Mis momentos creativos suelen ser cuando mi estado de ánimo es el peor de todos, generalmente cuando pasan esas cosas que te ponen el dedo en la llaga y te hacen sentir una existencia miserable. Sin embargo, pareciera que esa constante ha ido modificándose gradualmente. Debido a ello, esta vez escribo con el mejor estado mental posible, y no para quejarme de si Cupido se olvidó de mí, o si no logro olvidar a algún espécimen masculino que se cruzó en mi camino, sino para agradecer por la conjunción de cosas favorables que vienen pasando en mi vida.
Debo confesar que siempre me sentí una persona afortunada, tocada por la varita mágica de alguna hada madrina condescendiente, que nunca me abandonó, o protegida por el ángel de la Guarda, a la que mi abuela paterna me enseñó a rezar a los tres años.
Mi vida no ha sido sencilla, pero tampoco difícil. No podría quejarme, entonces, por las pocas veces que me han pasado cosas malas o tristes, tenían que existir para hacerme gozar realmente de los momentos memorables, como éste, en el que me siento favorecida por el universo entero.
El hecho es que, luego de una serie de afortunados sucesos, devenidos tras una furibunda pelea con alguien del pasado, la diosa fortuna ha vuelto a acompañarme. La noche de marras, fue una bofetada bien puesta que me hizo ponerle punto final a la tristeza.
De pronto, las cosas cambiaron inesperadamente de rumbo, aunque internamente ya venía gestando las ganas de trastocar mis movimientos, todo este conglomerado de “buenos momentos”, me trajo a la memoria la teoría de la ley de atracción, que tan fervientemente defendía mi estimado amigo, apodado Charlie Brown.
Mr. Charlie aducía que uno atraía todo aquello que estaba pensando, o anhelando, “tanto bueno como malo”, me advirtió más de una vez. Además, me decía que siendo positivo y valorando las pequeñas cosas, que uno generalmente tiende a dejar de lado, se generaban las condiciones para que cosas buenas sigan plagando nuestra existencia.
Recuerdo que en esos días yo no estaba muy predispuesta a creerle, aunque no podía negar que a él todo le salía bien. Su actitud siempre alegre y su voluntad por sacarle provecho a situaciones adversas, lo caracterizaban.
Cuando conocí a Charlie me contó de cómo la suerte lo había favorecido permitiéndole venirse a estudiar a La Plata. Él estudiaba Ingeniería electrónica en su Chile natal, pero como sus notas no eran las mejores y todo indicaba que perdería el año, decidió jugárselas pidiendo un traslado a la UBA.
Recién llegado a Buenos Aires se encontró con que sus planes no iban a poder concretarse, debido a que la UBA le exigía hacer el Ciclo Básico Común, y no le reconocía los tres años cursados en su universidad de origen. Un tanto desmoralizado, decidió probar suerte en la UNLP.
En la oficina del rectorado platense, una vez más, fue rechazado, le dijeron que a mitad de año no podía pedir un traslado y que, además, era probable que la mayoría de sus materias no fueran reconocidas.
Charlie Brown salió meditabundo al patio y allí empezó a conversar con un extraño de traje azul. Mi amigo le contó que era de Chile, que quería trasladarse a estudiar en La Plata pero que encontraba más barreras que oportunidades.
El desconocido le preguntó que estudiaba y cuál era su sueño. Charlie le dijo que cursaba el tercer año de Ingeniería electrónica pero que su sueño era ser Ingeniero Aeronáutico, pero que en su país, esa carrera no existía. Al extraño de traje azul se le iluminó el rostro y con una sonrisa y le dijo: “Charlie Brown, bienvenido a la facultad de Aeronáutica. Soy el decano y yo te hago los trámites para el traslado”. Mi amigo al principio descreyó de su suerte, pero poco a poco se fue convenciendo de que el misterioso señor era quien decía ser.
De esta forma, mi estimado amigo, logró su cometido y como si fuera poco, en la carrera que soñó toda su vida.
Ese fue el primer ejemplo sobre la ley de atracción que me dio Charlie, los otros, me tocó presenciarlos a mí como su amiga. A él, todo le salía bien, pero es que además, ciertamente te daban ganas de ser generoso con Charlie. Su sonrisa eterna, su picardía, su gracia para hablar, hacían de mi amigo la persona con quien seguro uno quería compartir muchos momentos.
Por un año y medio nos hicimos inseparables. Disfrutaba de verlo brillar y observar como toda su vida se iba acomodando según su gusto.
Charlie, como buen amigo, me reprendía por mi letargo. Me preguntaba una y mil veces qué me había pasado que me veía triste y mustia. Le conté a grandes rasgos mi historia, y tras un abrazo fuerte, me dijo que me quería muchísimo y que deseaba verme brillar con luz propia, y no recibiendo el fulgor de astros ajenos.
Le dije que en ese momento no me sentía muy afortunada, que la señorita sin fracasos que había sido, se había dado de bruces en el intento de constituir la pareja perfecta. Y ahí estaba yo, llena de golpes invisibles, con el alma herida y sin ganas de nada, excepto de que nada cambie.
Recuerdo que ese año prácticamente rogaba para que nada se modificase, ni para bien ni para mal, quería inmovilidad pura y sin ningún tipo de sentimientos que pudieran derrumbarme aún más.
Charlie me pedía a gritos que cambiara mi actitud, me decía constantemente: “lentejuela (como cariñosamente me llamaba) tú das para más. Sacúdete, deja el pasado atrás y vuela chiquilla, vuela”.
En esos días mi ánimo no era el mejor, pero refrescó la frasecita dicha por mí muchos años antes, cuando sostenía que: “unos nacen con estrella y otros estrellados. Yo nací con estrella” afirmaba.
El hecho es que ahora, todo ha empezado a cambiar en mi mundo, y principalmente yo. Si es la ley de atracción, explicada hasta el hartazgo mediante leyes físicas por Charlie, o si es la varita mágica o la diosa fortuna, no importa tanto, creo que es sobre todo “una cuestión de actitud”. Y hoy estoy dispuesta a cambiar.
He vuelto a ser la chica con estrella, a la que las fórmulas de la mala suerte, muy por el contrario, le traen cosas buenas. La que va por la vida dispuesta a sorprenderse y a disfrutar del presente sin cuestionarse hacia dónde va.
Y pensar que todo eso vino en un gran paquete llamado “ilusión”. Una conocida me avisó que había encontrado el lugar ideal para que me mude, y hasta me ayudó con los trámites para alquilar mi nuevo departamento. De pronto varias puertas empezaron a abrirse ante mí. Sin pensarlo mucho, pero deseándolo fervorosamente, mi vida se ha empezado a acomodar.
Charlie Brown, donde quiera que estés, gracias por haberme acompañado en el momento más duro que me tocó vivir. Por retarme a diario, hoy tu amiga, “la chiquilla”, se está volviendo una mujer con luz propia.
Estoy por instalarme en mi nuevo hogar de soltera y es un hito en mi vida. Ley de atracción, ángel de la Guarda, el universo entero que conspira a mi favor, o simplemente Dios; me siento condenadamente feliz y agradecida.


