domingo, 29 de agosto de 2010

"Igual"


Es un clásico domingo a la noche, de esos que a mis once años odiaba porque sabía que el lunes había de nuevo escuela; los mismos domingos que a los 16 amaba, exactamente por la misma razón (otra vez colegio y ver al chico que me tenía loca). Ahora los domingos tienen otro sabor. La inminencia del trabajo hasta me agrada, y digo "otra vez lunes", complacida.

Pero no era ni de los lunes ni de los domingos que quería hablar,  sólo que vinieron a mi mente cuando pensaba en ese pasado ya enterrado muchos años atrás y que se hizo presente trayéndome alegrías.

De pronto un mail inesperado, luego una llamada, y mil recuerdos inundando mi cabeza. El pasado surgió de la nada con pequeñas señales: el domingo pasado exactamente, vi a ciertas personas que me recordaron esa etapa de mi vida, pero le resté importancia. Luego llegó el mail. ¡Qué casualidad! pensé en ese momento. Luego el llamado para hablar sobre esa época.

Tras la emoción inicial, me quedé reflexionando como el pasado, el presente y el futuro se unen de forma tan clara algunas veces.

Eso trajo a mi mente otras enseñanzas que me repetía mi madre hasta el hartazgo: "Siembra para que algún día puedas cosechar" y  advertía luego: "pero asegúrate de que sean cosas buenas y de dejar un buen recuerdo para que puedas volver".  Si bien nunca analicé sus dichos a conciencia, creo que los apliqué la mayoría de veces.

Ahora, ese pasado plagado de historias increíbles vuelve; de pronto, otra vez siento que soy la cenicienta favorecida por la varita mágica de su hada madrina o podría decir  "¿padrino?".

Sigo pensando en la conjunción de sucesos y se me cruza una cita: "En el futuro se refleja el pasado hecho presente", y nunca tan cierto, afirmo. 

Intento dejar de volar a mis 23 años, pero es imposible, no puedo  borrar el sabor del té de frutas. La curiosidad que sentía en aquel entonces se apodera de nuevo de mí; y otra vez quiero preguntarte cómo fue tu vida, y qué fue de ti en todo este tiempo.

Mientras hablábamos por teléfono, te confesé que me moría por saber "ciertas" cosas.  Entre risas y alegrías me dijiste que me contarías todo con lujo de detalles.

Luego, quisiste saber si yo seguía igual. ¿Igual, cómo? te pregunté. "Igual" repetiste sin aclarar nada.

"Sí, igual", contesté sin saber exactamente a qué te referías. "Igual que siempre", remarqué.

!Qué bueno! susurraste a la distancia.

Entonces nos vemos pronto, acordamos. Más pronto de lo que alguna vez pensamos. Corté contigo, e hice  memoria: nos vi otra vez  con 22 años, mirando las estrellas, contemplándonos extrañados, maravillados, inmersos en un mundo en el que todo era posible, aprendiendo a ver la vida de otra manera, menos prejuiciosos, más libres.

Ahora dudo si sigo igual. Qué era tu "igual". Y si tu amiga ya no es "igual" ¿te decepcionarás?. ¿Estoy igual para mejor o peor?.

"Igual", repito en voz alta. La misma que conociste aquella tarde de otoño, a la que no le hablaste y te dedicaste a observar como quien mira un cachorrito.

"Igual", exactamente la misma que cantaba en tu auto como una loca: "me gustan los aviones, me gustas tu. Me gusta viajar, me gustas tu. Me gusta la mañana, me gustas tu. Me gusta el viento, me gustas tu. Me gusta soñar, me gustas tu. Me gusta la mar, me gustas tu." y coreaba, frenética: "Que voy a hacer, je ne sais pas. Que voy a hacer, je ne sais plus.Que voy a hacer, je suis perdu.Que horas son, mi corazón."

Ahora sólo espero que me encuentres "igual", y encontrarte yo también "igual", con la misma pureza de siempre, con tu inocencia, con tus locas ideas para alegrarme la vida, con esa forma de hablar tan particular.

"Igual", espero de todo corazón que nuestro cariño siga "Igual".











viernes, 20 de agosto de 2010

De la fatalidad de un "viernes 13" a la fatalidad de "tener pareja"


El fin de semana pasado fue realmente diferente. Tras empezar mal el bendito viernes trece, sobre el cual no guardaba ningún reparo, excepto, hasta ése, en el cual empecé un día funesto.

Más cosas malas no me pudieron haber pasado, bueno, supongo que sí, pudo haber peores, pero eso no quita que fuera un día para el olvido. Para empezar, me dejaron sin luz porque el anterior inquilino había dado de baja la titularidad, o sea que me quedé en tinieblas en pleno día. Con el contrato de alquiler en mano y mi mejor voluntad de subsanar el error, (mío, claro) me dirigí a la oficina de Edelap para pedir el servicio a mi nombre, pero cuando terminé de hacer el trámite, me informaron que recién me reconectarían la prestación dentro de los cinco días hábiles, a partir del pedido. Lo que indicaba que me pasaría el fin de semana largo sumida en la más completa oscuridad.

Volví a mi nuevo hogar un tanto malhumorada por la novedad, pero encontré al encargado de mi edificio predispuesto a ayudarme, y a conectarme provisoriamente con la luz del pasillo. Agradecida por su buena voluntad, respiré un tanto aliviada; la idea de pasarla con una velita no era muy de mi agrado, claro está.

Una vez “iluminada” mi casa, me dispuse a mirar tele, ahí fue cuando descubrí que ya no tenía señal de cable tampoco. Indignada por no haberlo previsto antes, despotriqué contra el anterior "amo y señor" de mi nuevo aposento. Tras respirar profundo e intentado obedecer al dicho de “a mal tiempo buena cara”, traté de verle el lado “positivo” al asunto y a agradecer que al menos el gas, siguiera estando presente en mi vivienda. “Si cortan eso, cartón lleno”, pensé.  Al ver la hora me tranquilicé, calculé que ya no aparecería ningún siniestro empleado con sus tenazas, dispuesto a bloquear el fluido elemental en invierno.

Esperé a que la noche llegara y acabara de una buena vez con el afamado viernes trece, pero como la psicosis había empezado a hacer estragos en mí, descubrí que me faltaban un par de cosas y me puse histérica pensando que en mi distracción, había descuidado la mudanza y me habían robado. Respiré hondo y me llamé a la calma. ¡¿Qué más podía pasarme el viernes trece?¡. Ya no quería recordarlo más. Me acosté y dejé que mis pensamientos fluyeran por caminos más agradables hasta que me dormí.

El sábado ya fue otra cosa, me dediqué a instalarme plácidamente en mi nueva casa y pese al cablerío circundante (para paliar la falta de energía), decidí no pensar más en el asunto. A la tarde, fui al cumpleaños de mi otrora compañera de vivienda, a quien encontré apesadumbrada ante la posibilidad de irse a vivir con su novio.

Me sorprendió su actitud, suponía que irse a vivir con la persona que uno ama debía ser un gran momento; pero para ella, parecía una verdadera condena.

A lo mejor yo soy demasiado idealista y creo que si uno está bien con su pareja, ese momento, por más miedos que implique, se vive con ilusión. Claro que luego empecé a observar ciertos detalles: cumplir 38 años, de los cuales pasaste tu vida siempre sola, decidiendo a diestra y siniestra sin rendirle cuentas a nadie, a de pronto tener que dejar tu espacio, para sumarte al de otro, que por más amor que haya, tiene su mundo; debe ser un poco intimidante.

Lo cierto es que mi amiga, cada día pone más excusas para no irse a vivir con su amado, pero también, sabe, que tras diez años de relación si no se va a vivir con él, la historia que vinieron escribiendo hace dos lustros, se acaba. Me dejó un tanto desconcertada que tuviera tantas dudas. Su rostro parecía la cara de quien va camino al patíbulo, estaba delgada y demacrada; ya ni siquiera el exceso de maquillaje, que siempre lleva puesto, disimulaba sus ojeras y su miedo. No sé porqué me la imaginé con unas esposas en las manos y atada a la pata de la cama, presa en una pequeña jaula. Supongo que fueron la sumatoria de sus expresiones.

Después de hablar con ella y de escuchar todas las quejas que me dio de su antes “príncipe azul”, me hizo sentir “agradecida” de no estar en su lugar, de haberme mudado sola, de no tener pareja, de no tener que cambiar mi vida en pos de nadie, de no tener que teñirme el pelo a gusto de un hombre, de dormir del lado de la cama que me plazca, de que la música de mi compu me represente sólo a mí, de poder ir de bares y de coquetear con descaro con quien quiera y cuando quiera. En síntesis, en dos segundos me volví el ícono del egoísmo en persona.

Ahora, mientras escribo me preguntó: ¿Será tan así? ¿Generará tantos miedos embarcarse en la aventura de formar una familia? Confieso que cuando estuve en su lugar no lo dudé; pero, claro tenía 27 años y mucho menos experiencia. Me sentía feliz de por fin poder pasar más tiempo con él, de despertar cada mañana a su lado. De saber que, pese a que no me gusta el fútbol, tras sus rabietas con el equipo de sus amores, su corazón era sólo mío.

Si estuviera otra vez parada en el mismo punto no sé cómo lo vería ahora. Creo que sigo siendo la misma ilusa de siempre, pero con un poco más de “reparos”. Y supongo que cuando llegue el momento, cuando encuentre a alguien que otra vez me haga soñar con tan sólo mirarme, estaré dispuesta a darle la mano y a bajar la persiana de mi  hogar de soltera. Por lo pronto, brindo por seguir disfrutando de mi soledad.

viernes, 13 de agosto de 2010

Ya no quiero despertar así...


Esta mañana me desperté llorando. Hace mucho que algo así no me ocurría. Lo peor es que tengo tu imagen grabada en mi memoría. Te vi con el pelo revuelto, los ojos irritados, como si hubieras llorado, y tu frase reclamándome: "nunca me buscaste, no me escribiste. Nunca admitiste nada".

"Sí lo hice" te grité en mis sueños, "vos no respondiste cuando te llamé", te dije y de pronto me desperté con el rostro cubierto de lágrimas y un nudo en el pecho que terminó en mi garganta, para continuar llorando por un rato, y ya despierta repetirte: "si te busqué, sólo que tú no querías que te encontrara".

Me sorprendió soñarte después de tanto tiempo. Me asustó la sensación de dolor que me dejó volver a verte. Estaba casi convencida que lo nuestro, que nunca existió, había quedado sepultado.

Qué manera de reaparecer tuviste. Si te hubiera cruzado en la calle el impacto hubiese sido menor. Pero no, tenías que volver entre mis sueños.

¿Y si te digo que aún dueles?, y ¿si te admito lo que jamás admitiría en tu presencia?, y ¿si pronuncio las palabras que nunca nos dijimos?....

Quizás un año sea mucho tiempo. Luego de soñarte saqué la cuenta y fue en agosto del 2009, la última vez que nos vimos.  Esa tarde al despedirte me pellizcaste  ahí, donde la espalda pierde el nombre, y guiñándome un ojo me dijiste "pórtate bien, lechoncita". Me reí por tu atrevimiento  y te largué mi acostumbrado: "sos un tarado". No sabía que esa sería la última vez que te vería.

Hoy recuerdo lo que nunca fuimos, lo que jamás seremos. Ni tú, ni yo admitiremos lo que por esos días sentimos.  

Nuestra última charla fue extraña. Nos peleamos como novios, siendo sólo amigos. Nos cuestionamos cosas incuestionables. Me preguntaste algo y mi respuesta fue bajar la mirada. Cuando por fin me atreví a decirte la verdad, me dijiste   que era una locura, que mejor olvidarnos de la confusión que teníamos. Asentí. Te di la razón. Nos quedamos en silencio. Me llevaste a mi casa. Nos despedimos como siempre. Te vi partir de mi vida sin decirte adiós.

Un año después mi inconsciente me juega esta mala pasada. Pienso en vos y se me nubla la vista. Recuerdo todos las cafés que te preparé, las veces que corrimos como locos en estas calles vacías, las paltas que sacamos de Parque Pereyra, los apodos que nos pusimos, los defectos que nos encontramos. ¿Cuándo fue que nos con confundimos? ¿Cuándo viste  en mí a la mujer? ¿En qué momento descubrí que tenías todo aquello que buscaba? Malditas vueltas de la vida, el  habernos olvidado que éramos amigos.



Pd.(Como aclara mi querido amigo lector Antonio, este relato fue escrito en diez minutos, 15 segundos  y toda una mañana de reflexión.)

domingo, 1 de agosto de 2010

Nostalgia


Hoy no tenía muchas ganas de escribir. Estuve leyendo varias historias que tengo para subir al blog, pero no sé si será mi estado de ánimo o el bendito frío, que no me decidí por ninguna. Lo único que se me ocurrió, en esta tarde soleada de invierno, fue sentarme en la notebook y volcar lo primero que se me viniera a la mente.

No estoy triste, pero tampoco alegre, ni siquiera en mi forma de ser habitual. Quizás sienta un poco de nostalgia. Tampoco se bien qué me puso melancólica. Sin saber cómo, empecé a tararear “aunque tú no lo sepas, nos decíamos tanto, con las manos tan llenas, cada días más flacos, inventamos mareas, tripulábamos barcos, encendía con besos el mar de tus labios y toda tu escalera...”.

Supongo que todos tenemos días en los que deseamos estar bien con alguien. Esos, en los que no nos importa tanto si tenemos los bolsillos llenos, si la vida avanza como queremos, o si vamos en la dirección indicada y hacia algún lugar.

Es una tarde hermosa de invierno, con un sol radiante que engaña a los confiados. El cielo azul, tal como me gusta. Pero hoy no me alcanza. Extraño las tardes de lluvia, acurrucada entre tus piernas, mirando alguna película, en la que no importaba tanto la trama sino el sentir tus dedos entrelazados con los míos. Ahora sé porqué nunca recuerdo los finales. Mi memoria sólo está llena de besos.

Extraño el éxtasis de sentirte feliz. Tus tontas manías. Nuestras conversaciones absurdas y tus vanos intentos por bailar con ritmo.

Esta tarde es de nostalgia. Supongo que el frío ayuda. Además, Sabina, siempre oportuno, apareció para recordarme: “yo no quiero un amor civilizado, con recibos y escenas del sofá. Yo no quiero comerme una manzana dos veces por semana sin ganas de comer”. Y me dejó más triste que antes, pero con la certeza de saber qué es lo que busco.

Como siempre, intento hallarle una explicación racional a mi locura temporal. Entonces diagnostico que quizás sean los cambios que estoy haciendo en mi vida, los que me generan este extraño estado; los que me hacen recorrer otros caminos. No menos locos, sí más radicales.

Y juro y perjuro que ya nada me toca, pero tampoco es cierto del todo. Me quedo atrapada en la duda. Parada en el umbral de los saludos cortos y los adioses largos.

Otra vez, nada me ata. “Buen comienzo”, diría mi abuelo, “eres posibilidad pura”. Pero él ya no está, y yo sigo poniéndole palabras en su boca.

“Volverás a reírte de veraz, si te quedas conmigo”, promete una voz.

“Llévame, llévame, llévame”, le digo yo sin decirlo.

“Ya es hora de volver a viajar”, decido.

Esta semana empiezo con mi nueva vida y mis viejos defectos. Espero que sea una buena simbiosis y que desde mi ventana, con vista a la Legislatura, pueda seguir haciendo catarsis con este blog.

martes, 20 de julio de 2010

Mi amigo Charlie Brown y la ley de atracción


Mis momentos creativos suelen ser cuando mi estado de ánimo es el peor de todos, generalmente cuando pasan esas cosas que te ponen el dedo en la llaga y te hacen sentir una existencia miserable. Sin embargo, pareciera que esa constante ha ido modificándose gradualmente. Debido a ello, esta vez escribo con el mejor estado mental posible, y no para quejarme de si Cupido se olvidó de mí, o si no logro olvidar a algún espécimen masculino que se cruzó en mi camino, sino para agradecer por la conjunción de cosas favorables que vienen pasando en mi vida.

Debo confesar que siempre me sentí una persona afortunada, tocada por la varita mágica de alguna hada madrina condescendiente, que nunca me abandonó, o protegida por el ángel de la Guarda, a la que mi abuela paterna me enseñó a rezar a los tres años.

Mi vida no ha sido sencilla, pero tampoco difícil. No podría quejarme, entonces, por las pocas veces que me han pasado cosas malas o tristes, tenían que existir para hacerme gozar realmente de los momentos memorables, como éste, en el que me siento favorecida por el universo entero.

El hecho es que, luego de una serie de afortunados sucesos, devenidos tras una furibunda pelea con alguien del pasado, la diosa fortuna ha vuelto a acompañarme. La noche de marras, fue una bofetada bien puesta que me hizo ponerle punto final a la tristeza.

De pronto, las cosas cambiaron inesperadamente de rumbo, aunque internamente ya venía gestando las ganas de trastocar mis movimientos, todo este conglomerado de “buenos momentos”, me trajo a la memoria la teoría de la ley de atracción, que tan fervientemente defendía mi estimado amigo, apodado Charlie Brown.

Mr. Charlie aducía que uno atraía todo aquello que estaba pensando, o anhelando, “tanto bueno como malo”, me advirtió más de una vez. Además, me decía que siendo positivo y valorando las pequeñas cosas, que uno generalmente tiende a dejar de lado, se generaban las condiciones para que cosas buenas sigan plagando nuestra existencia.

Recuerdo que en esos días yo no estaba muy predispuesta a creerle, aunque no podía negar que a él todo le salía bien. Su actitud siempre alegre y su voluntad por sacarle provecho a situaciones adversas, lo caracterizaban.

Cuando conocí a Charlie me contó de cómo la suerte lo había favorecido permitiéndole venirse a estudiar a La Plata. Él estudiaba Ingeniería electrónica en su Chile natal, pero como sus notas no eran las mejores y todo indicaba que perdería el año, decidió jugárselas pidiendo un traslado a la UBA.

Recién llegado a Buenos Aires se encontró con que sus planes no iban a poder concretarse, debido a que la UBA le exigía hacer el Ciclo Básico Común, y no le reconocía los tres años cursados en su universidad de origen. Un tanto desmoralizado, decidió probar suerte en la UNLP.

En la oficina del rectorado platense, una vez más, fue rechazado, le dijeron que a mitad de año no podía pedir un traslado y que, además, era probable que la mayoría de sus materias no fueran reconocidas.

Charlie Brown salió meditabundo al patio y allí empezó a conversar con un extraño de traje azul. Mi amigo le contó que era de Chile, que quería trasladarse a estudiar en La Plata pero que encontraba más barreras que oportunidades.

El desconocido le preguntó que estudiaba y cuál era su sueño. Charlie le dijo que cursaba el tercer año de Ingeniería electrónica pero que su sueño era ser Ingeniero Aeronáutico, pero que en su país, esa carrera no existía. Al extraño de traje azul se le iluminó el rostro y con una sonrisa y le dijo: “Charlie Brown, bienvenido a la facultad de Aeronáutica. Soy el decano y yo te hago los trámites para el traslado”. Mi amigo al principio descreyó de su suerte, pero poco a poco se fue convenciendo de que el misterioso señor era quien decía ser.

De esta forma, mi estimado amigo, logró su cometido y como si fuera poco, en la carrera que soñó toda su vida.

Ese fue el primer ejemplo sobre la ley de atracción que me dio Charlie, los otros, me tocó presenciarlos a mí como su amiga. A él, todo le salía bien, pero es que además, ciertamente te daban ganas de ser generoso con Charlie. Su sonrisa eterna, su picardía, su gracia para hablar, hacían de mi amigo la persona con quien seguro uno quería compartir muchos momentos.

Por un año y medio nos hicimos inseparables. Disfrutaba de verlo brillar y observar como toda su vida se iba acomodando según su gusto.

Charlie, como buen amigo, me reprendía por mi letargo. Me preguntaba una y mil veces qué me había pasado que me veía triste y mustia. Le conté a grandes rasgos mi historia, y tras un abrazo fuerte, me dijo que me quería muchísimo y que deseaba verme brillar con luz propia, y no recibiendo el fulgor de astros ajenos.

Le dije que en ese momento no me sentía muy afortunada, que la señorita sin fracasos que había sido, se había dado de bruces en el intento de constituir la pareja perfecta. Y ahí estaba yo, llena de golpes invisibles, con el alma herida y sin ganas de nada, excepto de que nada cambie.

Recuerdo que ese año prácticamente rogaba para que nada se modificase, ni para bien ni para mal, quería inmovilidad pura y sin ningún tipo de sentimientos que pudieran derrumbarme aún más.

Charlie me pedía a gritos que cambiara mi actitud, me decía constantemente: “lentejuela (como cariñosamente me llamaba) tú das para más. Sacúdete, deja el pasado atrás y vuela chiquilla, vuela”.

En esos días mi ánimo no era el mejor, pero refrescó la frasecita dicha por mí muchos años antes, cuando sostenía que: “unos nacen con estrella y otros estrellados. Yo nací con estrella” afirmaba.

El hecho es que ahora, todo ha empezado a cambiar en mi mundo, y principalmente yo. Si es la ley de atracción, explicada hasta el hartazgo mediante leyes físicas por Charlie, o si es la varita mágica o la diosa fortuna, no importa tanto, creo que es sobre todo “una cuestión de actitud”. Y hoy estoy dispuesta a cambiar.

He vuelto a ser la chica con estrella, a la que las fórmulas de la mala suerte, muy por el contrario, le traen cosas buenas.  La que va por la vida dispuesta a sorprenderse y a disfrutar del presente sin cuestionarse hacia dónde va.

Y pensar que todo eso vino en un gran paquete llamado “ilusión”. Una conocida me avisó que había encontrado el lugar ideal para que me mude, y hasta me ayudó con los trámites para alquilar mi nuevo departamento. De pronto varias puertas empezaron a abrirse ante mí. Sin pensarlo mucho, pero deseándolo fervorosamente, mi vida se ha empezado a acomodar.

Charlie Brown, donde quiera que estés, gracias por haberme acompañado en el momento más duro que me tocó vivir. Por retarme a diario, hoy tu amiga, “la chiquilla”, se está volviendo una mujer con luz propia.

Estoy por instalarme en mi nuevo hogar de soltera y es un hito en mi vida. Ley de atracción, ángel de la Guarda, el universo entero que conspira a mi favor, o simplemente Dios; me siento condenadamente feliz y agradecida.

martes, 13 de julio de 2010

Y Cupido faltó a la cita


Ya no sé si creer en Cupido, el pequeño dios del amor, quien con sus traviesas flechas irrumpe en la vida de los tristes mortales a brindarles supuestos sendos momentos de placer. Calculo que hoy en día sería la personalidad que más “demandas sufriría ante los tribunales del Desamor”.

Y es que esta supuesta Suprema Corte de Justicia, que debería existir para poner en su lugar al desaforado niño, que no para de hacer desastres y ocasionar estragos en más de una persona. Si no veamos cuántas parejas, además, han sido “creadas” por el perverso dios pagano, quien seguramente, también ha sucumbido a más de un soborno, al ser artífice de parejas tan disparejas como la de en su momento, fueran el príncipe Carlos y Diana Spencer, la del cantante Seal y Heidi Klum, o las más cercanas, Cristina y Néstor, y ni qué decir de la de Emilia Attias y el Turco Naim, para citar sólo algunas “sospechosas uniones”. No es por desmerecer a los muchachos, que no dudo posean algunos encantos más que ocultos, pero quién no se ha preguntando qué andaría haciendo Cupido al pegar eso flechazos o si no habrá recibido “alguna monumental coima” para gritar “Alcoyana, Alcoyana, se ha formado una pareja”.

Yo, por mi parte lo demandaría por unas cuantas jugarretas. En primer lugar, por los años que me tuvo mirando, descorazonada, a mi vecino de la adolescencia, quien a lo único que atinó fue a devolverme las libidinosas miradas cada vez que me cruzaba en su camino, pero de ahí a tener algún contacto face to face. ¡Jamás!.

Mi segunda denuncia en contra del “enternecedor alado” sería por hacerme enamorar de la persona equivocada aquella tarde de otoño, cuando sin querer me encontré bajo el embrujo de unos ojos verdes. Y cómo no enamorarse si el muchacho en cuestión era un calco de James Dean, lo peor, esa vez, el afamado Cupido nos flechó a los dos.

Todo hubiera sido felicidad si el infante, se hubiera percatado que con mis 22 años yo no sería capaz de soportar que mi “amado” tuviera ya un hijo con otra. Por más que intenté no me molestara, la insidiosa presencia de su ex novia, hizo que cada intento por estar juntos se convirtiera en una monumental aventura. Cansada de verter lágrimas y de encontronazos, preferí alejarme de esa persona a la que aún, hoy, recuerdo con gran ternura.

No contento con esa ocasión, Cupido, contrarrestando todos mis preceptos cometió la osadía de flecharme con un compañero de trabajo. Mientras empezaba en las lides del periodismo y temblaba ante cada marcha que me tocaba cubrir durante el 2001, mi blondo jefe de redacción me propinaba miradas de dudosa moral. En medio de “inocentes coqueteos”, y de coincidir en todas las fiestas posibles, terminamos rindiéndonos, una noche en la que ambos, orgullosos, concluimos en que pese al descalabro financiero del país, estábamos en el “mejor momento de nuestras vidas”. Así, y mediante un apasionado beso, cargado del deseo acumulado durante casi un año, empezamos la historia más larga que le debo al pequeño dios pagano, también llamado Eros.

Luego de ese largo paréntesis, en el que parecía Cupido por fin se había apiadado de mí, entró de nuevo en acción, una vez que esa historia acabó.

De esta forma el desacatado, me flecho una que otra vez con algún individuo no presentable, pero por suerte, parece que no tenía sus flechitas muy embebidas por el elixir del amor, puesto que fueron breves cimbronazos. Hasta podría perdonar al travieso niño por estos juegos, que a lo mejor fueron obra, no de sus antojadizos planes, sino más bien de la soledad y la libido acumulada.

Tras esos exabruptos, el maldecido celestino romano tuvo el tupé de hacerme bajar la guardia ante el mismísimo Satán, encarnado en un ser humano; así, casi me convertí en la Justine del afamado Marqués de Sade. Dónde habrá llegado el enhiesto Cupido, al ocurrírsele disparar sus flechas en esa pecaminosa dirección. Otra vez, lo llevaría a la Corte para que cumpla cadena perpetua por sus molestas ocurrencias.

Pero la última, y quizás la más detestable de todas sus jugarretas: ahora resulta que el niñito, ya no quiere prestarme sus favores y se viene negando a sacar su arco en los momentos en que lo necesito. De esta forma, el muy mezquino no acudió a mi última cita. Fuimos él y yo, y nos esquivó Cupido. Mientras compartíamos una velada increíblemente romántica, el malsano Eros, no causó ningún efecto en mí.

Confieso que lo buscaba entre la gente, trataba de sentir algún signo de su presencia: el revoloteo de sus alitas, ver sus rizos rubios descuidadamente asomados por algún rincón, sentir ese aroma que sabe a amor; pero nada. No apareció por más que lo llamé, insistentemente, con el pensamiento. Ahí estaba mi acompañante, morocho perfecto si los hay, con un físico capaz de partir la tierra, unos ojazos tremendamente seductores, y dueño de un encanto sin igual; pero para mi tremenda desdicha, el sueño de toda mujer, no me movió un pelo.

“¡Ay, Cupido!” Exclamé a solas. “¡Embustero!. ¡Maldito necio! ¿Por qué faltaste a la cita?”.

El muy terco ni siquiera se justificó, me pareció oír una risita a lo lejos, pero calculo que se debió a una alucinación o a algún vecino que se mofó de mis epítetos esa noche.

Como sea, Cupido se merece pasar varios años tras las rejas. No se le puede perdonar que cumpla mal su trabajo. Menos aún, que se presente borracho y a veces nos fleche con el mozo del bar, mientras estamos con un pretendiente en la mesa. Y obvio, que se declare en huelga y se dé el lujo de faltar a las citas, ya es el súmmum del maltrato.

Pero como aún no hay Corte que lo juzgue o a lo mejor hasta “aduzca” ser menor de edad (para evitar cumplir condena), el muy ladino, es más que probable que en estos momentos me esté sacando la lengua y haciendo burla por mis innumerables demandas archivadas.

Ya te veré maléfico mentiroso, cuando el mundo entero desconfíe de tus habilidades casamenteras y decidamos quitarte todos tus poderes. Será ahí cuando yo me ría de ti. El problema será que seguramente cambiaremos a Cupido por San Antonio, quien ya tiene mucho trabajo atrasado con eso de que lo paren de cabeza para buscarle novio a sus seguidoras. Y si no ¿qué nuevo dios nos inventaremos para culpar de nuestras “dudosas elecciones” a la hora del amor?

martes, 6 de julio de 2010

Mi amiga "L"


Mi amiga “L” ha sido quien más ha cambiado desde que tengo uso de razón. No sólo porque eligió el destino más impensado para su vida, sino porque siempre se encarga de sorprenderme.

Como si hubiese sido poco la noticia que tiró, como una bomba, el día que nos anunció se haría monja. Sí, monja; ante la incredulidad de su séquito de “diablillas”. Hace poco me enteré que no contenta con ello, ahora resultó cambiarse de orden religiosa, mudarse a Bariloche y ser una “monja de clausura”.

De ahora en más, la “hermanita L”, como había que llamarla cada vez que íbamos a visitarla al convento, ya no podrá recibir a nadie. No tendrá privacidad para charlar ni con sus familiares, quienes deberán contentarse con saludarla a través de una reja y compartir escasos minutos, controlados por reloj, con ella.

Recibir la “novedad” me dejó boquiabierta. Cómo mi amiga de tantos años decidió darle un nuevo giro a su vida, y esta vez mucho más radical. Si jamás llegué a entender del todo cómo fue que se hizo monja, menos logro aceptar ahora que, encima, se rehúse a mantener contacto con el exterior.

La recuerdo aún como la conocí: grácil, dulce, con unos ojos azules que conmovían a cualquiera, el pelo castaño, cayéndole en cascada de bucles sobre sus hombros, y su voz aniñada, desentonando con su bien formado cuerpo de mujer. ¿Cómo llegó L a hacerse monja? ¿Cómo jamás sospeché sus intenciones si compartí tantos momentos con ella? Mucho tiempo me sentí culpable de su decisión. Creí que no había percibido su tristeza oculta, que no la había apoyado lo suficiente en sus intentos por cambiar su vida, que estando a su lado había sido una completa egoísta, que jamás pensó realmente en el pesar de mi amiga.

Ya sé que hablo como si se hubiera suicidado, pero enclaustrarse de esa forma acaso, ¿no es una especie de suicidio social? Puede que mi mente sea muy acotada o que no alcance a dimensionar qué busca Lorena con todo esto.

Si me era complicado entender su “repentino” amor al Creador, porque obviamente, el tiempo que compartí con ella no demostraba mayor apego a la religión y mucho menos a sacrificarse por nadie. Ahora mucho menos.

¿Persigue algo mi querida amiga con su decisión? ¿Busca escaparse del mundo?, ¿Busca consuelo en la fe? Daría cualquier cosa por poder interrogarla ahora. Quizás su explicación no me dejaría satisfecha, como no lo hizo el día que me comunicó tomaría los hábitos.

Si L era la chica feliz, graciosa, la habitué de la disco de moda, la señorita con ropa de marca, la que pretendía los chicos más guapos, la más desenfadada a la hora de engullir alcohol. La que se enamoró de un amor prohibido, la que buscaba cualquier ocasión para hablar con el hombre de sus sueños, pese a no atreverse nunca a confesarle sus sentimientos. La soñadora, la que me repetía una y otra vez que “cuando uno ama los de afuera son de palo”, y así, ella concluía en que, yo jamás había entregado mi corazón realmente. Esa es la amiga que recuerdo, la que extraño.

Y ahora L, ya no sólo es la monjita que veía cada cierto tiempo. La que nos recibía amablemente en el colegio religioso que compartía con sus hermanas de fe. Ahora, eligió desaparecer del mundo, de todos los que, aún con el asombro, habíamos terminado por acostumbrarnos a verla escondida tras su hábito gris. Siempre bromista y dispuesta a señalarnos nuestras fallas. Ya sin preocuparse por estar delgada o por lucir el último grito de la moda.

Claro que el clásico grupo de chicas que éramos en la adolescencia cambió su rumbo. Pero ella fue quien hizo la elección más inaudita. Recuerdo que hasta la acusamos de padecer “locura temporal”; cuestionamos su fe a diestra y siniestra; le buscamos las justificaciones más descabelladas para entender una elección de ese tenor; pero ella, impávida, hizo caso omiso a nuestros intentos por convencerla de dar marcha atrás con su decisión.

¿Será que para entenderla tendría que profesar su fe? ¿Que necesitaría volver a creer en alguien superior que guía mi existencia? ¿Será que mis lecturas ex profesas han corrompido tanto mi espíritu que ya no alcanzo a creer en lo “divino” de su elección? ¿Estoy tan llena de racionalidad que no puedo ver un milagro, que no soy capaz de aceptar dogmas de fe?

Ya no tenemos los 17 de antaño y calculo que debo haber cometido todos los pecados que ella combate ahora. Seguro ya hasta hablamos idiomas distintos, pero con todas las distancias insalvables, lo único que quiero decirle a mi amiga L, es que sus “diablillas” seguimos extrañándola y aunque no entendamos su decisión, la respetamos.