miércoles, 10 de noviembre de 2010

¿Y ahora?


Mi vida sufrió un cimbronazo en estos días. Supongo que para muchos una noticia de este tenor no significaría nada, más que dicha; pero para mí, enterarme de  que mi compañero de aventuras infantiles, mi coequiper en las travesuras en casa de nuestros abuelos, mi primito favorito, va a ser papá puso a mil mi cabeza. No es que no me alegre, pero la noticia me cayó como un baldazo de agua fría.

En primer lugar, sabía que mi primo andaba flirteando por ahí con una damisela, pero al no haberme contado nada de su relación, supuse que sería como otras tantas veces, una relación intrascendente. Segundo, teníamos un pacto implícito de que como en nuestra familia abundan los solterones, quizás repetiríamos la dupla formada por la querida  y feliz tía Naty y el ahora, descarado y  atrevido tío Willy, más conocido como el “Doctorcito”.

El asunto es que si bien este verano charlamos sobre conformar una familia, ambos llegamos a la conclusión de que por ahora estaba muy lejos en nuestros planes. Tanto él como yo, estábamos centrados en avanzar en nuestras carreras y obtener mayor rédito económico, para prodigarnos sendos viajes por el extenso mundo. Recuerdo claramente la noche del verano pasado, en la  que chocamos alegremente  nuestros vasos de cerveza y brindamos en pos de una soltería a pleno.

Pero ahora, de buenas a primeras me entero que mi “hermano” de parrandas me abandona. Lo primero que pienso es que ya no tendré con quien hablar  en esas noches plagadas de temas desopilantes en las que debatíamos sobre  la inmortalidad del mosquito o recordábamos “amores” de nuestra adolescencia, para terminar dándonos consuelo mutuo de que para nuestra edad, aún estábamos muy bien. (Mentira de primos supongo)

De pronto hablo con él  por el MSN y lo encuentro embriagado de amor y felicidad; mientras yo, un poco más y destilo bilis, pensando en con quién voy a hablar de vieja cuando quede solterona.  Pero la vida es así,  en menos que canta un gallo, el galán codiciado se sale del ruedo y decide formar una familia.

Quizás sea como me dijo un amigo: “el asuntito de tu primo es que te hace ver que se te está pasando el tiempo y que las cosas van cambiando. Se te fue tu referente de la soltería y la banalidad. De golpe el muchacho te espeta en la cara que está “enamorado” y no sólo eso,  sino que será papá”.

Para mí  fue como verlo crecer de golpe; del chico coquetón y seductor surgió el hombre maduro y responsable, amoroso y dedicado a una sola mujer y soñando con una familia. No es que esté mal. Al contrario me alegro por él; pero aún estoy desconcertada. La noticia revolucionó mi cabecita y no termino de caer.

Adiós mundo efímero de las locuras. De ahora en más mi primo será “un señor” y me retrotraigo a todas esas imágenes de padres de antaño, protectores con sus vástagos y de cara con gesto adusto. El no encaja con eso registros de mi memoria. Mi primo es divertido, cariñoso y algo loco; ¿cómo es posible que ahora vaya a existir alguien que lo llame “papá”? ¿Cuándo cambió todo? ¿Cómo pasó?

El está que no cabe en su cuerpo de la felicidad y yo parezco una insensible, rara y extraña por no poder entender qué se siente. En un acto de confianza supremo le reclamo a mi primo por abandonarme en el duro apostolado de la soltería eterna. Él, pícaro se ríe y me sugiere con todo su locuacidad: “Jacquie, tú misma eres. En el momento menos pensado te pasa y vas a ver qué ilusión se siente”.

Más tensa me puso el asunto y pienso en que el tema “descendencia” me cuesta. Ya no sé si me falla el instinto maternal, si estoy deshumanizada, si me falta el gen “femenino” o qué “error” existe en mí. Pero por ahora, la idea de cambiar pañales y  cuidar a una personita hasta el fin de mis días, me resulta  aterrador y ajeno.

La vida por momentos transcurre demasiado rápido creo,  en seis meses le cambió la perspectiva a mi primo, mientras que en 31 años no  le pasó nada absolutamente movilizante;  y en un día me cambió el panorama a mí.  "Soy la mujer mayor de la familia con perspectivas de soledad gratamente alentadoras".

Mientras sigo pensando en un nombre para el futuro heredero de la familia,  le digo a mi primo que espero  que su bebé sea mujer para que le dé unos buenos dolores de cabeza (jajaja no puedo con mi sed de revancha), además, empiezo a creer que  mejor que me busque un perrito faldero para que me acompañe en mis noches de "solterona" próxima. 

Pd. Se aceptan sugerencias de cómo paliar el hastío. 
Agradece la Tía Jacquie ( En Perú se les denomina "tías" a las mujeres pasaditas en        edad para ser consideradas "solteras") 

jueves, 30 de septiembre de 2010

Ya casi lo olvidaba...


Hace unos días leí en un blog que sigo (Busco novia de Alfredo Rusca) un fragmento que me hizo caer en cuenta de qué era lo que quería la próxima vez que se me cruzara en el camino alguien que me gustase: “a la próxima chica con la que salga, la voy a llevar a comer hamburguesas al Bembos, esa será nuestra primera cita, después iremos a Camino Real, tal vez ella salga con una falda escocesa, mocasines y lleve las medias altas. Tal vez luzca una media cola y entienda de lo que estoy hablando. Y si todo sale bien en la primera cita, en la segunda iremos a bailar lentas y en la tercera buscaremos la película más romántica de la cartelera y en la última fila del cine, guarecidos de nuevo por la semioscuridad, con mucha cancha y sin vergüenza, nos pondremos a chapar como dos chibolos enamorados a los que no les importa el tiempo, ni la edad, ni el futuro, ni nada”. “Esos son los días que valen la pena; esos son los días que nunca terminan”.

Cuando llegué al final del post, me quedé absorta pensando cuándo había sido la última vez que me había permitido disfrutar de un momento así de simple y mágico. Me dí cuenta de que hace mucho no lo hacía. Las últimas relaciones que tuve fueron más bien extrañas, plagadas de momentos forzados y evaluadas a cada paso que daba. Disfrutar algo de esa forma resultaba imposible. Encima, con la pesada mochila de los errores pasados y los nuevos miedos, menos que menos tenía ganas de conocer a alguien.

Tampoco sabía si buscaba algo, o alguien. Simplemente quería soñar de nuevo y relajarme sin desesperar el paso.

Caí en la que cuenta en que anhelo, sí, que la próxima vez que se me cruce alguien que me importe, sentir esa tremenda libertad impune de enamorarme, sin pensar si la relación se encamina para algo serio, si el hombre en cuestión será el que me conviene o si definitivamente se quedará conmigo hasta el último de mis días.

Si eso pasara no quisiera hacerme ninguna de esas preguntas, ni que mi racionalidad aflore, metiendo sus narices en cuestiones en las que nada tiene que ver.

Me gustaría correr con alguien en una playa desierta y que entienda lo que siento cuando contemplo el mar en silencio. Quisiera que no le importe si estoy más gorda o más flaca, ni si mi pelo no está bien peinado a diario. Quisiera que no se asuste cuando me vea llorar y entienda que a veces necesito explotar. Quisiera un abrazo interminable, sin palabras para escuchar. Quisiera que las formalidades entre nosotros quedasen de lado, y que los tiempos fueran los nuestros y no el dictado de una sociedad. Quisiera ser yo, sin la necesidad de interpretar un personaje. Quisiera encontrar a mi cómplice en el juego de las miradas robadas. Quisiera el absurdo de estar enamorada.

Y si todo eso llegara, quisiera perder el miedo.

domingo, 12 de septiembre de 2010

El reencuentro...


Hace días que no escribía, creo que estaba esperando a que pasara algo que me sacara del letargo en el que había caído, tras un mes agotador como resultó ser agosto.

Septiembre estaba empezando sin muchas expectativas, salvo volver a ver a uno de los amigos más importantes que he tenido en mi vida, a quien no veía hace casi diez años. Nuestra amistad siempre fue extraña, no porque careciera de sinceridad sino por múltiples factores que nos acercaban/separaban. Desde habernos conocido de casualidad en la casa de mi amiga M., una tarde de otoño, en la que casi ni hablamos y en la que él se dedicó a mirarme como si yo fuera una cajita de cristal a punto de romperse, hasta habernos dejado de frecuentar por esas cosas que tiene el destino, de hacer que el trabajo y la familia nos llevaran por caminos diferentes.

Lo curioso es que en estos nueve años que no nos cruzamos, estuvimos muchas veces a punto de hacerlo, pero sacando cuentas, la vida se empeñaba en hacer que llegáramos por segundos, tarde, al mismo lugar. Así, por más que él trató infructuosamente de encontrarme durante todo este tiempo, nunca pudo hacerlo.

Por amigos en común se enteró que yo estaba de novia, y luego por mis tíos, que me había casado.  Yo de él, supe algunas cosas por mis amigas. Me enteré que se había mudado, después de mucho tiempo me contaron, además, que su padre había fallecido, dejándolo con una sensación de soledad incomparable. Años más tarde, me llegaron rumores de que estaba de novio, había conocido una buena chica y estaban conviviendo.

Éramos buenos amigos, pero supongo que quedamos en “amistad” por esas cuestiones “cobardes” que uno acarrea durante su vida. Nunca cruzamos el puente para cambiar el tipo de relación que teníamos. Recuerdo nuestras charlas en la puerta de mi casa, las vueltas en auto sin ir hacia ningún lado, cuando lo único que contaba era tener tiempo juntos para descubrirnos. Tampoco olvidé los jazmines que siempre me traía, ni lo extasiada que quedaba con el aroma de las delicadas flores. Las canciones “extrañas”, como las llamaba él, que yo cantaba como poseída, en su auto. Teníamos una amistad hermosa, inocente, pero cuestionada por mucha gente: éramos el agua y el aceite, en esa época, para todos nuestros conocidos.

Qué nos hizo ser amigos, jamás los sabremos. Qué nos hizo alejarnos, tampoco.

El tema es que este sábado me despertó su voz al otro lado del teléfono. Sabía que venía, es más, lo esperaba.

Apenas escuchó mi adormecido “hola”, me preguntó: “¿te desperté?”. “Sí”, respondí, sin tener tiempo para reflexionar y mentirle. “Perdoname”, me dijo. “Está bien, no hay problema”, remarqué.

Luego de pasarle mi dirección y de quedarme unos segundos en la cama pensando cuándo había sido la última que vez que nos habíamos visto, me inundó el ataque de coquetería y salí corriendo hacia el baño para arreglarme un poco. Me peiné como pude; esta vez mi pelo lacio no me obedeció e insistía en marcar una pequeña onda a la altura de mis orejas.

Miré mi rostro y estaba más pálido que nunca. Sabía que iba a recibir alguna broma debido a mi “blanca palidez”, siempre había sido un motivo para ser objeto de sus burlas. Me puse una remera negra ajustada y un jean azul gastado. No alcancé a ponerme las botas cuando sonó el timbre. Me asomé a la ventana y pude ver su sombra de un metro ochenta en la vereda. Bajé a abrirle sin pensar en cómo sería el momento de verlo. Preferí ni pensarlo. Las cortas escaleras se me hicieron eternas pese a que bajé corriendo. Abrí la puerta y ahí estaba con la misma expresión dulce en el rostro, sólo que esta vez llevaba anteojos. Nos abrazamos fuerte, de la misma forma que antes. Sentí que los diez años que nos separaban habían sido apenas diez días. Se apartó de mí y se dedicó a mirarme tal y como  lo hizo el día que nos conocimos, de nuevo sentí que me observaba con delicadeza, como buscando no quebrarme por la imprudencia. Rompió el encanto la voz de su primo Antonio, quien me dijo risueño “y para mí abrazo no hay; yo también no te veo hace diez años”. “Claro, Tony, contesté” y con un abrazo, menos sentido, los invité a pasar.

Una vez en mi departamento les ofrecí desayunar. Ambos prefirieron tomar unos mates.

Mientras preparaba las cosas para empezar a cebar los requeridos mates, mi amigo no se aguantó más y me dijo “estás igual. La misma cara de pendeja, pálida y con la boca roja”. Lo miré como descubierta, él nunca había hablado de mi boca en público y la única vez que había dicho algo de ella, había sido una confesión una noche en la que entre copas, me reveló que le gustaban mis labios. Según me explicó esa vez, le resultaba terriblemente atractivo que tuviera el labio inferior más grueso, y que  mantuviera los labios entreabiertos, algunas veces, sin darme cuenta.

Por eso, que mencionara mi boca así de una y delante de su primo Tony, me inquietó. Mi amigo continuó como si nada, y seguimos hablando de cómo nos había tratado la vida a los tres durante todo ese tiempo.

Tony, quien tenía 17 años en aquellos días, era ya un hombre de 27 años. No había cambiado tanto en su carácter, me lo demostró con sus continuos comentarios; tampoco se había inhibido con el tiempo. En un arranque de alegría se puso a bailar como lo hacíamos en esa época, cuando el grupo que éramos salía en busca de boliches. Mi amigo D y yo nos miramos cómplices, y soltamos una carcajada. No había duda, Antonio seguía siendo el mismo payaso de ojos verdes que tanto nos divertía.

Hablamos de nuestras vidas y mientras nos contábamos cosas, Tony, como siempre, me puso el dedo en la llaga. De repente me soltó: “vos te la perdiste, nunca le hiciste caso a mi primo. Al final, ¿te casaste con el rubio de la bicicleta?”. Nerviosa, le respondí que sí, que me había casado con el chico rubio.

“D” un tanto incómodo, aclaró: “bueno Tony, yo tampoco jamás le dije nada en serio a ella. Siempre fuimos amigos. Además, era lógico que se casara”. Antonio iba a abrir otra vez su bocota, pero “D” le hizo un gesto que logró que Tony se mordiera la lengua y simplemente mascullara: “yo sólo quería saber cómo habían sido las cosas”.

“No hay nada que saber Tony” agregué “D y yo siempre fuimos sólo amigos”.

El muchacho de los ojos verdes no contento con nuestras respuestas añadió: “sí, pero en esa época a mi me daba la impresión de que se gustaban. Ustedes digan lo que quieran, para mí fueron dos tontos”.

“D” lo miró serio y Tony ya no siguió con sus polémicas apreciaciones. Yo, en un ataque conciliador, sólo me reí y le dije: “éramos chicos, no sabíamos ni lo que sentíamos”.

Luego de que la charla volviera a su cauce normal quedamos en vernos para almorzar en el centro. “D” y Tony se fueron, y yo quedé llena de dudas.

Me acosté y las palabras de Tony resonaron con fuerza en el silencio.

Al mediodía, Tony, “D” y yo estábamos en el lugar acordado. Comimos felices, recordando viejas épocas. “D” mencionó que en ese entonces mi pelo estaba más claro  y bromeó con las canciones “raras” que yo le “obligaba” a escuchar y que encima “ladraba”, calificó. Me reí de sus recuerdos, y le dije que nunca olvidaba lo ordenado que era él, y como una vez me levantó en sus brazos para que no me mojara con la lluvia y se echó a correr conmigo a cuestas, ante mi cara de espanto.

“Sí, odias hacer el ridículo”, se sonrió D. No dije nada esa vez. Tras un almuerzo extenso y una sobremesa más larga aún, nos quedamos solos. Tony, se despidió para ir a ver a otros amigos.

“D” me miró y me dijo serio: “nos debemos una charla, ¿no?”, me reí y le dije: “creo que sí”.

“¿Fuiste feliz?” me preguntó. “Muy feliz, pero un buen día se acabó y acá estoy, otra vez sola", respondí.

“Y ¿vos? –añadí- ¿sos feliz con ella?”. “Mmm feliz, feliz, como lo que esperaba, no. Vivo bien, ella es buena persona. Pero no sé, por ejemplo, no queremos hijos porque no queremos atarnos, ni ella a mí ni yo a ella”.

Y agregó: “pero no se me ocurre separarme, me da miedo quedarme solo otra vez, sentirme débil, volver a estar como cuando me quedé sin nada, sin mi viejo, sin amigos, sin nada”.

Lo miré conmovida y le dije: “Te entiendo, D”.

“Uno es feliz como puede. Yo ahora soy feliz sola, con lo que tengo y me siento bien. Al rubio de la bicicleta aún lo veo y lo quiero un montón” mencioné “D” me interrumpió y agregó: “es un buen chico, pero justo apareció cuando yo te iba a invitar a salir, pero eso pasó hace muuucho tiempo. Mejor ni lo recuerdo”.

Después de contemplarnos como antes, quedamos en silencio. Tras largos minutos, “D” me dijo que era extraño lo que sentía por mí. Que después de tanto tiempo, “ciertas” cosas seguían intactas. Que no sabía qué nombre darle a lo que sentía ahora.

Lo miré a los ojos como buscando la respuesta y le dije que nunca supe qué fue lo que sentimos, por ende, mucho menos ahora, pero una cosa sí tenía claro y era que lo quería.

Me abrazó en un abrazo interminable, me miró a los ojos y me susurró “¿amigos, entonces?” “Sí, amigos” le dije.

Luego prometimos volver a vernos más seguido y no perder el contacto. Me confesó que le había alegrado verme y que esas horas juntos, habían sido como tener 20 otra vez. Que por un momento se olvidó de sus problemas de pareja, sus insatisfacciones cotidianas y todas las frustraciones que arrastraba. La tarde  sin dudas fue mágica para ambos. Yo jugué a hacerle gestos en la calle y él me persiguió como antes. Me sacó el broche del pelo como era su costumbre y olvidó lo que siempre le advertía, que no me gustaba que me acaricien las mejillas.

Tras todo eso llegó el momento de la despedida. D me besó en la frente, en el mentón y cuando se acercaba a mis labios, lo detuve. “Mejor quedarnos así”, le imploré.

“Claro”, me dijo, “eso nunca formó parte de nosotros”.

“D” se alejó de mi vista caminando despacio. Observé a la distancia su armonioso cuerpo: la espalda ancha, la cintura pequeña. Esas piernas largas, atléticas, que siempre admiré. Su pelo castaño, siempre bien peinado y su increíble perfume. Había olvidado casi que compartíamos la locura por los olores que nos resultaban deliciosos.

Ahora me siento triste, “D” siempre será mi amigo y supongo que nos veremos cada cierto tiempo; pero, las revelaciones de “sentimientos” a destiempo se han vuelto una constante que duele a partir de los 30. A veces pienso que preferiría no saber cuáles fueron los verdaderos sentimientos de esas personas y quedar en una nebulosa eterna. Si a los 20 no fuimos capaces de asumir lo que nos pasaba porqué aparecemos a los 30 confesando corazones rotos. ¿Es una especie de egoísmo liberador que padecen los que revelan sus secretos tras tantos años?

A mí no me liberó nada saberlo, sólo confirmó lo que ya sabía en ese entonces, que él y yo nunca estaremos juntos. Que seguimos siendo el agua y el aceite. Que el destino o como él quiera llamarlo, siempre nos aleja y que lo único perdurable y valioso  hay entre nosotros se llama "amistad".

El siguiente video me recordó muchísimo a como éramos en esa época: http://www.youtube.com/watch?v=MSzXbBRHJrM&feature=related

domingo, 29 de agosto de 2010

"Igual"


Es un clásico domingo a la noche, de esos que a mis once años odiaba porque sabía que el lunes había de nuevo escuela; los mismos domingos que a los 16 amaba, exactamente por la misma razón (otra vez colegio y ver al chico que me tenía loca). Ahora los domingos tienen otro sabor. La inminencia del trabajo hasta me agrada, y digo "otra vez lunes", complacida.

Pero no era ni de los lunes ni de los domingos que quería hablar,  sólo que vinieron a mi mente cuando pensaba en ese pasado ya enterrado muchos años atrás y que se hizo presente trayéndome alegrías.

De pronto un mail inesperado, luego una llamada, y mil recuerdos inundando mi cabeza. El pasado surgió de la nada con pequeñas señales: el domingo pasado exactamente, vi a ciertas personas que me recordaron esa etapa de mi vida, pero le resté importancia. Luego llegó el mail. ¡Qué casualidad! pensé en ese momento. Luego el llamado para hablar sobre esa época.

Tras la emoción inicial, me quedé reflexionando como el pasado, el presente y el futuro se unen de forma tan clara algunas veces.

Eso trajo a mi mente otras enseñanzas que me repetía mi madre hasta el hartazgo: "Siembra para que algún día puedas cosechar" y  advertía luego: "pero asegúrate de que sean cosas buenas y de dejar un buen recuerdo para que puedas volver".  Si bien nunca analicé sus dichos a conciencia, creo que los apliqué la mayoría de veces.

Ahora, ese pasado plagado de historias increíbles vuelve; de pronto, otra vez siento que soy la cenicienta favorecida por la varita mágica de su hada madrina o podría decir  "¿padrino?".

Sigo pensando en la conjunción de sucesos y se me cruza una cita: "En el futuro se refleja el pasado hecho presente", y nunca tan cierto, afirmo. 

Intento dejar de volar a mis 23 años, pero es imposible, no puedo  borrar el sabor del té de frutas. La curiosidad que sentía en aquel entonces se apodera de nuevo de mí; y otra vez quiero preguntarte cómo fue tu vida, y qué fue de ti en todo este tiempo.

Mientras hablábamos por teléfono, te confesé que me moría por saber "ciertas" cosas.  Entre risas y alegrías me dijiste que me contarías todo con lujo de detalles.

Luego, quisiste saber si yo seguía igual. ¿Igual, cómo? te pregunté. "Igual" repetiste sin aclarar nada.

"Sí, igual", contesté sin saber exactamente a qué te referías. "Igual que siempre", remarqué.

!Qué bueno! susurraste a la distancia.

Entonces nos vemos pronto, acordamos. Más pronto de lo que alguna vez pensamos. Corté contigo, e hice  memoria: nos vi otra vez  con 22 años, mirando las estrellas, contemplándonos extrañados, maravillados, inmersos en un mundo en el que todo era posible, aprendiendo a ver la vida de otra manera, menos prejuiciosos, más libres.

Ahora dudo si sigo igual. Qué era tu "igual". Y si tu amiga ya no es "igual" ¿te decepcionarás?. ¿Estoy igual para mejor o peor?.

"Igual", repito en voz alta. La misma que conociste aquella tarde de otoño, a la que no le hablaste y te dedicaste a observar como quien mira un cachorrito.

"Igual", exactamente la misma que cantaba en tu auto como una loca: "me gustan los aviones, me gustas tu. Me gusta viajar, me gustas tu. Me gusta la mañana, me gustas tu. Me gusta el viento, me gustas tu. Me gusta soñar, me gustas tu. Me gusta la mar, me gustas tu." y coreaba, frenética: "Que voy a hacer, je ne sais pas. Que voy a hacer, je ne sais plus.Que voy a hacer, je suis perdu.Que horas son, mi corazón."

Ahora sólo espero que me encuentres "igual", y encontrarte yo también "igual", con la misma pureza de siempre, con tu inocencia, con tus locas ideas para alegrarme la vida, con esa forma de hablar tan particular.

"Igual", espero de todo corazón que nuestro cariño siga "Igual".











viernes, 20 de agosto de 2010

De la fatalidad de un "viernes 13" a la fatalidad de "tener pareja"


El fin de semana pasado fue realmente diferente. Tras empezar mal el bendito viernes trece, sobre el cual no guardaba ningún reparo, excepto, hasta ése, en el cual empecé un día funesto.

Más cosas malas no me pudieron haber pasado, bueno, supongo que sí, pudo haber peores, pero eso no quita que fuera un día para el olvido. Para empezar, me dejaron sin luz porque el anterior inquilino había dado de baja la titularidad, o sea que me quedé en tinieblas en pleno día. Con el contrato de alquiler en mano y mi mejor voluntad de subsanar el error, (mío, claro) me dirigí a la oficina de Edelap para pedir el servicio a mi nombre, pero cuando terminé de hacer el trámite, me informaron que recién me reconectarían la prestación dentro de los cinco días hábiles, a partir del pedido. Lo que indicaba que me pasaría el fin de semana largo sumida en la más completa oscuridad.

Volví a mi nuevo hogar un tanto malhumorada por la novedad, pero encontré al encargado de mi edificio predispuesto a ayudarme, y a conectarme provisoriamente con la luz del pasillo. Agradecida por su buena voluntad, respiré un tanto aliviada; la idea de pasarla con una velita no era muy de mi agrado, claro está.

Una vez “iluminada” mi casa, me dispuse a mirar tele, ahí fue cuando descubrí que ya no tenía señal de cable tampoco. Indignada por no haberlo previsto antes, despotriqué contra el anterior "amo y señor" de mi nuevo aposento. Tras respirar profundo e intentado obedecer al dicho de “a mal tiempo buena cara”, traté de verle el lado “positivo” al asunto y a agradecer que al menos el gas, siguiera estando presente en mi vivienda. “Si cortan eso, cartón lleno”, pensé.  Al ver la hora me tranquilicé, calculé que ya no aparecería ningún siniestro empleado con sus tenazas, dispuesto a bloquear el fluido elemental en invierno.

Esperé a que la noche llegara y acabara de una buena vez con el afamado viernes trece, pero como la psicosis había empezado a hacer estragos en mí, descubrí que me faltaban un par de cosas y me puse histérica pensando que en mi distracción, había descuidado la mudanza y me habían robado. Respiré hondo y me llamé a la calma. ¡¿Qué más podía pasarme el viernes trece?¡. Ya no quería recordarlo más. Me acosté y dejé que mis pensamientos fluyeran por caminos más agradables hasta que me dormí.

El sábado ya fue otra cosa, me dediqué a instalarme plácidamente en mi nueva casa y pese al cablerío circundante (para paliar la falta de energía), decidí no pensar más en el asunto. A la tarde, fui al cumpleaños de mi otrora compañera de vivienda, a quien encontré apesadumbrada ante la posibilidad de irse a vivir con su novio.

Me sorprendió su actitud, suponía que irse a vivir con la persona que uno ama debía ser un gran momento; pero para ella, parecía una verdadera condena.

A lo mejor yo soy demasiado idealista y creo que si uno está bien con su pareja, ese momento, por más miedos que implique, se vive con ilusión. Claro que luego empecé a observar ciertos detalles: cumplir 38 años, de los cuales pasaste tu vida siempre sola, decidiendo a diestra y siniestra sin rendirle cuentas a nadie, a de pronto tener que dejar tu espacio, para sumarte al de otro, que por más amor que haya, tiene su mundo; debe ser un poco intimidante.

Lo cierto es que mi amiga, cada día pone más excusas para no irse a vivir con su amado, pero también, sabe, que tras diez años de relación si no se va a vivir con él, la historia que vinieron escribiendo hace dos lustros, se acaba. Me dejó un tanto desconcertada que tuviera tantas dudas. Su rostro parecía la cara de quien va camino al patíbulo, estaba delgada y demacrada; ya ni siquiera el exceso de maquillaje, que siempre lleva puesto, disimulaba sus ojeras y su miedo. No sé porqué me la imaginé con unas esposas en las manos y atada a la pata de la cama, presa en una pequeña jaula. Supongo que fueron la sumatoria de sus expresiones.

Después de hablar con ella y de escuchar todas las quejas que me dio de su antes “príncipe azul”, me hizo sentir “agradecida” de no estar en su lugar, de haberme mudado sola, de no tener pareja, de no tener que cambiar mi vida en pos de nadie, de no tener que teñirme el pelo a gusto de un hombre, de dormir del lado de la cama que me plazca, de que la música de mi compu me represente sólo a mí, de poder ir de bares y de coquetear con descaro con quien quiera y cuando quiera. En síntesis, en dos segundos me volví el ícono del egoísmo en persona.

Ahora, mientras escribo me preguntó: ¿Será tan así? ¿Generará tantos miedos embarcarse en la aventura de formar una familia? Confieso que cuando estuve en su lugar no lo dudé; pero, claro tenía 27 años y mucho menos experiencia. Me sentía feliz de por fin poder pasar más tiempo con él, de despertar cada mañana a su lado. De saber que, pese a que no me gusta el fútbol, tras sus rabietas con el equipo de sus amores, su corazón era sólo mío.

Si estuviera otra vez parada en el mismo punto no sé cómo lo vería ahora. Creo que sigo siendo la misma ilusa de siempre, pero con un poco más de “reparos”. Y supongo que cuando llegue el momento, cuando encuentre a alguien que otra vez me haga soñar con tan sólo mirarme, estaré dispuesta a darle la mano y a bajar la persiana de mi  hogar de soltera. Por lo pronto, brindo por seguir disfrutando de mi soledad.

viernes, 13 de agosto de 2010

Ya no quiero despertar así...


Esta mañana me desperté llorando. Hace mucho que algo así no me ocurría. Lo peor es que tengo tu imagen grabada en mi memoría. Te vi con el pelo revuelto, los ojos irritados, como si hubieras llorado, y tu frase reclamándome: "nunca me buscaste, no me escribiste. Nunca admitiste nada".

"Sí lo hice" te grité en mis sueños, "vos no respondiste cuando te llamé", te dije y de pronto me desperté con el rostro cubierto de lágrimas y un nudo en el pecho que terminó en mi garganta, para continuar llorando por un rato, y ya despierta repetirte: "si te busqué, sólo que tú no querías que te encontrara".

Me sorprendió soñarte después de tanto tiempo. Me asustó la sensación de dolor que me dejó volver a verte. Estaba casi convencida que lo nuestro, que nunca existió, había quedado sepultado.

Qué manera de reaparecer tuviste. Si te hubiera cruzado en la calle el impacto hubiese sido menor. Pero no, tenías que volver entre mis sueños.

¿Y si te digo que aún dueles?, y ¿si te admito lo que jamás admitiría en tu presencia?, y ¿si pronuncio las palabras que nunca nos dijimos?....

Quizás un año sea mucho tiempo. Luego de soñarte saqué la cuenta y fue en agosto del 2009, la última vez que nos vimos.  Esa tarde al despedirte me pellizcaste  ahí, donde la espalda pierde el nombre, y guiñándome un ojo me dijiste "pórtate bien, lechoncita". Me reí por tu atrevimiento  y te largué mi acostumbrado: "sos un tarado". No sabía que esa sería la última vez que te vería.

Hoy recuerdo lo que nunca fuimos, lo que jamás seremos. Ni tú, ni yo admitiremos lo que por esos días sentimos.  

Nuestra última charla fue extraña. Nos peleamos como novios, siendo sólo amigos. Nos cuestionamos cosas incuestionables. Me preguntaste algo y mi respuesta fue bajar la mirada. Cuando por fin me atreví a decirte la verdad, me dijiste   que era una locura, que mejor olvidarnos de la confusión que teníamos. Asentí. Te di la razón. Nos quedamos en silencio. Me llevaste a mi casa. Nos despedimos como siempre. Te vi partir de mi vida sin decirte adiós.

Un año después mi inconsciente me juega esta mala pasada. Pienso en vos y se me nubla la vista. Recuerdo todos las cafés que te preparé, las veces que corrimos como locos en estas calles vacías, las paltas que sacamos de Parque Pereyra, los apodos que nos pusimos, los defectos que nos encontramos. ¿Cuándo fue que nos con confundimos? ¿Cuándo viste  en mí a la mujer? ¿En qué momento descubrí que tenías todo aquello que buscaba? Malditas vueltas de la vida, el  habernos olvidado que éramos amigos.



Pd.(Como aclara mi querido amigo lector Antonio, este relato fue escrito en diez minutos, 15 segundos  y toda una mañana de reflexión.)

domingo, 1 de agosto de 2010

Nostalgia


Hoy no tenía muchas ganas de escribir. Estuve leyendo varias historias que tengo para subir al blog, pero no sé si será mi estado de ánimo o el bendito frío, que no me decidí por ninguna. Lo único que se me ocurrió, en esta tarde soleada de invierno, fue sentarme en la notebook y volcar lo primero que se me viniera a la mente.

No estoy triste, pero tampoco alegre, ni siquiera en mi forma de ser habitual. Quizás sienta un poco de nostalgia. Tampoco se bien qué me puso melancólica. Sin saber cómo, empecé a tararear “aunque tú no lo sepas, nos decíamos tanto, con las manos tan llenas, cada días más flacos, inventamos mareas, tripulábamos barcos, encendía con besos el mar de tus labios y toda tu escalera...”.

Supongo que todos tenemos días en los que deseamos estar bien con alguien. Esos, en los que no nos importa tanto si tenemos los bolsillos llenos, si la vida avanza como queremos, o si vamos en la dirección indicada y hacia algún lugar.

Es una tarde hermosa de invierno, con un sol radiante que engaña a los confiados. El cielo azul, tal como me gusta. Pero hoy no me alcanza. Extraño las tardes de lluvia, acurrucada entre tus piernas, mirando alguna película, en la que no importaba tanto la trama sino el sentir tus dedos entrelazados con los míos. Ahora sé porqué nunca recuerdo los finales. Mi memoria sólo está llena de besos.

Extraño el éxtasis de sentirte feliz. Tus tontas manías. Nuestras conversaciones absurdas y tus vanos intentos por bailar con ritmo.

Esta tarde es de nostalgia. Supongo que el frío ayuda. Además, Sabina, siempre oportuno, apareció para recordarme: “yo no quiero un amor civilizado, con recibos y escenas del sofá. Yo no quiero comerme una manzana dos veces por semana sin ganas de comer”. Y me dejó más triste que antes, pero con la certeza de saber qué es lo que busco.

Como siempre, intento hallarle una explicación racional a mi locura temporal. Entonces diagnostico que quizás sean los cambios que estoy haciendo en mi vida, los que me generan este extraño estado; los que me hacen recorrer otros caminos. No menos locos, sí más radicales.

Y juro y perjuro que ya nada me toca, pero tampoco es cierto del todo. Me quedo atrapada en la duda. Parada en el umbral de los saludos cortos y los adioses largos.

Otra vez, nada me ata. “Buen comienzo”, diría mi abuelo, “eres posibilidad pura”. Pero él ya no está, y yo sigo poniéndole palabras en su boca.

“Volverás a reírte de veraz, si te quedas conmigo”, promete una voz.

“Llévame, llévame, llévame”, le digo yo sin decirlo.

“Ya es hora de volver a viajar”, decido.

Esta semana empiezo con mi nueva vida y mis viejos defectos. Espero que sea una buena simbiosis y que desde mi ventana, con vista a la Legislatura, pueda seguir haciendo catarsis con este blog.