martes, 29 de junio de 2010

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Reedito esta historia para devolverle sus “cinco minutos de fama” al 'arácnido', (bautizado así por un lector del blog) quien con sus telarañas siempre logra enredarme, y retrotraerme a los increíbles momentos a su lado.

Ha pasado algún tiempo ya desde que ese primer encuentro tuvo lugar, y por más intentos que he hecho por dejar atrás aquel día, aún no me da resultado. El tiene la particularidad de decirme una simple palabra y remover todo el vendaval de emociones que trato de borrar infructuosamente. Pero qué más da, disimular ya no me place, esta fugitiva de los sentimientos terminó atrapada en las redes del caballero despistado, que no daba la talla para mis ideales infantiles, pero que tiene la justa medida de lo que empecé a descubrir, necesito de adulta.

Y aunque él crea que busco un superhéroe o un ‘tamagotchi’ (como alguna vez acusó) lamento informarle que lo único que deseo es sentirme bien al lado de alguien que quiera estar conmigo. No ansío una muleta en la cual apoyarme, sino alguien que camine a la par en los buenos y en los malos tiempos.

Mientras algunas de las personas que conozco empiezan a ver sus “defectos”, y alguien se autodiagnosticó ser un “Narciso”, y tan narciso es que ni necesita psicólogo, él se basta y se sobra. Otras, me arrojan a la cara ciertas observaciones sobre mi conducta. No había reparado en que no suelo decir las cosas que me pasan, hasta que alguien me llamó “reprimida”.

Sí, es verdad, a quienes alguna vez me cuestionaron de que nunca me jugué por nada; que así imposible que haga saltar la banca, porque “a apuestas chicas, ganancias pobres”. Aunque tarde, quizás para muchos, admito públicamente que tenían razón.

Y ya que estamos aceptando ciertas cosas, me hago cargo también de ser una “contradicción andante”, definitivamente debo serlo para terminar extrañando todos sus defectos.

Para que no queden dudas de lo miedosa que soy, (o cobarde, o como quieran decirme), sólo por hoy me quito la coraza, prometo que mañana me vuelvo a poner mi traje de ‘mujer superada’ a la que nada le importa.

Y aclaro: no hay psicóloga que valga, ni consejos de amigas que me adviertan de su ponzoña; la única manera que hallé de desahogarme un poco fue escribir esto y tirarlo al viento.

Ahí va de nuevo:

¿Un touch and go?

Las despedidas de la gente que se cruza en nuestras vidas afectivamente, aunque sea por corto tiempo, siempre duelen. En la mayoría de los casos uno sabe que esos momentos compartidos no serán eternos, porque simplemente estamos saliendo con alguien para probar, para pasar el rato, distraernos, divertirnos y disfrutar. “Un touch and go” y me voy, pensamos.

De esta forma le damos inicio a algún tipo de relación, sabiendo de antemano que la persona que tenemos a nuestro lado, jamás pasará a tener una denominación “formal” en nuestras vidas. Es decir, nunca serán “novios”, “esposos” y quizás ni alcancen el rótulo de “amigos”. Que no llegarán a conocer a nuestros padres, que no sabrán muchas de nuestras mañas, y ni siquiera saber quienes somos realmente ni por asomo. Pero igualmente conocer a alguien y después hacer como si nunca hubiesen existido, deja una sensación extraña.

Empecé a salir con él por curiosidad, era claro que no me desagradaba físicamente y su personalidad me resultaba más que simpática, cautivadora. De todas formas, no era suficiente para que le subiera el pulgar y admitiera que me gustaba demasiado.

Así entre coqueteo y coqueteo, acepté tomar un café con él. Ese encuentro resultó ser más que revelador para mí. Hallé un hombre fascinante, claro, para mi forma de ser: era refinado, tierno a su manera, seductor, le gustaba la literatura (como a mí), amante del cine, algo loco (requisito indispensable para tener una cita conmigo, no acepto cuerdos) pero con los pies en la tierra para cuando es necesario.

Me causó gracia que sonriera nervioso cuando me saludó, generalmente soy yo la que se pone colorada cuando alguien que me gusta se acerca demasiado. Tras el intercambio de palabras por cortesía, llámese un ¿cómo estás? ¿Qué tal tu día? y todas esas preguntas formales, buscamos un barcito cercano para tomar nuestro prometido café.

La charla versó sobre temas tan disímiles como tengo memoria, empezamos con algo de política (siempre reniego de ella pero irremediablemente debo tener algo, que hace que mi vida gire en torno a la actividad humana que tiende a gobernar la acción del Estado en beneficio de la sociedad, jaja) luego sobre su infancia y el porqué no tomaba mate ni por casualidad, sus aficiones a las historietas ( hecho que me llamó terriblemente la atención, porque últimamente todos los hombres que conozco tienen admiración por algún superhéroe). En este caso, era por el hombre araña (confieso que yo también prefiero al hombre araña) pero me ha tocado hasta un fanático de Batman, pasando por el Avispón verde.

Me sentí increíblemente cómoda a su lado. Pese a que era un completo extraño para mí (y a quien le había dado largas por varios meses antes de dignarme a salir con él) me sentí identificada en muchos aspectos y disfruté de su compañía.

Resultó que el fascinante caballero era más interesante aún de cerca. Que me divertía con sus ocurrencias, que su agilidad mental para captar mis tontas bromas y reírse conmigo y de mí, me hicieron querer pasar más momentos a su lado.

A ese encuentro en el café, le siguieron muchos otros, todos ellos delirantes con situaciones antes jamás vividas por mí.

Nunca tuvimos una cita convencional. Quizás en parte eso fue lo que me agradó. Terminamos haciendo cola en los lugares más inesperados, muertos de risa por la situación; en la guardia de una clínica porque él tenía fiebre; caminando diez cuadras en pleno invierno para comprar comida, para luego volver a su casa con las manos vacías porque se acordó que tenía lo necesario para nuestra cena en su heladera. Yo, parada en medio de Frávega, esperándolo por más de media hora, para pagar la licuadora que acababa de adquirir, porque se había olvidado la tarjeta de crédito en su casa.

Podría decirse que para lo estructurada que soy, él era un verdadero desastre. Se olvidaba de todo. Desorganizado al máximo y desordenado como ninguno. Con costumbres tan particulares como secarse el pelo con secador y vivir comiendo golosinas.

Siempre supe desde el vamos que salía con él por curiosidad, por lo que imaginé no duraríamos mucho tiempo juntos. Cuando empezamos, incluso estaba convencida de que con una salida bastaría para darme cuenta que él no era para mí.

En el camino, todo aquello que había planeado se fue desdibujando. El hombre que al principio pintaba como un verdadero desastre, y a quien dejé tres veces, terminó metiéndose en mi corazón.

Recordando como se dieron las cosas, hasta me río de mí. Hasta ese día no me había aguantado situaciones tan diversas sin reclamar y poner mi cara más fea, pero esta vez no podía sentirme así. Hasta disfrutaba de estar al lado de un ser tan despistado.

Claro que como yo no nunca quise nada serio con él, jamás lo incluí en mi vida realmente. El no conoce mi casa, no tiene idea de que ropa uso para dormir, no sabe que música escucho y si tratara de ubicarme seguramente estaría perdido, porque sabe muy poco de mí en datos reales. Conoce los recovecos de mi mente de memoria, de eso no tengo dudas. Lee mis gestos como nadie, pero a la persona real, a mí, aún no me conoce.

Ahora que las cosas terminaron, escribo esto para exorcizarlo de mi corazón. Me resulta raro sentir su ausencia, porque no sé a quién extraño. Lo único claro es que necesito seguir viviendo sin su presencia.

Ya ni siquiera me importa dilucidar qué fuimos. Si amigos, si amantes, si novios, o simplemente dos extraños.

Y aunque él nunca lo sepa, o nunca lo entienda, se metió de lleno en mí. Ojalá sólo hubiese sido un touch and go.

domingo, 27 de junio de 2010

Encuentros inesperados


Esta mañana de sábado, mientras me disponía a bañarme luego de un reparador sueño, sonó inusualmente el teléfono. Y digo “inusualmente”, porque en general no recibo llamados un fin de semana durante las 10 de la “mattina”. Miré el celular, tratando de identificar el número y ahí estaba mi querido amigo a la distancia, haciendo su aparición.

"Hola”, le dije; mientras él, tímidamente me preguntó: “¿te desperté?”.
“No”, le contesté, “ya estoy levantada y por ir a darme una ducha, y ¿vos?".
 “Yo aún en la cama”, dijo y, luego agregó: “me quedé pensando en lo que hablamos anoche sobre los signos, y hoy me desperté intrigado por un sueño que tuve”.

Lo interrogué sobre su más reciente sueño, y me dijo: “nada extraño, sólo soñé con mis primos, pero aún éramos adolescentes y estábamos en el auto escuchando música”, se rió y añadió: “creo que estoy soñando mucho últimamente”; a lo que pícaramente, acoté: “sí, pero siempre soñás con tipos”.

Mi amigó largó una sonora carcajada y aclaró: “no, no, esta vez había una chica, amiga de mis primos, a la que no veo hace mucho”. Con doble intención objeté: “menos mal, ya estaba empezando a sospechar que eras raro”.

Sin prestar demasiada atención a mi malicioso comentario, me espetó burlón: “y vos, con tanto que lees de signos y esas cosas, ¿no tendrás un librito de interpretación de sueños?”. Más picada aún por su sarcasmo, le contesté que “ese libro se lo debía”, pero que si quería le leía el significado de su nombre porque ese texto sí lo tenía.

Se rió nuevamente, e incrédulo me soltó: “a ver léemelo, ya me intrigaste, qué dice sobre mí tu libro”. Busqué entre mis cosas, y ahí estaba mi compendio de nombres, lo ojeé rápido y encontré el suyo. Se lo leí, y otra vez entre carcajadas, sólo atino a decirme: “te pasaste. Qué cajita de monerías que sos”.

Divertida, le contesté: “mientras me digas cajita de monerías y no mona, todo bien”.

Entonces me llamó como habitualmente me dice cuando quiere molestarme: “’mujer casada’, usted sí que me hace reír; lástima que tiene ese ‘defecto’”, a lo que retribuí con mi acostumbrado: “hombre soltero, algún defectito tenía que tener, ¿no? Además, es inexacto, en todo caso seré ‘mujer separada’”. “Perdón, obviamente, ‘separada’, no todo podía ser perfecto”, contestó mi peleador amigo.

Luego de un breve silencio, retomamos el tema de los signos y me comentó que no se fue muy convencido a dormir anoche, cuando le dije que Leo y Capricornio no eran una dupla “aconsejable” según lo vaticinios. Aunque la frase que más resonaba en su mente era: “tras las grandes discusiones habrán lujuriosas reconciliaciones”, eso sí que le resultaba sumamente interesante de “profundizar más, con una chica de Leo”, como yo. Me reí por su sinceridad, y le argumenté: “sí, pero antes de eso tendríamos que pelearnos furibundos y quién sabe si te perdone. Por lo tanto, medio absurdo que te esperances en las reconciliaciones”, le dije.

Fue entonces cuando mi amigo me confesó: “tenés un plus sobre el resto de las chicas, conmigo”; algo sorprendida le dije: “será que estoy media loca y nunca te cruzaste con alguien así”.

Se sonrió levemente y agregó: “Estás más cuerda que muchas. He tenido a mi lado mujeres muy lindas e inteligentes, pero vos me sorprendés. Esa sarta de rarezas y tus ‘saberes’ sobre horóscopos, Literatura y demás cosas, me encanta”, me quedé en silencio y fue de nuevo él quien habló: “qué estarás pensando ahora, con ese cerebrito malicioso. Seguro que con qué huecas habré estado ¿no?”. Le contesté con un “no”; no era eso en lo que pensaba exactamente, sino más bien en cómo nos habíamos hecho amigos él y yo.

Se lo dije, y entonces ambos rememoramos el “fatal día”, como a veces le decimos a modo de broma, en que una amiga en común nos presentó.

“Quién me iba a decir que terminaría llamando casi a diario a la amiga de mi amiga –se lamentó, histriónico - Sí sólo fui a aquel lugar donde ustedes estaban por curiosidad” y agregó: “recuerdo que te vi de espalda, era verano y tenías puesta una remera blanca sin hombros”. “Un strapless blanco”, interrumpí. “Bueno sí,- se corrigió mi amigo- un strapless. Por tu cara, me pareciste tranquila; sentí que estabas algo nerviosa, pero mantuviste la charla amena” y agregó descostillado de la risa: “tremenda mujer resultaste, con esa carita de niña buena, y tus conocimientos sobre las veinte formas de besar y demás temitas que a veces hablamos….” no completó la frase.

Me reí y añadí: “así soy yo, pero las veinte formas de besar, te aclaro, no son mías, simplemente fue un comentario a tu pregunta de cómo me gustaban los besos y te dije que había muchas formas de hacerlo”. Entonces, mi amigo aprovechó y remarcó:”ya te dije que yo sólo conozco una forma, así que quiero aprender las otras 19 que me faltan”.

A modo de sorna le contesté: “perfecto, yo te doy la teoría y vos buscás con quien hacer la parte práctica”. Se sonrió socarronamente y me increpó: “siempre te escapás, ¡¡eh!!”.

A mi turno le confesé que el día que nos presentaron estaba terriblemente cansada, y que reparé en pocas cosas de él. Lo más llamativo al verlo fue su altura, me agradó que se tuviera que agachar bastante para saludarme. Luego me impactó su perfume (sí, confieso tener un fetiche con los perfumes, particularidad fomentada a temprana edad por mi adorado padre), después, al observarlo más detenidamente me agradó su manera de sonreír y su sinceridad para decir las cosas más urticantes.

Para ser francos ninguno de los dos le dio mayor relevancia al encuentro. “Un chico atractivo”, lo califiqué yo; “una mujer bonita”, evaluó él. “¿Cómo fue que empezamos a hacernos amigos?”, nos preguntamos al unísono por el teléfono.

“Creo que te agregué al msn y empezamos a hablar un mes después”, me recordó él. “Sí, es cierto”, le contesté.

“Pero como siento que le quita un montón de matices y que se escapan muchísimos detalles a ese tipo de charlas preferí empezar a llamarte”, mencionó mi amigo.

"Sí, y así es  que ya llevamos más de un mes de conversaciones nocturnas confesionales”, afirmé.

Y agregué: “Sí, tanto hablamos que nos vamos a dormir juntos casi a diario” (no de manera literal, obvio, él en su cama y yo en la mía). Jocoso, mi amigo se río más fuerte y observó:”y… suena raro, ¿no?”.

“¡Qué gracioso!”, lo reté.

Cuando ya estábamos por cortar, mi amigo se quejó: “lástima que estemos un poco lejos. Si no te pasaba a buscar en el auto y te llevaba a la playa a mirar el mar y a burlarnos del mundo”.

“Me encantaría” le contesté. Secretamente me imaginé en la costa, arropada hasta las orejas, contemplando el horizonte y muerta de risa con el ‘hombre soltero’, a quién visualicé despeinado por el viento y contándome, desencajado, sus ‘temibles aventuras’.

Antes de colgar le ofrecí escribir su biografía o “memorias de un hombre soltero” (título que le di a su historia), se descostilló nuevamente de risa y me dijo: “te tomo la palabra. Vas a escribir mis memorias porque yo no soy bueno para eso; y es más, te confieso que no soy apegado a leer mucho, pero desde que hablamos he empezado a leer un poco más. Tengo impresos tus posts del blog y a veces los leo en la cama para compartir tus aventuras”.

“Gracias”, le contesté, halagada hasta la médula. “Que alguien que apenas me conoce se tome el trabajo de leerme, es mucho mérito”, pensé.

Tras cortar la comunicación me quedé pensando en el hombre soltero, hombre de Ciencias, por cierto, que nada tiene que ver con mi intrincado mundo de letras, de búsquedas esotéricas y de verdades inobjetables.

Me agradan sus verdades sin medias tintas, su forma de decir las cosas más difíciles como si contara un cuento. Sus confesiones de hombre, sin tapujos, aceptando que muchas veces lo pudieron más un par de tetas y un buen culo, que una gran “mina” intelectual; pero como él dice: “son cosas para pasar el rato”.

Me causa gracia también su defensa enfervorizada de su soltería. “Tengo amigos y de diez, sólo tres se casaron realmente enamorados”, argumenta; e inteligentemente acota: “para qué me voy a casar. ¿Con quién?, ¿con lo que me toca?, como dicen algunos. ‘Es lo que había’”. “Nooo, yo quiero elegir…. Y si no me toca nunca, seré el eterno soltero”, remata. “Bravo”, parezco decir yo, en un simulado aplauso, mientras lo escucho. Admiro su valor para decirme eso a la cara y no hacerme el verso del hombre enamorado, que quiere casarse.

Mientras me cuenta su vida y yo la mía, ambos volvemos a tener 16; y aunque a veces discrepamos sobre algunos temas (más de una vez nos hemos ido a dormir enojados) en los que yo pienso muy racionalmente las cosas y él es un loco aventurero, nos encanta conversar.

Hace mucho que no me encontraba a un amigo así y siento que hallé algo invaluable. En el lugar menos pensado, con una persona inesperada. El amigo de mi amiga, es hoy mi amigo.








miércoles, 23 de junio de 2010

La historia sigue estando donde la dejamos



Al amor de mi vida que duró 20 días, y dejó impregnado su recuerdo para toda la vida.
Al beso más dulce y furtivo, dado ese gélido invierno en aquel aeropuerto.
A la promesa de volver a cruzarnos.
A la imagen grabada en tu retina.
A la comunión de los cuerpos.
A las ganas de volver a beber de tu copa y de tu piel.
A tu grito destemplado entre el tumulto, que sin ningún reparo lanzó un “Te amo”.
A la desazón de no cruzarte en una esquina y al temor de hallar tu sombra, oculta en un rincón.
A tus obtusos reclamos, porque maté a tu musa y hoy sólo vez racionalidad.
Y aunque ahora me acuses de tener mucho más ancha la cama y más estrecho el corazón.
Y pese a que tu deporte favorito sigue siendo saltar de cama en cama.
Porque sigo siendo tu Lucy in the sky with diamonds.
Para quien todo es poco, y lo mucho le sabe a menos.
A ese agridulce sabor que dejan las historias que vienen con fecha de expiración.
Al pedido de que algún día nuestros pasos perdidos se crucen como aquella vez.
A ti, ojos de luz, amante de las causas perdidas.

domingo, 20 de junio de 2010

A mi padre


Pocas relaciones son tan complejas como las que tenemos con nuestros progenitores. Desde el día en que nacemos hasta el último de sus días, o de los nuestros, en caso de que no se cumpla la ley natural de sobrepasarlos, están ahí como testigos de nuestros actos.

Hace bastante que no pensaba realmente en cómo estaban las cosas entre mi padre y yo. Pese a que hablamos regularmente por teléfono, ya que el vive en Lima con su nueva familia, y a que estuve de visita el último verano, siento que hemos hablado mucho, sin decirnos realmente nada.

Calculo que al hacernos grandes empezamos a marcar ciertas distancias con nuestros padres, por diferencias en cómo concebimos la vida, por elecciones que no les agradan del todo, etc. Y uno, como hijo, empeñado en no parecernos en nada a nuestros padres, menos aún en esas particularidades que nos lastiman, hacemos lo propio por alejarnos.

Pero mi reflexión no vino de la nada. Días atrás, mientras miraba una película (The big fish) con un amigo, noté que de a poco se le llenaban los ojos de lágrimas, que por más intentos que hizo por disimular, finalmente me dijo que le era imposible ver cómo terminaba el film en cuestión.

Ver esa película le recordaba la relación que tenía con su padre. Mientras se enjuagaba los ojos, me contó que había fallecido para la navidad de 2003, de un coma diabético. No supe qué decir, la verdad, y acoté una frase completamente desubicada. Supongo que entendió que no fue por maldad, mi absurdo comentario, simplemente trataba de situar mi vida en la mencionada fecha, a modo de referencia. Ahora que lo pienso, me siento estúpida por haber dicho eso en voz alta, pero confío en que mi buen amigo lo haya pasado por alto.

Con las largas pestañas aún apuntando hacia el suelo, me confesó que su relación había sido difícil. En ese momento no me atreví a ahondar más en los pormenores. Observarlo así, me bastó. Supuse que le quedaron muchas cosas guardadas por decir, que le hubiera gustado cambiar otras y que nunca imaginó, el tiempo le quedaría corto.

Pero no era la primera vez que había visto ese dolor en un rostro. Otras sensaciones de impotencia habían aparecido ante mí, en una persona muy importante en mi vida, quien perdió a su padre de manera abrupta en medio de nuestra crisis como pareja. La tristeza y desolación coparon su vida esos días.

La imagen de ese padre, de quien fuera en vida mi suegro, me reconforta. Imposible borrar el día en que lo conocí: llovía a cántaros y él nos esperaba en su casa en el campo, con una sonrisa perfecta, en la que los 73 años no hicieron estragos. Un hombre alto, lindo y amable, me recibió en su hogar con los brazos abiertos.

Recuerdo que me contó algo de su juventud, de cómo conoció a su amada Nely ( a quien aprendí a querer a través de las memorias de mi suegro y de sus hijos) y de lo feliz que fue con ella. También, advirtiéndome, cómplice, de algunos “defectitos” de mi querido consorte y pidiéndome que lo cuidara.

Ya van a cumplirse dos años desde que él nos abandonó, pero intuyo que su presencia continuará por muchos años más, entre quienes tuvimos la fortuna de conocerlo.

Qué relaciones tan dispares tenemos a lo largo de la vida con nuestros padres. De pequeños son nuestros primeros superhéroes, creemos que llegar a grandes será tan fácil y que tendremos la vida resuelta, como ellos. No somos capaces de pensar en apremios económicos, en desgastes de pareja, en falta de tiempo para realizarse como personas. Son solamente padres ante nuestros ojos, y su única función es cumplir bien su rol, creemos.

El mío no escapa del mandato. De chica lo veía como el hombre más lindo, bueno y sincero del mundo. No había defectos en él. Pocas veces me castigaba, me llevaba al colegio por las mañanas y hasta me inculcó la costumbre de no salir de casa, a mis seis años, sin ponerme perfume. (Ahora concluyo en que era muy probable que me pusiera perfume de hombre porque mi memoria no acucia que haya habido un frasquito diferente para los dos).

No copié todos sus gustos, pese a que me agrada el dulce, nunca fui devota de prepararme esos panes con manteca y azúcar, que él adoraba. Tampoco su costumbre de callarse las cosas aunque le dolieran y de no cuestionar. En eso salí peleadora y rezongona como mi abuelo.

Papá, ante el espanto de todos, fue quien me dio mi primer cigarrillo y me dijo que si iba a fumar, aprendería con él. Supongo que fue su modo de alejarme de muchos vicios. Con un padre con el que todo estaba permitido: fumar, faltar al colegio sin excusas, ir a bailar, ponerse minis y escotes, mirar chicos. Yo no necesité transgredir ninguna norma. Todo era posible, mientras pidiera permiso y así, viví una adolescencia muy diferente a la de mis amigas.

La ruptura entre nosotros apareció a mis 20 años, cuando se separó de mi madre. Ya estaba bastante grandecita para supuestamente entender ciertas cosas, pero calculo que para un hijo se tengan 20, 30 ó 50, siempre será todo un tema aceptar a nuestros padres como humanos.

Así, cuando me enteré que mis padres no eran más la pareja perfecta que yo había idealizado, sentí que se me acababa el mundo. Claro que a lo largo de mi vida había visto innumerables peleas entre ellos, pero creí que siempre eran por falta de dinero o por la juventud de ambos para llevar un hogar, jamás por falta de amor.

Ese divorcio, fue para mí por varios años un divorcio mío con mi padre. La relación siguió, obvio, pero ya mucho más fría de mi parte. Ese señor encantador, de cejas pobladas y perfecto rostro cuadrado, se había desdibujado ante mí.

Recién, ahora, mientras escribo, caigo en que en ese momento mi acusación hacia él fue de “mentiroso”. Quizás, me hubiera gustado que él me contara su decisión de separarse de mi madre, aunque supongo que tampoco lo hubiese entendido.

Con todos sus defectos, y aunque por momentos me siento yo más fuerte y aplomada que él, y aunque hace mucho que no se lo digo, sigo amando a mi padre. Ya no de esa manera irreal de la infancia, en la que él era el poseedor de la verdad y de todos los secretos.

Mi papá sigue en mi mente, a mi lado siempre. Un poco más viejo, con menos pelo, con algunas arrugas marcadas por los momentos felices y los grandes disgustos en su vida. Con una guitarra en las manos, cantando con esa dulce voz algún tema en inglés. Lo imagino también muy joven, tocando y cantando en su banda de rock: "The pollution armony band", espectáculo al que no asistí (porque no había nacido) pero del cual sé tanto que parece hubiera estado ahí.

En homenaje a mi padre, quien con todos sus defectos y todas sus virtudes me apoya siempre aún a la distancia y quien tiene que continuar jugando su papel de “hombre adorable” para mis hermanos. Ya entendí que el divorcio entre padres e hijos no es posible, que podremos patalear mutuamente, pero esa relación no culmina nunca.

En recuerdo también de los padres de la gente que quiero, algunos aún vivos y otros, mucho más vivos en el recuerdo. A quienes conocí y a quienes conozco a través de los relatos de sus hijos.

En memoria de mi abuelo (mi “Patolis”), que suplió la juventud de mi padre, cumpliendo el rol del progenitor clásico, con todas las prohibiciones que eso implica, pero aportándole las libertades de ser “el abuelo”.

Y a mi tío, a quien dios no le dio hijos, pero el diablo le dio sobrinos. Y aquí estoy yo, adoptándolo como padre  y con más problemas y dolores de cabeza que si le tocaba un hijo pequeño.









domingo, 13 de junio de 2010

Do you remember?


La otra noche en medio de esas charlas confesionales que últimamente vengo teniendo con un querido amigo a la distancia, terminamos hablando de las clásicas “segundas o terceras partes” o “cuartas y quintas” (no hay nada escrito sobre cuántos intentos está permitido hacer) de las relaciones de pareja.

Me causó gracia que me preguntara cuándo tuve mi último “remember” con un ex. La verdad, no se me había cruzado la idea de ver como un “recuerdo” esos encuentros fugaces en los que muchas veces recaemos con nuestras ex parejas, a pesar de que sabemos, la relación no irá a ninguna parte, excepto, quizás, a la cama.

Esa noche le respondí que mi “remember” más próximo había sido hace un par de meses atrás, cuando con mi ex intentamos retomar una relación que ya tenía dos años de alejamiento- acercamiento, con lagunas en el medio ( y personas nuevas para ambos también) y que luego de una extensa charla que tomó varios días, concluimos en que, por más intentos que hiciéramos parecía que para que las cosas funcionaran entre ambos, tendría que producirse una alineación de planetas, que raramente ocurriría, y que así, no tenía sentido seguir prologando la “larga agonía de nuestro otrora amor”.

A su turno, mi amigo me contó que él también había tenido sus clásicos reencuentros con alguna ex, pero que en su caso, como en la mayoría del sector al que representaba (llámese “hombres”) sabía desde el vamos, que lo único que buscaba en esos “memorables intentos” era pasarla bien; y ver si obviamente, aún seguía gustándole a la chica en cuestión. En resumidas cuentas, un tema de “ego” y “morbo” por volver a estar con una persona que sin dudas, en algún momento fue importante, pero lamentablemente, sólo pertenecía al “pasado”.

Claro que mi amigo se lamentó y me dio las disculpas del caso, apenas sintió mi risita al otro lado del teléfono, cuestionando su actitud. Se justificó diciendo que “no era por ser malos, pero que ellos lo veían de otra forma y que si una relación funcionaba, eso pasaba desde el principio; pero, que si se le daba tantas vueltas era claro que algo nunca anduvo bien del todo”.

No fui capaz de criticar su observación, porque pensándolo dos segundos, coincidí con él. “Si una relación funciona debe hacerlo casi sin darte cuenta, no debe demandar un terrible esfuerzo, al menos, no al principio, cuando se supone todo es magia e ilusión. Si desde el inicio las cosas se ponen densas, entonces ¿qué queda para cuando la típica rutina empieza a hacer estragos?”.

Luego de cortar la conversación telefónica con mi amigo, me quedé pensando en cuántos “remembers” había tenido en mi vida. Recordé el primero de ellos, que fue con un rubio muy lindo, con quien tras tres años de no vernos, intentamos “probar” de nuevo.

Salimos un par de veces, pero la magia que había sentido por él la primera vez estaba muy lejos de aparecer. Continuaba creyendo que era el chico más perfecto, físicamente, que besé en mi vida; pero esta vez, también el más lejano a mí.

El segundo “remember” fue con mi ex más reciente, a quien quiero muchísimo, pero con quien también coincidimos en que se nos hace muy difícil volver a encontramos. Pareciera que estamos continuamente jugando a las escondidas y así, imposible que algo funcione.

Por fortuna (o por desgracia, en caso de que algún día se compruebe su eficacia) yo tampoco creo en las buenos resultados de los “remembers”. Claro que tienen un toque especial, a quién no le gusta la posibilidad de volver a besar unos labios que en algún momento fueron su perdición, y poder acariciar un cuerpo que ya no es suyo. Pero ese momento de "volvamos las cosas a un pasado idílico", es sólo eso, una cámara del tiempo para poder disfrutar de algo que no poseemos y que no poseeremos nunca más. Para qué engañarnos entonces, corriendo tras un recuerdo, que quizás ya ni se corresponda con la realidad. La persona que amamos en ese momento quedó presa de él, la que tenemos ahora, es otra, quizás muy distinta a ella.

Así que siguiendo el consejo de mi amigo, prefiero pensarlo dos veces antes de que por una cuestión de ego o melancolía recaiga en hacerle la consabida pregunta a algún ex: Do you remember ?