Hace unos días leí en un blog que sigo (Busco novia de Alfredo Rusca) un fragmento que me hizo caer en cuenta de qué era lo que quería la próxima vez que se me cruzara en el camino alguien que me gustase: “a la próxima chica con la que salga, la voy a llevar a comer hamburguesas al Bembos, esa será nuestra primera cita, después iremos a Camino Real, tal vez ella salga con una falda escocesa, mocasines y lleve las medias altas. Tal vez luzca una media cola y entienda de lo que estoy hablando. Y si todo sale bien en la primera cita, en la segunda iremos a bailar lentas y en la tercera buscaremos la película más romántica de la cartelera y en la última fila del cine, guarecidos de nuevo por la semioscuridad, con mucha cancha y sin vergüenza, nos pondremos a chapar como dos chibolos enamorados a los que no les importa el tiempo, ni la edad, ni el futuro, ni nada”. “Esos son los días que valen la pena; esos son los días que nunca terminan”.
Cuando llegué al final del post, me quedé absorta pensando cuándo había sido la última vez que me había permitido disfrutar de un momento así de simple y mágico. Me dí cuenta de que hace mucho no lo hacía. Las últimas relaciones que tuve fueron más bien extrañas, plagadas de momentos forzados y evaluadas a cada paso que daba. Disfrutar algo de esa forma resultaba imposible. Encima, con la pesada mochila de los errores pasados y los nuevos miedos, menos que menos tenía ganas de conocer a alguien.
Tampoco sabía si buscaba algo, o alguien. Simplemente quería soñar de nuevo y relajarme sin desesperar el paso.
Caí en la que cuenta en que anhelo, sí, que la próxima vez que se me cruce alguien que me importe, sentir esa tremenda libertad impune de enamorarme, sin pensar si la relación se encamina para algo serio, si el hombre en cuestión será el que me conviene o si definitivamente se quedará conmigo hasta el último de mis días.
Si eso pasara no quisiera hacerme ninguna de esas preguntas, ni que mi racionalidad aflore, metiendo sus narices en cuestiones en las que nada tiene que ver.
Me gustaría correr con alguien en una playa desierta y que entienda lo que siento cuando contemplo el mar en silencio. Quisiera que no le importe si estoy más gorda o más flaca, ni si mi pelo no está bien peinado a diario. Quisiera que no se asuste cuando me vea llorar y entienda que a veces necesito explotar. Quisiera un abrazo interminable, sin palabras para escuchar. Quisiera que las formalidades entre nosotros quedasen de lado, y que los tiempos fueran los nuestros y no el dictado de una sociedad. Quisiera ser yo, sin la necesidad de interpretar un personaje. Quisiera encontrar a mi cómplice en el juego de las miradas robadas. Quisiera el absurdo de estar enamorada.
Y si todo eso llegara, quisiera perder el miedo.

