo, ni la edad, ni el futuro, ni nada”. “Esos son los días que valen la pena; esos son los días que nunca terminan”.

Cuando llegué al final del post, me quedé absorta pensando cuándo había sido la última vez que me había permitido disfrutar de un momento así de simple y mágico. Me dí cuenta de que hace mucho no lo hacía. Las últimas relaciones que tuve fueron más bien extrañas, plagadas de momentos forzados y evaluadas a cada paso que daba. Disfrutar algo de esa forma resultaba imposible. Encima, con la pesada mochila de los errores pasados y los nuevos miedos, menos que menos tenía ganas de conocer a alguien.

Tampoco sabía si buscaba algo, o alguien. Simplemente quería soñar de nuevo y relajarme sin desesperar el paso.

Caí en la que cuenta en que anhelo, sí, que la próxima vez que se me cruce alguien que me importe, sentir esa tremenda libertad impune de enamorarme, sin pensar si la relación se encamina para algo serio, si el hombre en cuestión será el que me conviene o si definitivamente se quedará conmigo hasta el último de mis días.

Si eso pasara no quisiera hacerme ninguna de esas preguntas, ni que mi racionalidad aflore, metiendo sus narices en cuestiones en las que nada tiene que ver.

Me gustaría correr con alguien en una playa desierta y que entienda lo que siento cuando contemplo el mar en silencio. Quisiera que no le importe si estoy más gorda o más flaca, ni si mi pelo no está bien peinado a diario. Quisiera que no se asuste cuando me vea llorar y entienda que a veces necesito explotar. Quisiera un abrazo interminable, sin palabras para escuchar. Quisiera que las formalidades entre nosotros quedasen de lado, y que los tiempos fueran los nuestros y no el dictado de una sociedad. Quisiera ser yo, sin la necesidad de interpretar un personaje. Quisiera encontrar a mi cómplice en el juego de las miradas robadas. Quisiera el absurdo de estar enamorada.

Y si todo eso llegara, quisiera perder el miedo.

domingo, 12 de septiembre de 2010

El reencuentro...


Hace días que no escribía, creo que estaba esperando a que pasara algo que me sacara del letargo en el que había caído, tras un mes agotador como resultó ser agosto.

Septiembre estaba empezando sin muchas expectativas, salvo volver a ver a uno de los amigos más importantes que he tenido en mi vida, a quien no veía hace casi diez años. Nuestra amistad siempre fue extraña, no porque careciera de sinceridad sino por múltiples factores que nos acercaban/separaban. Desde habernos conocido de casualidad en la casa de mi amiga M., una tarde de otoño, en la que casi ni hablamos y en la que él se dedicó a mirarme como si yo fuera una cajita de cristal a punto de romperse, hasta habernos dejado de frecuentar por esas cosas que tiene el destino, de hacer que el trabajo y la familia nos llevaran por caminos diferentes.

Lo curioso es que en estos nueve años que no nos cruzamos, estuvimos muchas veces a punto de hacerlo, pero sacando cuentas, la vida se empeñaba en hacer que llegáramos por segundos, tarde, al mismo lugar. Así, por más que él trató infructuosamente de encontrarme durante todo este tiempo, nunca pudo hacerlo.

Por amigos en común se enteró que yo estaba de novia, y luego por mis tíos, que me había casado.  Yo de él, supe algunas cosas por mis amigas. Me enteré que se había mudado, después de mucho tiempo me contaron, además, que su padre había fallecido, dejándolo con una sensación de soledad incomparable. Años más tarde, me llegaron rumores de que estaba de novio, había conocido una buena chica y estaban conviviendo.

Éramos buenos amigos, pero supongo que quedamos en “amistad” por esas cuestiones “cobardes” que uno acarrea durante su vida. Nunca cruzamos el puente para cambiar el tipo de relación que teníamos. Recuerdo nuestras charlas en la puerta de mi casa, las vueltas en auto sin ir hacia ningún lado, cuando lo único que contaba era tener tiempo juntos para descubrirnos. Tampoco olvidé los jazmines que siempre me traía, ni lo extasiada que quedaba con el aroma de las delicadas flores. Las canciones “extrañas”, como las llamaba él, que yo cantaba como poseída, en su auto. Teníamos una amistad hermosa, inocente, pero cuestionada por mucha gente: éramos el agua y el aceite, en esa época, para todos nuestros conocidos.

Qué nos hizo ser amigos, jamás los sabremos. Qué nos hizo alejarnos, tampoco.

El tema es que este sábado me despertó su voz al otro lado del teléfono. Sabía que venía, es más, lo esperaba.

Apenas escuchó mi adormecido “hola”, me preguntó: “¿te desperté?”. “Sí”, respondí, sin tener tiempo para reflexionar y mentirle. “Perdoname”, me dijo. “Está bien, no hay problema”, remarqué.

Luego de pasarle mi dirección y de quedarme unos segundos en la cama pensando cuándo había sido la última que vez que nos habíamos visto, me inundó el ataque de coquetería y salí corriendo hacia el baño para arreglarme un poco. Me peiné como pude; esta vez mi pelo lacio no me obedeció e insistía en marcar una pequeña onda a la altura de mis orejas.

Miré mi rostro y estaba más pálido que nunca. Sabía que iba a recibir alguna broma debido a mi “blanca palidez”, siempre había sido un motivo para ser objeto de sus burlas. Me puse una remera negra ajustada y un jean azul gastado. No alcancé a ponerme las botas cuando sonó el timbre. Me asomé a la ventana y pude ver su sombra de un metro ochenta en la vereda. Bajé a abrirle sin pensar en cómo sería el momento de verlo. Preferí ni pensarlo. Las cortas escaleras se me hicieron eternas pese a que bajé corriendo. Abrí la puerta y ahí estaba con la misma expresión dulce en el rostro, sólo que esta vez llevaba anteojos. Nos abrazamos fuerte, de la misma forma que antes. Sentí que los diez años que nos separaban habían sido apenas diez días. Se apartó de mí y se dedicó a mirarme tal y como  lo hizo el día que nos conocimos, de nuevo sentí que me observaba con delicadeza, como buscando no quebrarme por la imprudencia. Rompió el encanto la voz de su primo Antonio, quien me dijo risueño “y para mí abrazo no hay; yo también no te veo hace diez años”. “Claro, Tony, contesté” y con un abrazo, menos sentido, los invité a pasar.

Una vez en mi departamento les ofrecí desayunar. Ambos prefirieron tomar unos mates.

Mientras preparaba las cosas para empezar a cebar los requeridos mates, mi amigo no se aguantó más y me dijo “estás igual. La misma cara de pendeja, pálida y con la boca roja”. Lo miré como descubierta, él nunca había hablado de mi boca en público y la única vez que había dicho algo de ella, había sido una confesión una noche en la que entre copas, me reveló que le gustaban mis labios. Según me explicó esa vez, le resultaba terriblemente atractivo que tuviera el labio inferior más grueso, y que  mantuviera los labios entreabiertos, algunas veces, sin darme cuenta.

Por eso, que mencionara mi boca así de una y delante de su primo Tony, me inquietó. Mi amigo continuó como si nada, y seguimos hablando de cómo nos había tratado la vida a los tres durante todo ese tiempo.

Tony, quien tenía 17 años en aquellos días, era ya un hombre de 27 años. No había cambiado tanto en su carácter, me lo demostró con sus continuos comentarios; tampoco se había inhibido con el tiempo. En un arranque de alegría se puso a bailar como lo hacíamos en esa época, cuando el grupo que éramos salía en busca de boliches. Mi amigo D y yo nos miramos cómplices, y soltamos una carcajada. No había duda, Antonio seguía siendo el mismo payaso de ojos verdes que tanto nos divertía.

Hablamos de nuestras vidas y mientras nos contábamos cosas, Tony, como siempre, me puso el dedo en la llaga. De repente me soltó: “vos te la perdiste, nunca le hiciste caso a mi primo. Al final, ¿te casaste con el rubio de la bicicleta?”. Nerviosa, le respondí que sí, que me había casado con el chico rubio.

“D” un tanto incómodo, aclaró: “bueno Tony, yo tampoco jamás le dije nada en serio a ella. Siempre fuimos amigos. Además, era lógico que se casara”. Antonio iba a abrir otra vez su bocota, pero “D” le hizo un gesto que logró que Tony se mordiera la lengua y simplemente mascullara: “yo sólo quería saber cómo habían sido las cosas”.

“No hay nada que saber Tony” agregué “D y yo siempre fuimos sólo amigos”.

El muchacho de los ojos verdes no contento con nuestras respuestas añadió: “sí, pero en esa época a mi me daba la impresión de que se gustaban. Ustedes digan lo que quieran, para mí fueron dos tontos”.

“D” lo miró serio y Tony ya no siguió con sus polémicas apreciaciones. Yo, en un ataque conciliador, sólo me reí y le dije: “éramos chicos, no sabíamos ni lo que sentíamos”.

Luego de que la charla volviera a su cauce normal quedamos en vernos para almorzar en el centro. “D” y Tony se fueron, y yo quedé llena de dudas.

Me acosté y las palabras de Tony resonaron con fuerza en el silencio.

Al mediodía, Tony, “D” y yo estábamos en el lugar acordado. Comimos felices, recordando viejas épocas. “D” mencionó que en ese entonces mi pelo estaba más claro  y bromeó con las canciones “raras” que yo le “obligaba” a escuchar y que encima “ladraba”, calificó. Me reí de sus recuerdos, y le dije que nunca olvidaba lo ordenado que era él, y como una vez me levantó en sus brazos para que no me mojara con la lluvia y se echó a correr conmigo a cuestas, ante mi cara de espanto.

“Sí, odias hacer el ridículo”, se sonrió D. No dije nada esa vez. Tras un almuerzo extenso y una sobremesa más larga aún, nos quedamos solos. Tony, se despidió para ir a ver a otros amigos.

“D” me miró y me dijo serio: “nos debemos una charla, ¿no?”, me reí y le dije: “creo que sí”.

“¿Fuiste feliz?” me preguntó. “Muy feliz, pero un buen día se acabó y acá estoy, otra vez sola", respondí.

“Y ¿vos? –añadí- ¿sos feliz con ella?”. “Mmm feliz, feliz, como lo que esperaba, no. Vivo bien, ella es buena persona. Pero no sé, por ejemplo, no queremos hijos porque no queremos atarnos, ni ella a mí ni yo a ella”.

Y agregó: “pero no se me ocurre separarme, me da miedo quedarme solo otra vez, sentirme débil, volver a estar como cuando me quedé sin nada, sin mi viejo, sin amigos, sin nada”.

Lo miré conmovida y le dije: “Te entiendo, D”.

“Uno es feliz como puede. Yo ahora soy feliz sola, con lo que tengo y me siento bien. Al rubio de la bicicleta aún lo veo y lo quiero un montón” mencioné “D” me interrumpió y agregó: “es un buen chico, pero justo apareció cuando yo te iba a invitar a salir, pero eso pasó hace muuucho tiempo. Mejor ni lo recuerdo”.

Después de contemplarnos como antes, quedamos en silencio. Tras largos minutos, “D” me dijo que era extraño lo que sentía por mí. Que después de tanto tiempo, “ciertas” cosas seguían intactas. Que no sabía qué nombre darle a lo que sentía ahora.

Lo miré a los ojos como buscando la respuesta y le dije que nunca supe qué fue lo que sentimos, por ende, mucho menos ahora, pero una cosa sí tenía claro y era que lo quería.

Me abrazó en un abrazo interminable, me miró a los ojos y me susurró “¿amigos, entonces?” “Sí, amigos” le dije.

Luego prometimos volver a vernos más seguido y no perder el contacto. Me confesó que le había alegrado verme y que esas horas juntos, habían sido como tener 20 otra vez. Que por un momento se olvidó de sus problemas de pareja, sus insatisfacciones cotidianas y todas las frustraciones que arrastraba. La tarde  sin dudas fue mágica para ambos. Yo jugué a hacerle gestos en la calle y él me persiguió como antes. Me sacó el broche del pelo como era su costumbre y olvidó lo que siempre le advertía, que no me gustaba que me acaricien las mejillas.

Tras todo eso llegó el momento de la despedida. D me besó en la frente, en el mentón y cuando se acercaba a mis labios, lo detuve. “Mejor quedarnos así”, le imploré.

“Claro”, me dijo, “eso nunca formó parte de nosotros”.

“D” se alejó de mi vista caminando despacio. Observé a la distancia su armonioso cuerpo: la espalda ancha, la cintura pequeña. Esas piernas largas, atléticas, que siempre admiré. Su pelo castaño, siempre bien peinado y su increíble perfume. Había olvidado casi que compartíamos la locura por los olores que nos resultaban deliciosos.

Ahora me siento triste, “D” siempre será mi amigo y supongo que nos veremos cada cierto tiempo; pero, las revelaciones de “sentimientos” a destiempo se han vuelto una constante que duele a partir de los 30. A veces pienso que preferiría no saber cuáles fueron los verdaderos sentimientos de esas personas y quedar en una nebulosa eterna. Si a los 20 no fuimos capaces de asumir lo que nos pasaba porqué aparecemos a los 30 confesando corazones rotos. ¿Es una especie de egoísmo liberador que padecen los que revelan sus secretos tras tantos años?

A mí no me liberó nada saberlo, sólo confirmó lo que ya sabía en ese entonces, que él y yo nunca estaremos juntos. Que seguimos siendo el agua y el aceite. Que el destino o como él quiera llamarlo, siempre nos aleja y que lo único perdurable y valioso  hay entre nosotros se llama "amistad".

El siguiente video me recordó muchísimo a como éramos en esa época: http://www.youtube.com/watch?v=MSzXbBRHJrM&feature=related